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Portada
Quién era Esquilo?
Sus Libros
Los Siete
contra Tebas
Agamenón
Los Persas
Las Coéforas
Las Euménides
Los Suplicantes
Prometeo Encadenado
" Pido a los dioses
que me libren de este penoso trabajo, de esta guardia sin fin
que estoy haciendo en lo alto del palacio de los Atridas, todo
el año alerta como un perro, contemplando las varias constelaciones
de los astros de la noche... Siempre esperando... Llega la noche,
mas no viene con ella el reposo a mi lecho húmedo de rocío.
Jamás le visitan los sueños; en vez del sueño,
es el temor quien se sienta a mi cabecera y no me deja cerrar
los ojos al descanso. ...¡Venga por fin el dichoso instante
que me vea libre de esta fatiga! ¡Aparezca en medio de la
noche el fuego de la buena nueva!
...
Ah condición de las cosas humanas! Prósperas, una
sombra puede darles la vuelta; si viene el infortunio, una esponja
mojada, arrojada contra ellas, borra el dibujo. Es esto mucho
más que aquello, lo que me mueve a la piedad. "
PERICLES
Viendo César en Roma ciertos
forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos
perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las
mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término,
de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación
natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose
a solos los hombres, la trasladan a las bestias. Puesto que nuestra
alma es por naturaleza curiosa y ávida de espectáculos, ¿no es
razonable censurar a los que abusan de este instinto, consagrándolo
a lecciones y espectáculos indignos de atención y despreocupándose,
por otra parte, de las cosas bellas y útiles?
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El historiador más prestigioso de la antigüedad
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LAS EUMÉNIDES
PERSONAJES
La profetisa Pitia
Apolo
Hermes
Orestes
Sombra de Clitemnestra
Coro de Euménides
Atenea
Acompañantes
La acción se inicia en Delfos, ante el templo de Apolo.
La profetisa entra por la derecha y se dirige hacia la puerta
del templo, que está cerrada. Antes de entrar invoca a
los dioses.
LA PITIA. Primeramente, con esta oración honro, entre
los dioses, a la primera profetisa, la Tierra; después
de ésta a Temis, que, según se dice, se sentó
la segunda en este lugar profético de la madre; a su vez
como tercera, con el permiso de Temis y sin violencia de nadie,
otra Titánida, hija de la Tierra, se estableció,
Febe; y ella lo ofrece como presente natalicio a Febo, que recibe
este nombre sacado del de la diosa. Dejando el lago y la cima
rocosa de Delos, arriba a las playas de Palas, frecuentadas
de navíos, y llega por fin a esta tierra y las moradas
del Parnaso. Le escoltan y grandemente veneran los constructores
de caminos, hijos de Hefesto, amansando una tierra salvaje. A
su llegada le tributan grandes honores el pueblo y Delfos, el
señor que gobierna este país. Zeus, habiendo llenado
su mente de un arte divino, lo coloca, cuarto profeta, en el trono.
Y Loxias es hoy el intérprete de su padre Zeus. A estos
dioses me dirijo en el comienzo de mis oraciones. Pero Palas Pronaia
tiene en las historias un lugar privilegiado; y también
adoro a las ninfas que habitan la gruta de Coricio, grata a las
aves, morada de las diosas; Bromio reina allí, no lo olvido,
desde el día en que este dios condujo a la lucha a las
bacantes y acosando a Penteo como a una liebre le dio muerte.
Invoco, en fin, las fuentes de Plisto, y el poder de Poseidón,
y Zeus Supremo, que todo lo cumple; después, profetisa,
me siento, en mi trono. Que los dioses me permitan conseguir obtener
ahora, como antes, la mejor entrada posible al santuario Y si
hay peregrinos de Grecia, que se aproximen según el turno
señalado por la suerte, como es costumbre; pues yo profetizo
como me dicta el dios.
(La profetisa entra en el templo y vuelve a salir asustada ante
el espectáculo de Orestes rodeado de la Erinis.)
¡Oh! Una escena horrible de decir, horrible de ver, me
hace salir del santuario de Loxias, tanto que estoy sin fuerzas
ni puedo permanecer de ayuda de pie; corro con ayuda de las manos,
no por la agilidad de mis piernas. Una vieja aterrada no es nada,
o más bien, es un niño. Yo iba hacia el fondo del
santuario coronado de guirnaldas, cuando veo sobre el ombligo
a un hombre odioso a los dioses, sentado, en la actitud de un
suplicante, con las manos goteando sangre, una espada recién
sacada de una herida y una rama cimea de olivo, cuidadosamente
coronada de cintas larguísimas o, para decirlo más
claramente, de vellón blanco. Delante de este hombre, un
extraño grupo de mujeres duerme, sentado en sitiales; no
mujeres, ¿qué digo?, Gorgonas; y ni siquira las
compararé a tales figuras. Las he visto poco ha, en un
cuadro, llevándose la comida de Fineo; pero éstas
no tienen alas, son negras y del todo repugnantes; roncan con
resuellos esquivos; de sus ojos destila un horrible lagrimeo;
su vestido no es justo llevarlo ni delante de las estatuas de
las diosas ni en las mansiones del hombres. No, nunca he visto
la raza de esta tropa, ni sé qué país se
jacta de alimentar impunemente tal género sin que se arrepienta
de este afán. De lo que sigue, cuídese el propio
señor de este palacio, el poderoso Loxias: él
es profeta médico, intérprete de prodigos y purificador
de las casas ajenas.
(Sale. En el interior del templo están Apolo, Hermes,
Orestes y las Erinis.)
APOLO. No, yo no te traicionaré. Hasta el final será
tu protector, de cerca, de lejos, y no seré benigno a tus
enemigos. Tú ves, ahora, cautivas a esas furiosas: vencidas
por el sueño, las vírgenes abominables, viejas
muchachas de un antiguo pasado, a las que nadie se acerca, ni
dios, ni hombre, ni bestia. Nacieron para el mal, ya que habitan
las dañinas tinieblas y el Tártaro subterráneo,
odioso a los hombres y a los dioses olímpicos. Sin embargo,
huye y no te acobardes: te perseguirán a través
de un vasto continente, por cualquier tierra que pise tu huella
vagabunda y allende el mar y las ciudades rodeadas por las
olas. Pero no te canses de pacer tu afán. Y tan pronto
llegues a la ciudad de Palas, siéntate rodeando con tus
brazos la antigua imagen. Y allí con jueces de nuestra
causa y palabras embelesadoras, hallaremos la forma de liberarte
por siempre de tus sufrimientos; pues yo te persuadí de
matar a tu madre.
ORESTES. Soberano Apolo, tú sabes no ser injusto; puesto
que es así, aprende también a no ser negligente.
Tu fuerza es garantía de tus beneficios.
APOLO. No te olvides de mis palabras: que el miedo no venza tu
corazón. Y tú, sangre fraterna, hija de un padre
común, Hermes, guárdalo; fiel a tu nombre,
sé el conductor que guíe a mi suplicante. Zeus,
en verdad, honra este respeto de los proscritos, que se presenta
a los mortales con próspera suerte.
(Apolo desaparece. Hermes y Orestes salen del templo y se alejan.
Aparece la Sombra de Clitemnestra.)
SOMBRA DE CLITEMNESTRA. ¿Cómo podéis dormir?
¡Ah! ¿Qué necesidad tengo de gente que duerme?
Yo, menospreciada así por vosotras entre los restantes
muertos, no, ceso de oír reproches en boca de los
difuntos porque, maté, y voy errante
vergonzosamente. Os declaro que me achacan un gran crimen, y
después que he sufrido, un destino terrible de parte de
los que más quería, ninguno de los dioses se indigna
por mí, degollada por manos matricidas. Mira estos
golpes con tu corazón: porque durmiendo, el alma se
ilumina con los ojos, mientras que de día es incapaz de
prever la suerte de los mortales. ¿No habéis saboreado
a menudo mis ofrendas, libaciones sin vino, brebajes calmantes?
¿No os he ofrecido solemnes banquetes nocturnos sobre
un hogar de fuego, en una hora no compartida con los otros dioses?
Y todo esto lo veo pisoteado por tierra. Éste se ha escapado
y huye como un cervato; saltando ágilmente ha salido de
las redes y se ha burlado de vosotras. Escuchadme: he hablado
porque se trata de mi vida. ¡Recobrad el sentido, diosas
subterráneas! En sueños, ahora yo, Clitemnestra,
os llamo.
CORO. (Quejido.)
SOMBRA DE CLITEMNESTRA. Sí, podéis quejaros, pero
el hombre se os escapa, muy lejos. Porque tiene amigos, no míos,
a quien dirigirse.
CORO. (Quejido.)
SOMBRA DE CLITEMNESTRA. Duermes demasiado y no tienes compasión
de mis sufrimientos. Orestes, el asesino de esta madre, ha desaparecido.
CORO. (Quejido.)
SOMBRA DE CLITEMNESTRA. Refunfuñas, duermes. ¿No
te le vantarás pronto? ¿Qué función
te ha sido encomendada sino hacer sufrir?
CORO. (Quejido.)
SOMBRA DE CLITEMNESTRA. El sueño y la fatiga, en su conjura
soberana, han embotado la furia de la terrible dragona.
CORO. (Doble gemido estridente.) ¡Coge, coge, coge, coge
¡Vigila!
SOMBRA DE CLITEMNESTRA. Persigues en sueños a una fiera
y aúllas como un perro que no deja nunca la inquietud de
su trabajo. ¿Qué haces? Levántate, no te
dejes vencer por el cansancio. Ablandada por el sueño,
no olvides el ultraje. Deja atormentar tu corazón con estos
justos reproches: para los sensatos sirven de aguijones. Y tú
lanza tu jadeo sangrante sobre este hombre, consúmelo con
tu aliento, con el fuego de tu vientre. Síguelo, marchítalo
con otra persecución.
(Desaparece.)
CORIFEO. Despiértate y despierta a tu vecina, como yo
a ti. ¿Duermes? Levántate, cocea el sueño
y veamos si hay algo inútil en este preludio.
CORO. ¡Ah, ah! ¡Qué desgracia! ¡Cuánto
sufrimiento, amigas!
Mucho, en verdad, he sufrido yo y en vano.
Hemos sufrido un infortunio de grave dolor, ¡oh dioses!,
un mal insoportable.
Ha escapado de la red y ha huido la fiera.
Vencida del sueño, he perdido la caza.
¡Ah, hijo de Zeus, eres un ladrón! .
Joven numen, has pisoteado antiguas divinidades. Honrando
a tu suplicante, hombre impío, cruel a sus padres.
Nos has robado a un matricida, tú que eres un dios.
¿Cuál de estas cosas te diré que es justa?
Del fondo de los sueños me ha llegado un reproche y, como
un aguijón que el cochero empuña por el miedo, me
ha herido el corazón, el hígado. Todavía
siento, bajo el látigo de un verdugo feroz, un doloroso,
dolorosísimo escalofrío.
Así actúan los dioses jóvenes que todo lo
gobiernan injustamente. El sitial que destila sangre de cabeza
a pies, el ombligo del mundo, se vé cargado con horrible
mácula sangrienta.
Él, que es un adivino, por propio impulso, por propia
invitación, ha ensuciado el santuario con una mancha
doméstica, honrando a los mortales contra la ley, los dioses,
ha desterrado las antiguas Moiras.
A mí me es odioso y no me lo arrancará; ni que
huya debajo de la tierra, nunca será liberado. Siendo un
maldito, dondequiera que vaya, encontrará otro vengador
sobre su cabeza.
(Aparece Apolo.)
APOLO. ¡Fuera!, os lo mando; salid aceleradamente de esta
casa, vaciad el santuario profético, si no queréis
recibir la blanca serpiente alada que, saltando del arco de oro,
os hará arrojar con dolor la negra espuma sacada de los
hombres, vomitando los grumos de sangre que les habéis
chupado. No, no es propio de vosotras acercaros a esta casa,
sino allí en donde hay sentencias que cortan cabezas y
vacían ojos, donde hay degüellos, donde, con
la destrucción de la simiente, se pierde la flor viril
de los niños, donde se mutila, donde se lapida, donde gruñen
un largo lamento los hombres clavados por la espalda. ¿Oís,
monstruos malditos de los dioses, las fiestas que os deleitan?
Todo vuestro aspecto concuerda con estos horrores: vuestra morada
propia sería la cueva de un león que se ahíta
de sangre y no manchar con vuestra presencia estos lugares proféticos.
Id, paced sin pastor: de tal grey ningún dios es amigo.
CORIFEO. Soberano Apolo, escucha a tu vez. Tú mismo eres,
no cómplice, sino el único causante, el que tiene
la culpa de todo lo que ha sucedido.
APOLO. ¿Cómo? Explica, alarga tus razones.
CORIFEO. Tu oráculo mandó a tu huésped matar
a su madre.
APOLO. Mi oráculo le dijo que condujera la venganza de
un padre. ¿Qué, pues?
CORIFEO. Y luego te hiciste protector de la sangre reciente.
APOLO. Y le encargué que se refugiara en esta casa.
CORIFEO. ¿Y por qué insultas a esta escolta?
APOLO. Porque no es propia para entrar en mi morada.
CORIFEO. Pero nos ha sido asignada esta tarea.
APOLO. ¿Cuál es esta honorable función?
Cuéntame esta antigua prerrogativa.
CORIFEO. Nosotras arrojamos a los matricidas de sus casas.
APOLO. ¿Qué? ¿Y la mujer que se deshace
del marido?
CORIFEO. Ella no ha dado muerte a un ser consanguíneo.
APOLO. Tú menosprecias por completo y en nada tienes los
pactos nupciales garantizados por Zeus y por Hera. Y Cipris, es
rechazada indignadamente por tus razones, ella que otorga a los
mortales las más dulces alegrías. Pues el lecho
en donde el destino une al hombre y a la mujer y sobre el cual
vela la Justicia, es más fuerte que un juramento. Si con
los que se matan entre ellos eres tan benigna que ni te preocupas
ni los miras con ira, niego que seas justa desterrando a Orestes;
pues veo que hay casos en que mucho te enfadas y otros que los
tomas visiblemente con más calma. Pero la diosa Palas juzgará
los derechos de ambas partes.
CORIFEO. Mas yo nunca abandonaré a ese hombre.
APOLO. Tú persíguelo, pues, y aumenta tus desgracias.
CORIFEO. No busques con tus palabras cercenar mis honores.
APOLO. No aceptaría tener tales prerrogativas.
CORIFEO. Porque tú, según se dice, eres poderoso
al lado de Zeus; pero yo, puesto que me empuja la sangre de una
madre, voy con mi venganza tras este hombre y le sigo las huellas
.
APOLO. Y yo socorreré a mi suplicante y lo salvaré.
Terrible para los mortales y los dioses es la cólera de
un suplicante, si alguien lo traiciona voluntariamente.
(El coro sale. La escena cambia. Se ve a Orestes abrazado a la
estatua de Atenea, en la acrópolis de Atenas.)
ORESTES. Soberana Atenea, por orden de Loxias he venido; recibe
benignamente a un maldito, no manchado ni impuro de manos, sino
a uno enervado y gastado de restregarse por casas ajenas y por
los caminos de los hombres. Atravesando igualmente tierra
y mar, dócil a los preceptos proféticos de Loxias,
llego a tu morada y abrazado a tu imagen, diosa, aquí permanezco
esperando el resultado del juicio.
(Llega el coro de las Erinis.)
CORIFEO. Bien; esto es una señal manifiesta del hombre;
sigue los indicios del mudo delator. Como un perro a un cervato
herido, así nosotras rastreamos las gotas de sangre.
Con tantas agotadoras fatigas, mi pecho jadea; he recorrido toda
la Tierra
y en vuelo sin alas he pasado por encima de las olas persiguiéndolo
ligera como un navío. Y ahora aquí, en algún
lugar, se ha acurrucado: el olor de la sangre humana me halaga.
CORO. Mira, mira bien, registra por todas partes, no sea que
el matricida en huida furtiva escape sin castigo.
Míralo, de nuevo ha encontrado apoyo. Abrazado a la estatua
de una diosa inmortal, quiere someter a juicio la obra de sus
manos.
Mas esto no es posible. La sangre materna, una vez derramada,
¡ay!, es difícil de recoger: el líquido vertido
en el suelo desaparece.
Tú, en resarcimiento, de tus miembros todavía palpitantes
has de darme a sorber la roja ofrenda de tu sangre. ¡Que
en ti encuentre el alimento de horrenda bestia!
Y una vez consumido en vida, te arrastraré bajo tierra,
para que expíes con tormentos tu acción matricida.
Allí veras que si algún otro mortal pecó
ofendiendo impíamente a un dios, a un huésped
o a sus padres, todos tienen el castigo que en justicia se merecen.
Gran juez de los mortales es Hades bajo tierra, y todo lo ve
y registra en su mente.
ORESTES. Yo, enseñado en la desgracia, conozco muchos
ritos de purificación y cuándo es justo hablar e
igualmente callar; y, en este presente caso, he recibido de un
sabio maestro la orden de hablar; pues la sangre de mi mano duerme
y se desvanece, y está lavada la mancha de la muerte de
mi madre. Estando todavía fresca la he disipado con la
ofrenda expiatoria de un cerdo en el hogar del dios Febo; y me
sería muy largo de referir desde el principio a cuantos
me acerqué con un contacto inocuo. El tiempo, al envejecer,
todo lo supera. Ahora, pues, con boca pura invoco reverentemente
a la soberana de esta tierra, a Atenea, que venga en mi ayuda.
Ella, sin lanza, conquistará en mí y en el
pueblo de la tierra argiva un aliado fiel en justicia y para siempre.
Mas, ya sea que por las regiones del país líbico,
alrededor de las corrientes del nativo Tritón, vaya,
de pie o sentada, en ayuda de los amigos; ya sea que, como un
audaz jefe de guerra, inspeccione la llanura de Flegra, le ruego
que venga -pues un dios oye incluso de lejos- y me libre de estos
males.
CORIFEO. No, ni Apolo ni la fuerza de Atenea podrían salvarte
de ir a la perdición, abandonado de todos, sin saber dónde
hay un rincón de alegría en tu corazón, sombra
sin sangre, pasto de las diosas. ¿No respondes, sino que
rechazas, escupiendo, mis palabras, tú alimentado y consagrado
para mí? Vivo, sin ser degollado en el altar, serás
mi banquete; y ahora vas a oír el himno que te encadenará.
(Las Erinis rodean la estatua de Atenea y forman un círculo
alrededor de Orestes.)
CORO. Ea, pues, entrelacemos una danza, ya que estamos decididas
a entonar un horrendo canto y a decir cómo nuestra tropa
reparte los destinos entre los hombres.
Creemos ser rectas justicieras, ninguna ira nuestra acosa al
hombre que presenta manos puras y su vida transcurre sin daño.
Pero cuando un pecador, como éste, oculta unas manos ensangrentadas,
entonces viniendo, testigos veraces, en socorro de los muertos
aparecemos al fin como vengadoras de la sangre.
Madre que me diste a luz, ¡oh madre Noche!, para castigo
de los muertos y de los vivos, escucha.
Pues el hijo de Leto me priva de honores, arrebatándome
esta liebre, legítima ofrenda en expiación de la
sangre marchitamiento de los mortales.
Esta es la tarea que la inflexible Moira me asignó demencia!,
alucinador, que pierde el alma, el himno de las Erinis, encadenador
de los sentidos, sin lira, marchitamiento de los mortales.
Esta es la tarea que la inflexible Moira me asignó en
perpetua posesión: acompañar a los mortales que
en su locura se han precipitado a crímenes consanguíneos,
hasta que descienden bajo tierra, pero, incluso muertos, no serán
del todo libres.
Pero para la víctima he aquí nuestro canto, demencial,
alucinador, que pierde el alma, el himno de las Erinis, encadenador
de los sentidos, sin lira, marchitamiento de los mortales .
Ya al nacer nos fue asignada esta función que rehúyen
las manos de los dioses. Ninguno toma parte en nuestros banquetes.
Pero estoy excluida de las ropas blancas, no son cosa mía.
Me incumbe la destrucción de las casas cuando Ares, doméstico,
mata a un pariente. Entonces, ¡ah!, le perseguimos y, por
poderoso que sea, le anonadamos por efecto de la sangre reciente
.
Nos damos prisa en quitar a otro estos afanes, en procurar la
inmunidad de los dioses con mis cuidados, para que no hayan de
instruir proceso. Pues Zeus ha juzgado indigno de su audiencia
la abominable estirpe de los que gotean sangre.
Me incumbe la destrucción de las casas cuando Ares, doméstico,
mata a un pariente. Entonces, ¡ah!, le perseguimos y, por
poderoso que sea, le anonadamos por efecto de la sangre reciente
.
Las glorias humanas, aun las más augustas bajo el cielo,
se derriten y consumen por tierra, humilladas ante el asalto de
nuestros negros velos y las maléficas danzas de nuestro
pie.
Saltando con vigor desde lo alto, dejo caer pesadamente la fuerza
de mi pie, y se quiebran las piernas de los ágiles corredores,
desgracia insoportable.
Cae, sin saberlo, en el delirio pernicioso; tales tinieblas extiende
sobre el hombre su crimen; y una voz de muchos gemidos proclama
que una bruma sombría envuelve toda la casa.
Saltando con vigor desde lo alto, dejo caer pesadamente la fuerza
de mi pie, y se rompen las piernas de los ágiles corredores,
desgracia insoportable.
Así permanece nuestro destino: ingeniosas, tenaces, memoriosas
de los males, inexorables a los mortales somos las Venerables,
que cumplimos un oficio despreciado y deshonroso, separadas de
los dioses en la mansión tenebrosa, tarea nefasta por igual
a los que ven la luz del sol y a los que están privados
de ella.
¿Quién de los mortales no siente respeto y temor
al oír la ley que nos ha fijado la Moira y que han ratificado
los dioses? Conservo mi antiguo privilegio y no permanezco sin
honores, aunque tengo mi lugar bajo tierra y en tinieblas sin
sol.
(Se aparece Atenea.)
ATENEA. Desde lejos he oído el clamor de una voz, desde
el Escamandro, cuando tomaba posesión de la tierra, espléndida
porción de los tesoros conquistados a punta de lanza, que
los caudillos y príncipes de los aqueos me asignaron del
todo y para siempre, presente escogido para los hijos de Teseo.
Desde allí he venido moviendo un pie infatigable,
sin alas, haciendo resonar el seno de la égida, después
de haber uncido este carro a potros vigorosos. Y ahora al
ver esta tropa nueva en este país, no tiemblo, pero un
asombro se ofrece a mis ojos. ¿Quiénes sois? A todos
en común lo digo: a ese extranjero sentado junto a mi estatua
y a vosotras que no os parecéis a ninguna raza humana:
ni los dioses os ven entre las diosas ni por la forma sois semejantes
a los mortales. Pero hablar mal de los demás sin motivo
de reproche está lejos de lo justo y permitido.
CORIFEO. Lo sabrás todo enseguida, hija de Zeus: somos
las sombrías hijas de la Noche, y en las mansiones
subterráneas somos denominadas las Imprecaciones.
ATENEA. Ya sé vuestro linaje y el sobrenombre que os dan.
CORIFEO. Pues ahora pronto sabrás mis honores.
ATENEA. Podré enterarme de ello si hablas un lenguaje
claro.
CORIFEO. Echamos fuera de sus casas a los asesinos.
ATENEA. Y para el asesino, ¿dónde está el
término de su huida?
CORIFEO. Donde la alegría es por completo desconocida.
ATENEA. Así, ¿es ésta la huida a la qué,
con tus gritos, condenas a este hombre?
CORIFEO. Sí, porqué creyó justo ser él
asesino dé su madre.
ATENEA. Pero ¿lo ha hecho por necesidad o por miedo a
la cólera dé alguien?
CORIFEO. ¿Qué aguijón puede obligar a matar
a una madre?
ATENEA. Estando presentes las dos partes, sólo he oído
la mitad dé la causa.
CORIFEO. Pero él no quiere ni aceptar ni prestar él
juramento.
ATENEA. Tú prefieres pasar por justa más qué
serlo.
CORIFEO. ¿Cómo? Explícate, pues no carecemos
dé sabiduría.
ATENEA. Quiero decir qué con juramentos la injusticia
no triunfa.
CORIFEO. Entonces interroga y pronuncia una sentencia justa.
ATENEA. Así, ¿me confías a mí la
decisión dé la causa?
CORIFEO. ¿Cómo no? Té honro dignamente tal
como té mereces.
ATENEA. ¿Qué quieres responder por tu parte, extranjero,
a éstas acusaciones? Mas, dinos tu país, tu linaje
y tus desgracias y luego defiéndete dé este reproche.
Si confiando en ¡ajusticia té has sentado, abrazándote
a mi imagen, cerca dé mi hogar, venerable suplicante a
la manera dé Ixión, responde cumplidamente
a todas mis preguntas.
ORESTES. Soberana Atenea, ante todo voy a eliminarte una gran
preocupación qué sé desprende dé tus
últimas palabras: no soy culpable ni con manos impuras
me he sentado junto a tu imagen. Té daré dé
ello una gran prueba: es ley qué él hombre manchado
no hablé con nadie hasta qué efusiones dé
sangré expiatoria dé un animal recién nacido
le ensangrenten por obra dé un varón. Hace tiempo
qué me he purificado en otras casas, con víctimas
y con líquidas corrientes. Así, digo, quítate
dé encima ésta preocupación.
En cuanto a mi linaje vas a saberlo en seguida. Soy argivo, y
mi padre, bien le conoces. Agamenón, jefe del ejército
naval con él qué hiciste qué Ilión,
la ciudad dé los troyanos, desapareciera como tal
ciudad. Falleció sin gloria este monarca, al regresara
palacio: mi madre, dé negro corazón, lo mató
envolviéndolo en intrincados lazos qué testimoniaban
él asesinato en él baño. yo, volvía
a la patria, pues antes estuve exiliado, maté, no
lo niego, a la qué me dio a luz, muerte con muerte pagando
en venganza dé mi queridísimo padre. Pero dé
éstos hechos, juntamente conmigo, es responsable Loxias,
qué me predijo sufrimientos, a manera dé aguijones
dé mi corazón, si dejaba dé cumplir alguna
dé sus órdenes contra los culpables. Tú juzga
si he obrado o no justamente: cualquiera qué sea tu sentencia
me someteré a ella del todo.
ATENEA. El asunto es sumamente gravé, si algún
mortal cree poder juzgarlo; pero tampoco me es lícito resolver
en causas dé muerte perpetradas en un arrebato dé
ira, máxime cuando, realizado todo rito expiatorio, té
presentaste como suplicante puro y sin daño para mi morada,
y cuando té admito en mi ciudad libré dé
culpa. Mas éstas tienen una función no fácil
dé aplacar, y si no consiguen un resultado victorioso,
luego él veneno dé su corazón, cayendo sobré
este país, será un perpetuo é intolerable
azoté. Tal es la situación: lo mismo si sé
quedan qué si las expulso, es causa dé graves dolores,
es difícil para mí. Con todo, ya qué él
asunto ha llegado a tal extremo, escogeré jueces dé
la sangré vertida, obligados por juramentos y constituiré
un tribunal para siempre.
Ahora vosotros llamad a los testigos y las pruebas, auxiliares
juramentados dé la justicia. Cuando haya escogido a mis
mejores ciudadanos, volveré para qué decidan esté
caso verídicamente, sin transgredir en nada los juramentos
con ánimo injusto.
(Sale Atenea.)
CORO. Hoy habrá un desquiciamiento por obra dé
las leyes nuevas, si triunfa la causa y la ofensa dé este
matricida. Esta acción armonizará a todos los mortales
con la licencia: mu-
chas, en verdad, dolorosas heridas, abiertas por los propios
hijos, aguardaran a los padres con el tiempo.
Porque ninguna ira de las ménades que vigilan a los mortales
perseguirá estos desmanes; dejaré realizar todo
destino de muerte. Uno irá preguntando a otro, mientras
cuenta los males del vecino, el fin o el alivio de estas miserias,
y en vano se consolarán, desgraciados, con remedios no
seguros.
Que nadie herido por la desgracia me invoque, pronunciando estas
palabras: «Oh Justicia, oh trono de las Erinis». Quizá
un padre o una madre, recién ofendidos, gemirán
lastimosamente, puesto que se hunde la morada de la justicia.
Hay casos en que es bueno el temor y, guardián de los
corazones, debe permanecer entronizado. Es difícil
aprender la sensatez bajo el dolor. ¿Quién, pues,
ciudad o mortal igualmente, si en su corazón nada
teme bajo el sol, podrá venerar la justicia?
No alabes ni una vida anárquica ni sometida a un déspota.
A toda medida otorga Dios el poder; lo demás lo gobierna
de otra manera. Digo una verdad oportuna la insolencia es hija,
en verdad, de la impiedad; pero, de una sana mente nace la dicha,
de todos querida y tan invocada.
Ante todo te digo: venera el altar de la Justicia. Ni al ver
una ganancia lo ultrajes con un puntapié impío.
Pues el castigo vendrá: el fin permanece soberano. Así
coloca en primer lugar de honor la reverencia a los padres y respeta
los derechos de los extranjeros que se acogen a tu casa.
Aquél que de grado, sin coacción, es justo, no
será desgraciado y no perecerá del todo. Mas
el rebelde audaz que lleva una carga de tesoros injusta y violentamente
acumulada, lo afirmo, con el tiempo amainará velas, cuando,
roto el mástil, se apodere de él la angustia.
Llama a los que nada oyen, en medio del irresistible torbellino.
Y el Destino se ríe del hombre insolente, viendo a aquél,
que jamás se lo esperaba, abatido en medio de males sin
remedio e incapaz de saltar por encima de la cresta de la
ola. Su dilatada felicidad de antaño lo ha lanzado contra
el escollo de la Justicia, y perece sin que nadie lo llore, sin
que nadie lo vea.
(Regresa Atenea con el mensajero, los jueces y gente del pueblo.
El coro y Orestes se sitúan en frente uno de otro.)
ATENEA. Haz la proclama, mensajero, y contén al pueblo.
Que la penetrante trompeta tirrénica, llena de soplo humano,
llegue hasta el suelo y manifieste su aguada voz a la multitud.
Es tando lleno este Consejo, conviene que haya silencio,
que toda la ciudad conozca las leyes que establezco Y que estos
jueces pronuncien un veredicto justo. (Se aparece Apolo.) Soberano
Apolo, dirige tus propios asuntos. ¿Qué parte tienes,
dime, en esta causa?
APOLO. Vengo para dar testimonio -pues, según la ley,
este hombre es mi suplicante y huésped de mi hogar, y yo
mismo lo he purificado de su crimen- y también como defensor.
Yo soy responsable del matricidio. Pero tú abre este proceso
y según tu pericia dicta sentencia.
ATENEA. (A las Erinis.) Vosotras tenéis la palabra: Doy
comienzo al debate. El acusador, hablando el primero, debe
ser rectamente informador del caso.
CORIFEO. Somos muchas, pero hablaremos poco. (Dirigiéndose
a Orestes.) Tú responde sucesivamente palabra por palabra
a mis preguntas. Dime ante todo: ¿mataste a tu madre?
ORESTES. La maté: no es posible negar el hecho.
CORIFEO. Esta es una de las tres caídas.
ORESTES. No pregones jactanciosamente tu hazaña, ya que
no estoy todavía vencido.
CORIFEO. Sin embargo, es preciso que digas cómo la mataste.
ORESTES. Lo digo: por mi mano, con la espada le corté
el cuello.
CORIFEO. ¿Quién te persuadió y aconsejó?
ORESTES. Los oráculos de éste: él es mi
testigo.
CORIFEO. ¿El dios profeta te indujo a matar a tu madre?
ORESTES. Y hasta ahora no me reprocha mi suerte.
CORIFEO. Pero si la votación te condena, otra cosa, quizá,
dirás.
ORESTES. Tengo confianza: mi padre me enviará ayuda desde
la tumba.
CORIFEO. Sí, confía ahora en los muertos después
que has matado a tu madre.
ORESTES. Ella tenía la mancha de dos crímenes.
CORIFEO. ¿Cómo? Explícalo a los que han
de juzgarte.
ORESTES. Matando a su esposo mató a mi padre.
CORIFEO. Pero tú vives; ella, en cambio, está libre
del asesinato.
ORESTES. ¿Y por qué no la perseguiste en vida?
CORIFEO. No era pariente del hombre que mató.
ORESTES. ¿Es que yo estoy en la sangre de mi madre?
CORIFEO. ¿Cómo, pues, te crió en tus entrañas,
malvado? ¿Reniegas, tú, de la sangre queridísima
de una madre?
ORESTES. (A Apolo.) Es hora ya de que des tu testimonio. Explica
por mí, Apolo, si la maté justamente. El hecho,
tal como es, no lo niego; pero decide si, según tu criterio,
esta sangre ha sido justamente derramada o no, para que informe
a los jueces.
APOLO. Os lo voy a decir, augusto tribunal de Atenas: «Justamente»,
y siendo profeta no mentiré. Nunca desde mi trono profético
he dicho algo referente a un hombre o a una mujer o una ciudad
que no me lo mandara Zeus, padre de los Olímpicos. Habéis
de saber la fuerza de esta justificación y os invito a
seguir la voluntad de mi padre; porque no hay juramento que
prevalezca sobre Zeus.
CORIFEO. ¿Zeus, según dices, te apremió
a revelar este oráculo a Orestes, que vengando la muerte
de un padre no tuviera en cuenta el honor debido a una madre?
APOLO. Sí, porque no es lo mismo la muerte de un noble
héroe investido con el cetro, regalo de Zeus, y esto por
obra de una mujer que no ha lanzado desde lejos, como una amazona,
dardos impetuosos, sino de la manera que oiréis, Palas
y vosotros que estáis aquí sentados, para decidir
con vuestro voto esta causa. Cuando regresaba de la guerra, habiendo
conseguido los mejores éxitos, ella lo recibe con
dulces palabras, lo conduce al baño y, al salir de la bañera,
lo envuelve con un velo y golpea al varón impedido por
aquel inextricable peplo bordado. Ya os he expuesto el fin de
este héroe augusto entre todos, del caudillo de la armada.
He hablado así de ella para excitar al pueblo que está
encargado de decidir este proceso.
CORIFEO. Según tus palabras, Zeus honra preferentemente
la muerte de un padre; pero él mismo encadenó a
su viejo padre Crono. ¿Cómo esto no está
en contradicción con lo anterior? Yo os tomo por testigos
de que habéis oído estas razones.
APOLO. ¡Oh monstruos odiados por todos, abominación
de los dioses! Zeus puede desatar unas cadenas; esto tiene remedio
y hay muchos medios de librarse de ellas. Pero cuando el polvo
se ha bebido la sangre de un hombre, una vez muerto, ya no hay
resurrección. Mi padre no ha creado encantamientos contra
este mal, él que remueve todas las cosas arriba y abajo,
sin jadear por el esfuerzo.
CORIFEO. Mira, pues, cómo defiendes su absolución.
Habiendo derramado por el suelo la sangre de una madre, ¿habitará
en Argos el palacio de su padre? ¿En qué altares
públicos presentará ofrendas? ¿Qué
fratría lo admitirá en sus lustraciones?
APOLO. También te lo diré, y entérate de
que hablo justamente. La madre no es la engendradora del que se
llama su hijo, sino la nodriza del germen recién sembrado.
El que engendra es el hombre; ella, como una extranjera para un
extranjero, salva el retoño, si la divinidad no lo malogra.
Te voy a dar una prueba de este argumento: se puede ser padre
sin una madre. Cerca tenemos un testimonio, la hija de Zeus Olímpico,
que no ha sido alimentada en las tinieblas de un vientre, y, sin
embargo, ninguna diosa podría dar a luz un vástago
semejante. Yo, ¡oh Palas!, como en todo sé hacerlo,
engrandeceré tu ciudad y tu pueblo; y he enviado este hombre
al lugar de tu templo para que te sea por siempre fiel y consigas
con él un nuevo aliado, diosa, así como a sus hijos,
y esta alianza permanezca por siempre querida por sus descendientes.
ATENER. Ruego ya a los jueces que, según su opinión,
despositen un voto justo, puesto que ya se ha hablado suficiente.
CORIFEO. Nosotras hemos lanzado ya todos los dardos. Mas aguardo
para escuchar cómo se resuelve el debate.
ATENER. (A Apolo y Orestes.) Y vosotros, ¿qué he
de hacer para no recibir vuestros reproches?
APOLO. (A los jueces.) Habéis oído lo que habéis
oído. Al depositar vuestro voto, conservad en el corazón
el respeto debido al juramento, extranjero.
ATENEA. Escuchad ahora la norma que instituyo, pueblo de Ática,
que vais a resolver la primera causa por sangre derramada.
Este Consejo de jueces permanecerá siempre en el futuro
entre el pueblo de Egeo. Esta colina de Ares, asiento y tienda
de las amazonas un día, cuando por odio a Teseo trajeron
aquí la guerra -una nueva ciudadela de altas torres levantaron
y sacrificaron a Ares, de donde la roca y la colina tomaron el
nombre de Ares-, en esta colina, digo, el Respeto del pueblo
y el Miedo, hermano suyo, impedirán a los ciudadanos, de
día y de noche, cometer injusticias con tal que ellos mismos
no alteren sus leyes; si ensucias agua clara con afluentes impuros
y con cieno, no podrás beber ya más. Ni anarquía
ni despotismo: tal es la máxima que aconsejo a los ciudadanos
mantener con reverencia y no desterrar enteramente de la
ciudad el temor. ¿Qué mortal se mantiene en la justicia
si nada teme? Venerad, como se debe, este poder augusto,
y tendréis un baluarte salvador de vuestro país
y vuestra ciudad, como nadie lo tiene, ni entre los escitas
ni en las regiones de Pélope. Incorruptible, venerable,
severo, tal es el Consejo que establezco, guardián de la
tierra, siempre vigilante por los que duermen. Tal es la exhortación
que he dirigido a mis ciudadanos para el futuro. Ahora debéis
alzaos, emitir vuestro voto y decidir el litigio respetando el
juramento. He dicho.
(Los jueces van depositando los votos en las urnas.)
CORIFEO. Yo, en verdad, os aconsejo que no despreciéis
esta pesada compañía mía asentada en el país.
APOLO. Por mi parte, yo os invito a respetar los oráculos,
míos y de Zeus, y no hacerlos infructuosos.
CORIFEO. Pero no te incumbe intervenir en causas de sangre. Ya
nunca más podrás anunciar vaticinios puros.
APOLO. ¿Entonces mi padre se equivocó en sus designios
con ocasión de las súplicas de Ixión, el
primer homicida?
CORIFEO. Tú lo dices. Pero yo, si no gano la causa, haré
sentir pesadamente mi presencia sobre este país.
APOLO. Pero tú no tienes honra alguna, ni entre los dioses
nuevos ni viejos. Yo ganaré.
CORIFEO. Tal fue también tu proceder esa el palacio de
Feres:
persuadiste a las Parcas de hacer inmortales a los hombres.
APOLO. ¿Acaso no es justo favorecer al que honra a uno,
sobre todo cuando él tiene necesidad?
CORIFEO. Pero tú destruiste antiguas asignaciones, engañando
con vino a viejas divinidades.
APOLO. Y tú pronto, no obteniendo votos favorables, vomitarás
un veneno que ya no dañará a los enemigos.
CORIFEO. Ya que tú, joven dios, machacasmi ancianidad,
aguardo en espera de oír esta sentencia, porque no sé
si habré de enfurecerme contra esta ciudad.
ATENER. Esta es mi función: juzgar la última. Yo
añadiré mi voto a los que defienden a Orestes; no
tengo madre que me haya dado a luz, y en todo, salvo en concertar
nupcias, me decido por el varón con toda el alma: sin duda
estoy al lado del padre. Así no me preocuparé del
destino de una mujer que ha muerto al marido, guardián
de la casa. Orestes ganará, aun en igualdad de votos. Sacad
apresuradamente los sufragios de las urnas, jueces encargados
de esta tarea.
(Se sacan y cuentan los votos.)
ORESTES. ¡Oh Febo Apolo!, ¿cómo se decidirá
el juicio?
CORIFEO. ¡Oh Noche, negra madre!, ¿ves lo que sucede?
ORESTES. Atenea, mi final será colgarme o ver todavía
la luz.
CORIFEO. Para nosotras, desaparecer o conservar nuestros honores.
APOLO. Contad exactamente los sufragios que salen, extranjeros,
procurando no cometer fraude en el reparto: un sufragio de menos
produce un gran dolor y un solo voto puede derribar o levantar
una casa.
ATENEA. Este hombre es absuelto del delito de sangre: el número
de votos es igual por ambas partes.
(Apolo desaparece.)
ORESTES. ¡Oh Palas, salvadera de mi casa! Privado de la
tierra de mis padres, tú me has restablecido en ella. Y
alguien de los helenos dirá: «Este hombre vuelve
a ser argivo y habita en medio de los bienes paternos por obra
de Palas y Loxias, y de aquel que todo lo gobierna, tercer Salvador.»
El cual, compadeciéndose del destino paterno, me salva,
al ver a estas defensoras de la causa de mi madre. Pero yo a este
país y a tu pueblo, para el porvenir y para la plenitud
del tiempo futuro, hago este juramento ahora, al partir hacia
mi casa: nadie que sea allí timonel del país traerá
jamás contra estos lugares un ejército bien equipado.
Yo mismo, estando entonces en la tumba, a los transgresores de
mi presente juramento, les castigaré con irremediables
desgracias, volviendo sus caminos irresolutos y sus pasos llenos
de funestos presagios para que se arrepientan de su empresa. En
cambio, si mantienen mis juramentos y, honran siempre esta ciudad
de Palas con lanza aliada, yo les seré propicio.
Y ahora adiós, tú y tu pueblo que guarda la ciudad.
¡Ojalá que esta lucha, irresistible para los enemigos,
te traiga salvación y victoria en las armas.
(Sale Orestes.)
CORO. ¡Oh jóvenes dioses! Habéis machacado
las leyes antiguas y me habéis arrancado a ese hombre de
mis manos. Mas yo así deshonrada, mísera, haré
sentir sobre esta tierra, ¡ay!, el peso de mi ira, veneno,
veneno en venganza vertiendo de mi corazón, destilación
causa de esterilidad para el país. De ella saldrá
una lepra, funesta a las hijas, funesta a los hijos, ¡oh
Justicia!, que abatiéndose sobre esta tierra arrojará
contra la región plagas homicidas. ¿Gimo? ¿Qué
haré? Seamos abrumadoras a los ciudadanos. Hemos padecido,
¡ay un gran ultraje, las miserables hijas de la Noche,
deshonrosamente afligidas.
ATENEA. Escuchadme, no lo soportéis quejándoos
gravemente. Pues no habéis sido vencidas, sino que una
sentencia igualada en votos ha salido verdaderamente de las urnas,
no para vuestra humillación. Había hermosos testimonios
de parte de Zeus y los traía el mismo dios que había
profetizado que Orestes no sufriría ningún daño
por su acción. Queréis vomitar sobre esta tierra
una pesada cólera; reflexionad, no os irritéis;
no provoquéis la esterilidad destilando licores demoníacos,
lanzas salvajes devoradoras de gérmenes. Yo con toda lealtad
os prometo que tendréis una morada y un refugio legítimo
en este país, sentadas sobre los altares de maravillosos
tronos, honradas por estos ciudadanos.
CORO. ¡Oh jóvenes dioses! Habéis machacado
las leyes antiguas y me habéis arrancado a ese hombre de
mis manos. Mas yo así deshonrada, mísera, haré
sentir sobre esta tierra, ¡ay!, el peso de mi ira, veneno,
veneno en venganza vertiendo de mi corazón, destilación
causa de esterilidad para el país. De ella saldrá
una lepra, funesta a las hijas, funesta a los hijos, ¡oh
justicia!, que abatiéndose sobre esta tierra lanzará
contra la región plagas homicidas. ¿Gimo? ¿Qué
haré? Seamos abrumadoras a los ciudadanos. Hemos padecido,
¡ay!, un gran ultraje, las desgraciadas hijas de la
Noche, deshonrosamente afligidas.
ATENER. No sois despreciadas; en vuestra ira excesiva no hagáis,
diosas, la tierra difícil de cultivar para los mortales.
Yo tengo confianza en Zeus y -¿por qué he dé
decirlo?- soy él único dé los dioses qué
conozco las llaves del aposento en donde está guardado
él rayo; pero no es necesario nada dé esto. Tú
préstame oídos y dé tu lengua insolente
no lances sobré este país palabras qué llevan
él fruto dé una total desgracia. Aplaca la amarga
cólera dé ésta negra ola, como destinada
a ser verdaderamente honrada y habitar conmigo. Las primicias
dé este dilatado país, ofrendas por él nacimiento
dé los hijos y por las nupcias, serán para ti y
siempre alabarás mi consejo.
CORO. ¡Yo sufrir ésta humillación, ¡ay!,
yo, con mi antigua sabiduría habitar en este país,
despreciada, ¡ay!, é impura! Respiro todo mi
furor y cólera. ¡Ay, ay, Tierra! ¡Qué
dolor penetra en mis costados! Escucha, madre Noche, mi ira:
me han quitado mis inveterados honores, a nada los han reducido
los ineluctables engaños dé los dioses.
ATENEA. Soportaré tus ataques dé cólera;
tú eres más vieja qué yo y en verdad más
sabia, aunque Zeus también me ha concedido no razonar
malamente. Vosotras, si marcháis a otras tierras dé
gente distinta, sentiréis nostalgia dé este país.
Os anticipo lo siguiente: él curso del tiempo aumentará
la gloria dé éstos ciudadanos, Y tú, en una
hermosa estancia cerca dé la morada dé Erecteo,
recibirás dé los cortejos dé hombres y dé
mujeres lo qué nunca habrías obtenido dé
otros mortales. Mas tú, en éstos lugares qué
son míos, no lances sangrientos aguijones qué destrozan
las entrañas dé los jóvenes y enloquecen
con furias abstemias ni, como si excitase él corazón
dé unos gallos, introduzcas entre mis ciudadanos las guerras
intestinas y la audacia mutua. Sea externa la guerra, fácil
alcancé para aquél qué tiene un violento
deseo dé fama; pero qué no me hablen dé combates
entre las aves dé corral. Tales ofrecimientos dé
mi parte puedes escoger; haciendo bien, recibiendo bien, bien
honrada, compartir ésta tierra predilecta dé los
dioses.
CORO. ¡Yo sufrir ésta humillación, ¡ay!,
yo, con mi antigua sabiduría habitar en este país,
despreciada, ¡ay!, é impura! Res
piro todo mi furor y cólera. ¡Ay, ay, Tierra! ¡Qué
dolor penetra en mis costados! Escucha, madre Noche, mi ira:
me han quitado mis inveterados honores, a nada los han reducido
los ineluctables engaños dé los dioses.
ATENEA. No me cansaré dé aconsejarte éstos
bienes. Qué nunca puedas decir qué una anciana divinidad
ha sido arrojada por mí, qué soy más joven,
y por los mortales qué guardan mi ciudad, sin honor y desterrada
dé ésta tierra. Pero si té es sagrada
la majestad dé la Persuasión, dulzura y encanto
dé mi lengua, tú permanecerás aquí;
pero si no quieres quedarte, no serías justa lanzando sobré
ésta ciudad una cólera o un resentimiento o
un daño para mi pueblo; porqué té es posible
tener legítimamente la posesión dé este país
y ser por siempre honrada.
CORIFEO. Soberana Atenea, ¿qué morada dices qué
tendré?
ATENER. Libré dé todo infortunio; acéptala.
CORIFEO. Y si la acepto, ¿qué honores me esperan?
ATENEA. Ninguna casa prosperará sin ti.
CORIFEO. ¿Tú harás qué mi poder sea
tan grande?
ATENEA. Dispondré los sucesos en favor del qué
té honré.
CORIFEO. ¿Y me lo garantizarás por todo él
tiempo futuro?
ATENER. Me es posible dejar dé prometer lo qué
no he dé cumplir.
CORIFEO. Me parece qué me hechizas y renuncio a mi cólera.
ATENER. Residiendo en éstas tierras, conseguirás
nuevos amigos.
CORIFEO. ¿Qué honores, pues, me exhortas, qué
canté en favor dé ésta tierra?
ATENEA. Los qué no tengan por blanco una dañina
victoria. Qué todas las brisas dé la tierra y del
rocío marino y del cielo, soplando a la propicia luz
del sol, pasen sobré este país. Qué él
fruto ubérrimo dé la tierra y dé los animales
no sé cansé dé hacer prosperar a mis ciudadanos
y guardé también él germen humano. Mas, a
los impíos, extermínalos; pues, como un buen jardinero,
me place ver a la raza dé los justos libre dé este
castigo. He aquí lo qué té pertenece; pero
yo no permitiré qué las nobles empresas guerreras
dejen de honrar a esta ciudad, victoriosa entre los hombres.
CORO. Aceptaré la convivencia con Palas y no rechazaré
una ciudad que también Zeus todopoderoso y Ares habitan,
fortaleza de los dioses y resplandeciente protección
de los altares de las divinidades helénicas. Por ella con
oráculos propicios imploro que la brillante luz del sol
haga brotar en abundancia de la tierra los bienes útiles
para la vida.
ATENEA. Yo actúo bondadosamente en favor de mis ciudadanos
estableciendo aquí unas poderosas e implacables divinidades,
pues les ha sido asignado regirlo todo entre los hombres. El que
no incurrió en su ira, no sabe de dónde vienen los
golpes crueles de la vida. Las faltas de sus antepasados le arrastrarán
ante ellas, y por más que grite una muda ruina lo aniquila
con furia enemiga.
CORO. ¡Que no sople jamás un viento funesto a los
árboles -os anuncio mis favores, que los ardores que agostan
las yemas de las plantas no pasen las fronteras del país!
¡Que la estéril y funesta plaga de los campos no
se arrastre hasta aquí! ¡Que la tierra críe
fecundas ovejas, madre cada una de dos corderos en el tiempo establecido!
¡Y que el producto sacado de un rico suelo haga siempre
honor al feliz presente de los dioses!
ATENEA. ¿Escucháis, guardianes de la ciudad, lo
que quiere cumplir? Grande, pues, es el poder de la augusta Erinis,
cabe los inmortales y los dioses infernales; y entre los hombres
clara y plenamente dispone, a unos dando canciones, a otros una
vida sombría de lágrimas.
CORO. Alejo de vosotros los destinos que matan prematuramente
a lo hombres. Conceded a las jóvenes amables una vida al
lado de un esposo, oh Moiras soberanas, hermanas nuestras de madre,
divinidades distribuidoras de equidad, que residiendo en
todas las casas hacéis sentir en todo tiempo el peso de
vuestra presencia justiciera, vosotras las más respetadas
entre todos los dioses.
ATENEA. Al oír lo que con benévolo ánimo
afirmáis a mi tierra me lleno de alegría. Venero
los ojos de la Persuasión, porque ha protegido mi lengua
y mi boca frente a estas que tan fieramente negaban. Pero
ha ganado Zeus, dios de la palabra; y vence para siempre nuestra
obstinación al bien.
CORO. ¡Que jamás la Discordia, insaciable de males,
brame, ruego, en esta ciudad! ¡Que el polvo, abrevado con
la negra sangre de los ciudadanos, no exija en su cólera,
como represalia, desgracias de mutua sangre para la ciudad!
¡Que cambien entre ellos alegrías en un espíritu
de común amistad y odien con un solo corazón! Porque
de muchos males éste es el remedio entre los mortales.
ATENEA. ¿No es verdad que saben hallar el camino de una
lengua propicia? De estos terribles rostros veo salir una inmensa
ganancia para los ciudadanos. Porque si siempre a estas benévolas
las honráis con benévolo ánimo, todos os
distinguiréis conduciendo vuestro país y vuestra
ciudad por los caminos de la recta justicia.
CORO. Salud, salud en la justa posesión de la riqueza;
salud a vosotros, pueblo de Atenas, sentados cabe el altar de
Zeus, queridos de la virgen querida, sensatos en todo tiempo.
Los que estén bajo las alas de Palas, su padre los respeta.
ATENEA. Salud también vosotras. Pero es necesario que
yo vaya delante para enseñaros vuestras moradas, a la sagrada
luz del cortejo. Id y con estas sagradas víctimas, alejad
de nosotros la desgracia y enviadnos lo que es provechoso para
el éxito de la ciudad. Y vosotros, guardianes de la ciudad,
hijos de Cránao, mostrad el camino a estos nuevos habitantes.
¡Y que los ciudadanos tengan buenos y rectos designios!
CORO. Salud, salud de nuevo; para vosotros todos los de la ciudad,
repito este augurio, deidades y hombres. Habitáis la ciudad
de Palas: honrad mi residencia entre vosotros y no os lamentaréis
de vuestra suerte en la vida.
ATENEA. Acepto el lenguaje de vuestros votos y voy a llevaros,
a la luz de las brillantes antorchas, hasta los hogares inferiores
y subterráneos. Vendrán conmigo, como es justo,
las servidciras, guardianes de mi imagen; pues invito a salir
al esplendor de todo el país de Teseo, tropa ilustre de
niños y mujeres, cortejo de ancianas.
Venerad a estos dioses con vestidos purpúreos y surja
el resplandor del fuego, a fin de que esta bondadosa compañía
en el país se manifieste, para siempre, en espléndidas
generaciones humanas.
CORTEJO. Iniciad el camino, ¡oh grandes, ávidas
de honores, hijas sin hijos de la Noche!, con un cortejo amigo.
Ciudadanos, callad.
Hacia el antro subterráneo, en donde obtendréis,
con las antiguas honras y ofrendas, un culto sin igual. Ciudadanos
todos, callad.
Propicias y leales al país, venid, Augustas, alegrándoos
en el camino con las ardientes antorchas. Y ahora emitid gritos
de alegría en respuesta a nuestros cantos.
Alianza eterna entre las ahora domiciliadas y los ciudadanos
de Palas. Zeus, que todo lo ve, y la Moira, así lo acordaron.
Y ahora, emitid gritos de alegría en respuesta a nuestros
cantos.
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