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Portada
Quién era Esquilo?
Sus Libros
Los Siete
contra Tebas
Agamenón
Los Persas
Las Coéforas
Las Euménides
Los Suplicantes
Prometeo Encadenado
" Pido a los dioses
que me libren de este penoso trabajo, de esta guardia sin fin
que estoy haciendo en lo alto del palacio de los Atridas, todo
el año alerta como un perro, contemplando las varias constelaciones
de los astros de la noche... Siempre esperando... Llega la noche,
mas no viene con ella el reposo a mi lecho húmedo de rocío.
Jamás le visitan los sueños; en vez del sueño,
es el temor quien se sienta a mi cabecera y no me deja cerrar
los ojos al descanso. ...¡Venga por fin el dichoso instante
que me vea libre de esta fatiga! ¡Aparezca en medio de la
noche el fuego de la buena nueva!
...
Ah condición de las cosas humanas! Prósperas, una
sombra puede darles la vuelta; si viene el infortunio, una esponja
mojada, arrojada contra ellas, borra el dibujo. Es esto mucho
más que aquello, lo que me mueve a la piedad. "
PERICLES
Viendo César en Roma ciertos
forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos
perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las
mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término,
de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación
natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose
a solos los hombres, la trasladan a las bestias. Puesto que nuestra
alma es por naturaleza curiosa y ávida de espectáculos, ¿no es
razonable censurar a los que abusan de este instinto, consagrándolo
a lecciones y espectáculos indignos de atención y despreocupándose,
por otra parte, de las cosas bellas y útiles?
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El historiador más prestigioso de la antigüedad
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LOS PERSAS
PERSONAJES
Coro de ancianos
Acosa (madre del rey)
Mensajero
Sombra de Darío
Jerjes (rey de los persas)
La escena tiene lugar en Susa, capital de los persas, delante
del palacio del Gran Rey. El coro está compuesto de ancianos
consejeros del monarca, llamados los Fieles.
CORIFEO. De los persas que han marchado hacia la tierra de la
Hélade, estos son los llamados Fieles, guardianes de este
palacio opulento y lleno de oro, que por su magnificencia el propio
rey Jerjes, hijo de Darío, escogió para vigilar
sobre el país.
Pero cuando pienso en el retorno del rey y del brillante ejército,
harto ya de ser profeta de desgracias, se me angustia el corazón
en el pecho -toda la fuerza de la estirpe asiática se ha
marchado- y reclama a su joven señor, pero ni mensajero
ni jinete alguno llega a la ciudad de los persas.
Dejando Susa y Ecbatana y el viejo recinto de Cisia, han marchado,
unos a caballo, otros en naves, y a pie los infantes que constituyen
la masa guerrera.
Así van al combate Amistres y Artafrenes, Megabates y
Astaspes, capitanes de los persas, reyes vasallos del Gran Rey,
celadores de un inmenso ejército, y con ellos, los temibles
arqueros y los caballeros formidables de contemplar, terribles
en el combate por la valerosa decisión de su espíritu.
Y Artambaces, contento encima de su caballo, y Masistres, y el
valiente Imeo, arquero victorioso, y Farandaces, y Sóstanes
el conductor de carros.
El ancho y fecundo Nilo ha enviado también los suyos:
Susiscanes, Pegastón, nacido de Egipto, y el soberano de
la sagrada Menfis, Arsames el Grande, y el regente de la
antigua Tebas, Arimardo, y los hábiles remeros que surcan
los pantanos, multitud difícil de contar.
A continuación viene la tropa de los lidios de vida fácil,
que dominan a todos los pueblos de su continente; Metrogates,
y el valiente Arcteo, reyes conductores, y Sardes, la ciudad del
oro, los envían al combate en muchos carros de dos y tres
lanzas dispuestos en escuadrones, formidable espectáculo
terrible.
Los vecinos del sagrado Tmolo se jactan de que harán caer
sobre la Hélade el yugo de la esclavitud, Mardon, Taribis,
yunques de la lanza, y los lanceros misios. Babilonia, rica en
oro, envía en torrente una mezclada multitud, marinos en
sus naves, y soldados llenos de fe en el coraje con que tensan
el arco. Detrás viene, procedente de toda Asia, la gente
de espada corta, obediente a las órdenes terribles del
Gran Rey.
Tal es la flor de los guerreros del país de Persia que
han marchado, y por ellos toda la tierra de Asia, su nodriza,
llora con ardiente nostalgia; y sus padres y esposas, contando
los días, tiemblan del tiempo que se demora.
CORO. El ejército del rey, destructor de ciudades, ya,
sin duda, a la ribera opuesta del continente vecino, después
de haber atravesado el estrecho de Hele, hija de Atamantis,
en baleas atadas con cuerdas de lino, y lanzado sobre el cuello
del mar el yugo de una pasarela tachonada con innumerables clavijas.
El impetuoso señor de la populosa Asia lanza contra toda
la tierra un enorme rebaño de hombres por un doble camino:
para los soldados de a pie y los del mar confían en sus
fuertes y rudos capitanes, el hijo del linaje del oro, mortal
igual a los dioses .
En sus ojos brilla la sombría mirada del dragón
sanguinario; tiene mil brazos y miles de marinos, e impulsando
su carro sirio conduce un Ares que triunfa con el arco contra
guerreros ilustres por la lanza.
Nadie es reputado capaz de hacer frente a este inmenso torrente
de hombres y con poderosos diques contener el invencible
oleaje del mar. Irresistible es el ejército de los persas
y su valiente pueblo.
Pero ¿qué mortal puede escapar al astuto engaño
de un dios? ¿Quién con el ágil pie de un
salto feliz sabría lanzarse por encima?
Dulce y halagador, Ate atrae al hombre hacia sus redes, y ningún
mortal puede esquivarlas y huir. El destino que los dioses han
asignado desde antiguo a los persas les impone la tarea de ocuparse
de las guerras destructoras de torres, de los tumultos, placer
de los jinetes, y de las devastaciones de ciudades.
Pero ahora han aprendido en las vastas rutas del mar, grisáceo
por el viento impetuoso, a contemplar el sagrado recinto de las
aguas, confiados en frágiles cordajes de lino y en ingenios
para transportar a los hombres.
Por ello la angustia lacera mi corazón enlutado. «¡Oh!
¡Ah, el ejército persa!» ¿No es esta
la nueva que oirá mi urbe, la gran ciudad de Susa, vacía
de hombres, y la fortaleza de Cisia tornaría los ecos?
«¡Oh!» ¿Es este el grito que hará
resonar una muchedumbre femenina, mientras desgarra sus vestidos
de lino?
Pues todo un pueblo de jinetes y de infantes ha dejado el país,
como un enjambre de abejas, con su jefe de ejército; ha
salvado el promontorio marino, uncido y común a los dos
continentes.
Los tálamos, con la añoranza de los hombres, se
llenan de lágrimas; todas las mujeres persas, en la ternura
de su duelo, han seguido con nostalgia amorosa el belicoso y valiente
esposo, y solas quedan en el yugo.
CORIFEO. Vamos, pues, persas, y sentados bajo este tejado antiguo,
meditemos sabia y profundamente -la necesidad nos acosa- examinando
la situación de Jerjes rey, nacido de Darío,
raza nuestra con el nombre heredado de sus abuelos. ¿Acaso
triunfa el tiro del arco? ¿O ha vencido la lanza con moharra
de hierro?
Pero, mirad, he aquí la madre del rey, mi reina, luz igual
a la de los ojos de los dioses; yo me arrodillo. Que todos la
saluden con los homenajes debidos.
(El coro se postra y entra la Reina madre en su carro, seguida
de un numeroso cortejo.)
Oh reina, soberana de las mujeres persas, de grácil talle,
madre venerable de Jerjes, salve, mujer de Darío.
Compañera de lecho de un dios de los persas, habrás
sido también madre de un dios, si al menos la ancestral
fortuna no ha desertado de nuestro ejército.
REINA. Por esta causa he venido aquí, dejando el palacio
brillante y la alcoba de Darío y mía; también
a mí la inquietud desgarra mi corazón y a vosotros
quiero decirlo, amigos. Yo misma no estoy exenta de temor, no
sea que nuestra gran riqueza derribe de un puntapié, cubriendo
de polvo el suelo, la felicidad que Darío levantó
no sin el concurso de algún dios. Así una doble
e inexplicable preocupación radica en mi corazón:
ni las riquezas sin hombres son honradas y apreciadas, ni para
los hombres sin riquezas brilla tanta luz cuanta es su fuerza.
Nuestra riqueza es irreprochable; pero el temor es por nuestros
ojos. Porque el ojo de una casa creo que es la presencia del señor.
Siendo esto así, sed, persas, antigua confianza mía,
consejeros en lo que os diré; pues en vosotros radican
todos mis prudentes consejos.
CORIFEO. Sabe bien esto, reina de este país: no tendrás
necesidad de indicarme dos veces ni de palabra ni de obra en lo
que sea capaz de servirte de guía. Llamas en nosotros a
unos diligentes consejeros.
REINA. Vivo siempre acompañada de muchos sueños
nocturnos desde que mi hijo, equipando un ejército, ha
partido con el deseo de devastar la tierra de Jonia; pero todavía
no he visto uno tan claro como el de la noche pasada. Te
lo diré. Me ha parecido que se presentaban ante mis ojos
dos mujeres bien vestidas, una adornada con ropas persas, otra
dóricas; ambas en estatura y en belleza sin mancha superaban,
con mucho, a las mujeres de ahora y eran hermanas de la misma
raza; pero habitaban, una la Hélade, que la fortuna le
había asignado, otra un país bárbaro. Una
disputa se originó entre ellas, según me pareció
ver;' mi hijo, al darse cuenta, las contenía y calmaba;
después las unce a su carro y les coloca el yugo sobre
el cuello. Entonces una se jactaba de este atavío, y ofrecía
a las riendas una boca dócil; la otra, al contrario, respingaba
y de repente con las manos destroza los arreos del carro, lo arrastra
con violencia a pesar de las riendas, y finalmente rompe por el
medio el yugo. Mi hijo cae; su padre, Darío, compadeciéndolo,
acude a su lado; pero Jerjes al verlo rasga los vestidos que le
cubren. Esta es, pues, digo, la visión que he tenido esta
noche. Al levantarme, baño mis manos en las corrientes
puras de una fuente y cargada de ofrendas me acerco al altar para
ofrecer una torta a los dioses protectores, a los que se debe
este homenaje. Entonces veo un águila que huye hacia el
hogar de Febo. Muda de terror, me detengo, amigos; pero pronto
contemplo un gavilán que se lanza con rápido
batir de alas y con las garras despluma la cabeza del águila,
la cual no hace otra cosa que acurrucarse y ofrecer su cuerpo
como presa. Esto es para mí terrible de contemplar y para
vosotros de escucharlo. Pues bien, lo sabéis, mi hijo,
si triunfa, será un rey admirable; pero si fracasa no ha
de rendir cuentas al país, y si se salva gobernará
igualmente esta tierra.
CORIFEO. No deseamos, madre, ni espantarte demasiado con nuestras
palabras, ni inspirarte demasiada confianza. Llégate a
los dioses en súplica. Si has visto algo siniestro; pídele
que aparten de ti su cumplimiento, pero que realicen todo lo bueno
para ti, para tus hijos, para el país y para todos tus
amigos. Después es necesario que derrames libaciones a
la tierra y a los difuntos; encarecidamente suplico a tu esposo
Darío, que dices haber visto esta noche, que te envíe
de debajo de tierra a la luz augurios favorables para ti y para
tu hijo, y que retenga marchito lo adverso en las sombras subterráneas.
Esto es lo que, profeta inspirado por el corazón, te aconsejo
desde lo más recóndito de mi alma. Creemos que estos
presagios se realizarán del todo bien.
REINA. Reconozco tu afecto a mi hijo y a mi casa en esta interpretación
de mis sueños que tú has sido el primero en confirmar.
¡Ojalá se realicen felizmente! Todo lo que concierne
a los dioses y a los amigos subterráneos, lo realizaré,
según tus deseos, tan pronto como llegue a palacio. Pero
hay cosas que quiero conocer, amigos: Atenas, ¿en qué
lugar de la Tierra está situada?
CORIFEO. Lejos, hacia poniente, donde desaparece nuestro señor
el Sol.
REINA. ¿Pero mi hijo deseaba tomar esta ciudad?
CORIFEO. Toda la Hélade entonces habría estado
sometida al Rey.
REINA. ¿Así tienen un ejército tan numeroso?
CORIFEO. Sí, un ejército que ha hecho ya mucho
daño a los
medos.
REINA. ¿Y qué hay además de esto? ¿Tienen
riqueza suficiente en sus casas?
CORIFEO. Una fuente de plata tienen, un tesoro que guarda la
tierra.
REINA. ¿El arma que los distingue es la flecha que tensa
el arco?
CORIFEO. No; espadas para el cuerpo a cuerpo y escudos que llevan
en el brazo.
REINA. ¿Y qué jefe acaudilla y manda el ejército?
CORIFEO. No se llaman esclavos ni vasallos de nadie.
REINA. ¿Cómo entonces podrán hacer frente
al ataque de los enemigos?
CORIFEO. Bastante como para haber destruido a Darío un
numeroso y magnífico ejército.
REINA. Dices cosas terribles de pensar para las madres de los
que han partido.
CORIFEO. Pero, según creo, pronto sabrás toda la
verdad. He aquí a un hombre que viene corriendo y que parece
ser un persa. Trae claramente alguna noticia, buena o mala de
oír.
(Llega corriendo un mensajero.)
MENSAJERO. ¡Oh ciudades de toda la tierra de Asia, oh país
pérsico y enorme puerto de riqueza, cómo, de un
solo golpe, ha sido destruida una inmensa felicidad, ha desaparecido
pisoteada la flor de los persas! ¡Ay de mí!
Es una desgracia ser el primero en anunciar males. Sin embargo,
es necesario que os revele todo el desastre, persas: el ejército
entero de los bárbaros ha perecido.
CORO. Horribles, horribles desgracias, inauditas y desgarradoras.
¡Ay, ay! Llorad, persas, al oír este dolor.
MENSAJERO. Sí, todo aquello está terminado, y yo
mismo contra toda esperanza veo la luz del regreso.
CORO. Demasiado longeva se nos aparece hoy la existencia a nosotros,
ancianos, para oír esta calamidad inesperada.
MENSAJERO. Y en verdad, como testigo y no oyendo el relato de
otros, persas, quiero contaros las desgracias que os han sucedido
allí.
CORO. ¡Otototoi! En vano miles de dardos juntamente han
pasado de Asia a una tierra enemiga, al país de la
Hélade.
MENSAJERO. Las riberas de Salamina y todo el lugar contiguo están
llenos de cadáveres que un funesto destino ha destrozado.
CORO. ¡Otototoi! Te refieres a de los miembros muertos
de seres queridos, revolcados por las olas, sin cesar zambullidos,
arrastrados en sus largas capas errantes.
MENSAJERO. No era suficiente cl arco, y todo nuestro ejército
sucumbió, domado por los espolones navales.
CORO. Lanza sobre nuestros desgraciados un grito malhadado, lúgubre.
Los dioses todo lo han dispuesto para perdición completa
de los persas. ¡Ay, ay, ejército destruido!
MENSAJERO. ¡Nombre de Salamina, el más odioso a
mis oídos! ¡Ah! ¡Cómo gimo al acordarme
de Atenas!
CORO. Sí, Atenas, odiosa para nuestra perdición.
Tengo motivos para acordarme de ella, cuando ha hecho, en vano,
de tantas persas, madres sin hijos, esposas sin maridos .
(Un silencio.)
REINA. Hace rato que no hablo, infeliz, abrumada por las desgracias.
Este desastre es demasiado grande para poder decir, para interrogar
acerca de los sufrimientos. Sin embargo, es necesario que los
mortales soporten las penas que envían los dioses. Desarrolla,
pues, toda la catástrofe, y soségante dinos, aunque
gimas por los males, quién, de entre los jefes, no ha muerto,
a quién hemos de llorar, y quién prestando servicio
como cetrero ha dejado al morir su lugar vacío.
MENSAJERO. El propio Jerjes vive y ve la luz.
REINA. Tus palabras son para mi casa una gran luz, un día
blanco después de la sombría noche.
MENSAJERO. Mas, Artambares, jefe de diez mil jinetes, está
sien- i do golpeado a lo largo de la escarpada costa de Silenia,
y Dadaces, quiliarca, bajo el golpe de una lanza, ha dado un ligero
salto desde su nave. Tenagonte, el héroe bactriano de noble
linaje, gira en torno a la isla de Ayax batida por las olas. Lileo,
Arsames y Argestes el tercero, alrededor de la isla de las palomas
cargan la dura costa con sus cabezas vencidas. Y los egipcios,
vecinos de las fuentes del Nilo, Arcteo, Adenes y, en tercer lugar,
Farnuco, provisto de un escudo, han caído de la misma nave.
Mátalo de Crisa, jefe de diez mil hombres, al morir teñía
su larga y espesa barba pelirroja que cambiaba de color en un
baño de púrpura. El mago Arabo y Artames bactriano,
que guiaban treinta mil caballos negros, ahora están domiciliados
en la áspera tierra en donde han perecido. Amistris y Amfistreo,
que manejaba una pesada lanza, y el valiente Ariomardo, que ha
proporcionado un duelo a Sardes, y el misio Sísames y Taribis,
el almirante de cinco veces cincuenta naves, lirneo de linaje,
varón soberbio, ahora yace muerto, infeliz, no con muy
buena estrella.
Y Sienisis, el más valiente de los hombres, capitán
de los cilicios, después de haber causado él solo
mil bajas a los enemigos, ha muerto gloriosamente. Tales
son los jefes que recuerdo; pero siendo tantas las desgracias,
sólo te he contado un pequeño número.
REINA. ¡Ay, ay! Oigo los más supremos males, vergüenza
para los persas y causa de lamentos agudos. Pero vuelve atrás
y dime cuál era la multitud de naves helenas para que se
hayan decidido a trabar combate con el ejército persa
y atacar nuestra flota.
MENSAJERO. Por lo que respecta a la multitud, sabe que el bárbaro
habría vencido con sus naves; pues los helenos tenían
un total de trescientos navíos y, además de estos,
diez naves escogidas. Jerjes, al contrario, lo sé,
conducía una flota de mil naves, y las que sobresalían
por su rapidez eran doscientas siete. Este es el cómputo.
¿Te parece que estábamos en inferioridad en
esta lucha? Sino que algún dios ha destruido a nuestro
ejército, inclinando la balanza con una fortuna no equilibrada.
Los dioses protegen la ciudad de la diosa Palas.
REINA. ¿Así la ciudad de Atenas está todavía
intacta?
MENSAJERO. Sí, porque teniendo a sus hombres tiene un
baluarte seguro.
REINA. Pero ¿cuál fue para las naves la señal
del combate? Dime: ¿quién empezó al lucha,
los helenos o mi hijo, envanecido por la multitud de sus naves?
MENSAJERO. El que inició, mi reina, todo este desastre
fue un dios maléfico o un espíritu vengador, quién
sabe de dónde salió. Un heleno del ejército
ateniense vino a decir a tu hijo Jerjes que al llegar las sombras
de la noche los helenos no esperarían más,
sino que saltando sobre los bancos de sus naves, buscarían,
cada uno por su parte, salvar la vida en una huida secreta. Él,
tan pronto lo oyó, no comprendiendo el engaño del
heleno y ni la envidia de los dioses, declara a todos los capitanes
de nave esta orden: cuando el sol haya cesado de quemar la tierra
con sus rayos y las tinieblas llenen el sagrado recinto del éter,
colocarán el grueso de sus naves en tres líneas
para guardar las salidas y los pasos resonantes, y las otras en
círculo alrededor de la isla de Ayax; pues, si los helenos
intentan huir de un destino fatal y encuentran secretamente
con sus naves una evasión, había sido decretado
que todos serían decapitados. Así habló en
el fervor de su corazón animoso; porque no sabía
el futuro que le reservaban los dioses. Ellos mansamante y sin
desorden, preparan la cena y cada marino ata el remo al escálamo
dispuesto a bogar. Cuando se apagó la luz del sol y llegó
la noche, todos los remeros, todos los soldados de marina
suben a las naves. Una flota exhorta a la otra en la larga noche;
rema cada uno hacia el sitio asignado y toda la noche los jefes
de las naves mantienen navegando a todo el personal naval. Y la
noche transcurre sin que la flota helénica intente por
ningún lado una salida secreta.
Pero cuando el día con sus blancos corceles se extiende
sobre toda la Tierra, resplandeciente a los ojos, llega de parte
de los helenos un sonoro clamor modulado como un himno, mientras
que el eco de los peñascos isleños responde con
un grito agudo. El terror se apodera de todos los bárbaros
engañados en su pensamiento, pues no era para una
huida que los helenos entonces cantaban un solemne peán,
sino para lanzarse al combate con audacia valerosa; y el
sonido de la trompeta enardecía a todo el ejército.
Pronto, a golpes iguales del ruidoso remo batían las
profundas aguas saladas a la voz del cómitre, y rápidamente
todos aparecieron a nuestra vista. El ala derecha, bien alineada,
marchaba la primera, en orden; después toda la flota avanzaba.
Entonces se oyó de cerca un gran grito: «Id, hijos
de los helenos, libertad a la patria, libertad a los hijos,
a las mujeres, a los santuarios de los dioses patrios y a las
tumbas de los antepasados; la lucha ahora es en defensa de todo
esto.» Por nuestra parte les responde un alboroto de
lengua persa: no es el momento de titubeos. Al punto, nave contra
nave choca con su estrave broncíneo. Un navío helénico
comenzó el abordaje y destroza todo el codaste de
una nave fenicia; después, cada uno dirige el ataque contra
otro. Al principio el núcleo del ejército persa
resistía, pero como la multitud de las naves estaba agrupada
en un estrecho, en donde no podían prestarse ayuda, y se
golpeaban unas a otras con sus espolones de bronce, rompían
todo el aparejo de sus remos. Entonces las naves helénicas,
sabiamente las rodean y embisten; se vuelcan las quillas de las
naves, el mar ya no se ve, cubierto de despojos y de matanza de
hombres; las orillas y los acantilados están llenos
de cadáveres y todo lo que queda de la flota bárbara
huye en desbandada a fuerza de remos, mientras que los helenos,
como si se tratara de atunes o de alguna redada de peces, con
trozos de remos o restos del naufragio golpean, matan. Un lamento
mezclado de sollozos se extiende por la llanura marítima
hasta que el ojo de la sombría noche los oculta al vencedor.
El total de nuestros males, ni que hablara diez días seguidos,
lo podría completar; porque nunca, sábelo bien,
nunca en un solo día una multitud tan numerosa de hombres
ha perecido.
REINA. ¡Ay, ay! Un vasto océano de desgracias se
ha precipitado sobre los persas y toda la raza bárbara.
MENSAJERO. Sabe bien que esto no es ni tan solo la mitad de los
males. Una dolorosa calamidad se ha abatido sobre ellos, de forma
que es dos veces más pesada que lo anterior.
REINA. ¿Y qué desgracia podría ser más
cruel que ésta? Continúa, ¿cuál es
este desastre que ha venido sobre el ejército inclinando
más abajo el platillo de nuestras desgracias?
MENSAJERO. Todos los persas que estaban en pleno vigor corporal,
los mejores por su espíritu, los más sobresalientes
por su nobleza y los primeros en su constante fidelidad al rey,
han perecido vergonzosamente de la muerte mas ignominiosa.
REINA. ¡Ay de mí, desgraciada, por este percance
cruel, amigos! Pero ¿por qué clase de muerte dices
que han perecido?
MENSAJERO. Hay delante de Salamina una isla estrecha, de difícil
anclaje para las naves, y de la cual sólo Pan, amigo de
las danzas, frecuenta sus orillas marinas. Allí los envía
Jerjes a fin de que, si náufragos enemigos intentaban alcanzar
la isla, pudieran fácilmente matar a los soldados helenos
y salvar a los suyos de los estrechos marinos. ¡Mal conocía
el futuro! Porque así que un dios dio a los helenos la
gloria en el combate de las naves, el mismo día, cubriendo
sus cuerpos con armaduras de bronce, saltaron de las naves y rodearon
toda la isla de suerte que los nuestros no sabían adónde
volverse. Miles de piedras salidas de sus manos los hirieron y
las flechas arrojadas por las cuerdas del arco caían sobre
ellos y los mataban. Por fin, lanzándose de un solo
impulso golpean, despedazan los cuerpos de aquellos desgraciados
hasta que los exterminan a todos. Jerjes rompe en sollozos al
ver aquel culmen de males; porque tenía un sitial desde
donde distinguía claramente todo el ejército, un
alcor elevado junto a la llanura marina; rasga sus vestidos, lanza
un grito agudo y de repente, dando una orden al ejército
de tierra, se precipita a una huida desordenada. Tal es, junto
al primero, la desventura que has de llorar.
REINA. ¡Ah, odioso destino, cómo has engañado
las esperanzas de los persas! ¡Qué amargo ha encontrado
mi hijo el castigo de la ilustre Atenas! No fueron suficientes
los bárbaros que antes mató Maratón; creyendo
poder cobrarse el rescate, mi hijo ha traído sobre sí
esta multitud de desgracias. Pero dime, las naves que han escapado
a la destrucción, ¿dónde las ha dejado? ¿Sabes
indicármelo con claridad?
MENSAJERO. Los capitanes de las naves que quedaban emprenden
apresuradamente, a favor del viento, una huida sin orden. El resto
del ejército, en tierra de Beocia, iba diezmándose:
unos, buscando las claras fuentes para apagar su sed, otros exhaustos
y jadeantes. Nosotros logramos pasar a territorio focense y a
tierra dórida y al golfo de Melia, en donde el Esperquio
riega la llanura con sus aguas bienhechoras. De allí los
campos de la tierra aquea y las ciudades de Tesalia nos reciben
faltos de víveres. Después llegamos al país
magnesio y a la región de los macedonios, al curso
del Axios, y al cañaveral pantanoso de Bolbe y al monte
Pangeo, en el país de los edonios. En esta noche un dios
suscitó un invierno prematuro, e hiela toda la corriente
del sagrado Estrimón. Aquel que antes no creía en
los dioses ahora les dirige súplicas, adorando cielo y
tierra; y cuando el ejército cesó en sus insistentes
invocaciones, se aventura por el helado camino del río.
Sólo los que nos lanzamos antes de que se difundieran los
rayos del sol, ahora estamos con vida; porque el círculo
luminoso del sol encendido en rayos, penetra a través de
la corriente calentándola con su llama: los hombres
se amontonan unos sobre otros y feliz el que pierde rápidamente
el soplo de la vida. Los restantes que lograron salvarse
después de atravesar a duras penas y con gran fatiga Tracia,
llegaron fugitivos, no muchos, a la tierra de sus lares. ¡De
qué modo se va a lamentar la ciudad de los persas, deseosa
de la querida juventud del país! Esta es la verdad. Y dejo,
fuera del relato, muchos de los desgracias que un dios ha lanzado
como un rayo sobre los persas.
(El mensajero se va.)
CORIFEO. ¡Oh divinidad dolorosa! ¡Cuán pesadamente
has hollado toda la raza persa!
REINA. ¡Ay de mí, desgraciada! Nuestra ejército
está aniquilado. ¡Ah, diáfana visión
de mis sueños nocturnos, demasiado claramente me habías
mostrado estos males! ¡Y vosotros, con qué ligereza
los habíais juzgado! Pero, puesto que os habéis
pronunciado en este sentido, quiero ante todos rogar a los
dioses; luego, en la ofrenda a la tierra y a los muertos vendré
a traer una torta escogida de mi casa. Sé que lo hago por
hechos consumados, pero quizá el destino nos reserve algo
mejor. Vosotros debéis comunicar, acerca de los acontecimientos,
fieles consejos a los leales príncipes. Y si mi hijo llega
aquí antes que yo, consoladlo, acompañadlo a palacio,
no sea que añada a nuestras desgracias otra.
(La reina se retira de su séquito.)
CORIFEO. ¡Oh Zeus, rey! Ahora habiendo destruido el ejército
de los persas altivos e innumerables, has cubierto la ciudad de
Susa y Ecbatana con un duelo tenebroso.
Miles de mujeres con sus tiernas manos desgarran sus vestidos
y bañan sus pechos en copiosas lágrimas compartiendo
nuestro sufrimiento.
Y las mujeres de los persas, lánguidamente llorosas, deseosas
de ver a su recién desposado, abandonando los lechos de
mullidas colchas, deleite de una delicada juventud, lloran con
lamentos insaciables, mientras yo mismo invoco sinceramente el
trágico destino de los que han muerto.
Corto. Y ahora toda la tierra de Asia, vacía de hombres,
llora. Jerjes los ha conducido, ¡ay, ay!, Jerjes los
ha perdido, ¡ay, ay!, Jerjes lo ha dirigido todo locamente
con sus barcazas marinas. ¿Por qué Darío,
señor de arqueros, fue tan inofensivo para su pueblo, jefe
querido de la Súsida?
Soldados de tierra y de mar, sombríos navíos de
alas rápidas los han conducido, ¡ay, ay!, los han
perdido, ¡ay, ay!, los navíos del funesto abordaje
y los brazos de los jonios. Apenas si el mismo monarca, según
se dice, ha podido escapar por las llanuras de Tracia y los caminos
siniestros.
Y los que han quedado, ¡ay!, oprimidos primeramente por
un destino fatal giran alrededor de las costas Cicreas. Gime,
desgárrate el corazón, clama hasta el cielo
tus desdichas, ¡oh, oh!, tiende tu grito ruidoso, tu voz
miserable.
Cruelmente vencidos por el mar, ¡ay!, son desollados por
los mudos infantes de la Incorruptible, mientras que la casa llora
al hombre que le han cogido y los ancianos padres, sin hijos,
lamentándose de los incomprensibles sufrimientos, conocen
el inmenso dolor.
y los pueblos de la tierra de Asia ya no obedecerán por
largo tiempo a la ley de los persas, ya no pagarán más
tributo a las imposiciones de los sátrapas, ni se prosternarán
para recibir más órdenes: el poderío real
ya no existe.
La lengua ya no será más amordazada; pues un pueblo
logra hablar libremente cuando ha desuncido el yugo de la esclavitud.
Ensangrentada en su suelo, la isla de Ayax, batida por las olas,
posee ahora todo lo que fue Persia.
(Llega la reina con esclavos que portan ofrendas.)
REINA. Amigos, aquel que tiene experiencia de los sufrimientos
sabe que los mortales, cuando una marejada de males se ha abatido
sobre ellos, acostumbran temer de todo; pero cuando el destino
fluye de manera favorablemente están convencidos de que
siempre soplará el misma destino de fortuna. Para mí
ahora todo está lleno de terror: a mis ojos se revela el
abandono de los dioses, un grito resuena en mis oídos
que nada tiene de saludable. ¡Tal es el estupor de males
que aterroriza mi corazón! Por esto he recorrido de nuevo
este camino desde el palacio, sin carrozas, sin la pompa de antes,
para llevar al padre de mi hijo las libaciones propiciatorias,
que amansan a los difuntos: la blanca leche gustosa de una vaca
no sometida al yugo, la dorada miel destilada por la obrera de
las flores, juntamente con el agua que mana de una fuente virgen,
y el puro licor de una madre silvestre, esta delicia de una viña
antigua. Hay también el fruto oloroso del grisáceo
olivo, siempre floreciente de vida en su follaje, y guirnaldas
de flores, hijas de la fértil tierra. Venid, amigos, y
sobre estas libaciones a los muertos cantad himnos favorables:
evocad al divino Darío, mientras yo enviaré a los
dioses subterráneos estos homenajes que beberá la
tierra.
CORIFEO. Oh soberana, veneración de los persas, tú
envía libaciones a las moradas subterráneas;
nosotros con nuestros himnos pediremos que los guías de
los muertos nos sean propicios bajo tierra.
Ea, pues, sagradas divinidades infernales, Tierra, Hermes y tú,
rey de los muertos, envíanos del seno de la tierra a la
luz, el alma de Darío; si, más que nosotros sabe
un remedio a nuestros pesares, es el único mortal que puede
revelarnos el fin.
(El coro evoca al muerto con gritos y gestos violentos: gime,
da palmadas, se golpea el pecho.)
CORO. ¿Me oye, el bienaventurado, el rey semejante a los
dioses, cuando lanzo en clara lengua bárbara estos gritos
diversos, lúgubres, dolientes? Gritaré bien alto
mis desgracias de total congoja. ¿Desde debajo me oye?
Oh, tú, Tierra, y vosotros, príncipes de los muertos,
dejad salir de vuestras moradas este numen ilustre, el susígena
dios de los persas: enviad hacia arriba aquél, semejante
al cual, todavía no ha cubierto a nadie la tierra persa.
Querido es este héroe y querido tu túmulo; porque
en él descansa una prenda querida. Edoneo, tú que
conduces hacia la luz, deja libre al príncipe único,
a Darío, ¡eh, eh!
Porque jamás perdió a sus hombres en mortíferos
contratiempos. Inspirado de los dioses lo llamaban los persas,
inspirado de los dioses era, porque dirigía bien el
timón de su pueblo, ¡eh, eh!
Antiguo monarca, oh monarca, ven, ven, aparece sobre la cima
de este túmulo; eleva hasta allí la azafranada sandalia
de tu pie, haz brillar el botón de la tiara real; acude,
padre benéfico, Darío. ¡Ah, ah!
Ven a oír nuevos e inauditos desgracias. Señor
de mi señor, aparece. Sobre nosotros vuela una lúgubre
niebla, porque toda nuestra juventud ha perecido. Acude, padre
benéfico, Darío. ¡Ah, ah!
¡Ay, ay! ¡Ay, ay! ¡Oh muerte lamentada por
miles de deudos! ¿Por qué mi señor, mi soberano,
sobrevino tan desmedido
contratiempo, tal sufrimiento sobre sufrimiento, a toda esta
tu tierra? Del todo han desaparecido las trirremes, nuestras naves
que ya no son naves, que ya no son naves.
(Por encima del túmulo aparece la Sombra de Darío.)
SOMBRA DE DARIO. Oh fieles entre los fieles, compañeros
de mi juventud, persas ancianos, ¿qué aflicción
sufre la ciudad? Gime, se golpea el pecho y el suelo se resquebraja.
Al ver a mi esposa junto a mi mausoleo, me turbo y he aceptado
de todo corazón sus libaciones. Pero vosotros os lamentáis
de pie cabe mi sepulcro y avivando vuestros lamentos evocadores
de los muertos me llamáis lastimosamente. No es fácil
de salir, máxime cuando los dioses subterráneos
saben más coger que soltar. Pero yo he usado entre ellos
de mi poder y aquí estoy. Apresúrate que no se me
reproche por mi tardanza ¿Qué terrible desgracia
se ha abatido sobre los persas?
CORO. No me atrevo a mirarte, a hablarte cara a cara, por el
ancestral temor que me infundías.
SOMBRA DE DARÍO. Pero, ya que he venido de debajo tierra
obedeciendo a tus lamentos, renuncia a un largo discurso: exprésate
brevemente y, dejando de lado el respeto que me tienes, explícamelo
todo.
CORO. Temo complacerte, temo hablarte a la cara, diciéndote
cosas difíciles de contar a los amigos.
SOMBRA DE DARÍO. Puesto que el viejo temor de espíritu
se te opone, tú, anciana compañera de mi lecho,
cesa en tus lamentos y gemidos y háblame claramente:
humanos son los trabajos que pueden alcanzar a los mortales. Muchos
males llegan del mar a los hombres, muchos de la tierra firme,
si la vida prolonga su curso durante lar o tiempo.
REINA. ¡Oh tú que has superado a todos los mortales
en felicidad por tu venturoso destino! Mientras has contemplado
los rayos del sol, digno de envidia, has hecho pasar, como un
dios, una vida dichosa a los persas. Ahora te envidio por estar
muerto antes de haber visto el abismo de nuestros males. Todo,
Darío, lo oirás contar en breves palabras: el poderío
de los persas está, por así decir, del todo destruido.
SOMBRA DE DARIO. ¿De qué manera? ¿Se ha
abatido sobre la ciudad la tormenta de una peste o una guerra
civil?
REINA. En modo alguno; pero cerca de Atenas todo el ejército
ha sido aniquilado.
SOMBRA DE DARIO. ¿Cuál de mis hijos ha guiado allí
el ejército? Dime.
REINA. El impetuoso Jerjes, vaciando todas las llanuras del continente.
SOMBRA DE DARIO. ¿Por tierra o por mar ha intentado esta
locura, desgraciado?
REINA. Por ambos caminos; había un doble frente de dos
armamentos.
SOMBRA DE DARIO. ¿Y cómo ha llegado a pasar un
ejército de tierra tan numeroso?
REINA. Unció con sus recursos el estrecho de Hele para
tener un paso.
SOMBRA DE DARIO. ¿Y lo logró hasta cerrar el gran
Bósforo? REINA. Así es; un dios sin duda se adhirió
a esta idea.
SOMBRA DE DARIO. ¡Ah, un poderoso dios vino para trastornar
le así el juicio!
REINA. Sí, ya que se puede ver el fin desastroso que ha
realizado.
SOMBRA DE DARIO. ¿Y qué les ha ocurrido para que
gimáis así? REINA. La derrota del ejército
naval ha perdido al de tierra. SOMBRA DE DARIO. ¿Así
todo un pueblo ha sido completamente
destruido por la lanza?
REINA. Sí, toda la ciudad de Susa llora, vacía
de hombres. SOMBRA DE DARIO. ¡Oh dioses, el ejército,
nuestra buena defensa, nuestra ayuda!
REINA. El pueblo bactriano ha sucumbido por completo y no habrá
más viejos.
SOMBRA DE DARIO. ¡Oh malaventurado, qué juventud
de aliados ha perdido!
REINA. Pero dicen que Jerjes, solo, abandonado, con unos pocos...
SOMBRA DE DARIO. ¿Cómo y dónde ha terminado?
¿Hay alguna salvación para él?
REINA. Ha sido afortunado de llegar al puente que unía
ambas tierras.
SOMBRA DE DARIO. Y de llegar vivo a nuestro continente. ¿Es
verdad esto?
REINA. Sí; el relato que prevalece al menos en este respecto
es claro; no hay discordancias.
SOMBRA DE DARIO. ¡Ah! Rápida ha llegado la realización
de los oráculos y sobre mi hijo ha lanzado Zeus el cumplimiento
de las profecías. Yo en cierta manera me imaginaba que
sólo después de mucho tiempo los dioses las llevarían
a término; pero cuando uno mismo se afana en su perdición,
los dioses colaboran con él. Ahora parece que se ha encontrado
una fuente de males para todos los amigos, y mi hijo, sin saberlo,
ha realizado todo esto en su juvenil audacia. El que concibió
la esperanza de detener en su curso, con cadenas de esclavo, el
sagrado Helesponto, el Bósforo, corriente de un dios; que
buscaba cambiar la manera de cruzar el estrecho y poniéndole
grilletes forjados a martillo, abrió un inmenso camino
a su inmenso ejército. Mortal, creía en su locura
triunfar de todos los dioses y particularmente de Posidón.
¿Cómo en esto no hay una enfermedad del espíritu
que se ha apoderado de mi hijo? Temo que mi gran trabajo de riqueza
llegue a ser para los hombres el botín del primero que
llegue.
REINA. Estas son las lecciones que el impetuoso Jerjes aprende
en su trato con los malos. Le decían que tú adquiriste
para tus hijos una gran riqueza con la lanza, mientras que él,
por cobardía, combatía en casa, sin aumentar
en nada la propiedad paterna. Oyendo mil veces los reproches de
estos malvados, decidió esta expedición y este ejército
contra la Hélade.
SOMBRA DE DARIO. Así son ellos los autores del desastre
inmenso, inolvidable, tal como ningún otro ha caído
jamás sobre la ciudad de Susa vaciándola, desde
que el soberano Zeus ha otorgado a un solo hombre el privilegio
de maridar a toda Asia nutridora de corderos, teniendo en sus
manos el cetro rector. Un medo fue el primer jefe del pueblo en
armas; y otro, su hijo, acabó esta empresa, porque la razón
en él gobernaba su corazón. El tercero después
de él, Ciro, héroe feliz, al tomar el poder estableció
la paz entre los suyos; conquistó pueblo de los lidios
y de los frigios, y sometió por fuerza a toda Jonia; dios
no le era hostil, porque tenía sabiduría. El hijo
de Ciro fue el cuarto en dirigir ejército, y el quinto,
Mardis, tomó el poder, vergüenza para su patria y
para el antiguo trono; pero con astucia el valiente Artafrenes
lo mató en el palacio ayudado de amigos que consideraban
esto como una obligación. Y yo mismo, habiendo obtenido
por suerte lo que quería, hice muchas expediciones con
un numeroso ejército pero nunca causé un mal tan
grande a mi ciudad. Pero Jerjes, mi hijo, es joven y piensa como
joven y no acuerda de mis consejos. Porque, sabedlo bien, compañeros:
todos nosotros, que tuvimos este poder soberano, es manifiesto
que no somos los autores de daños tan grandes.
CORIFEO. ¿Qué, pues, rey Darío, hacia dónde
diriges el fin de tus palabras? ¿Cómo, después
de esto, todavía podríamos, el pueblo persa, alcanzar
el mejor éxito posible?
SOMBRA DE DARIO. Si no lleváis la guerra al país
de helenos, aunque el ejército medo sea más fuerte;
pues la tierra misma es su aliada.
CORIFEO. ¿Qué quieres decirnos con esto? ¿De
qué manera es aliada?
SOMBRA DE DARIO. Haciendo morir de hambre a los demasiado numerosos.
CORIFEO. Pero organizaremos un ejército escogido, bien
equipado.
SOMBRA DE DARIO. Pero ni el ejército que permanece en
la Hélade logrará la salvación del retorno.
CORIFEO. ¿Cómo dices? ¿Todo el ejército
de los bárbaros no ha atravesado el estrecho de Hele y
dejado Europa?
SOMBRA DE DARIO. Tan sólo unos pocos entre muchos, si
hemos de creer en los oráculos de los dioses, mirando lo
que ha ocurrido ahora; porque es posible que unos se cumplan y
otros no. Y si esto es así, Jerjes deja una multitud escogida
de tropas obedeciendo a vanas esperanzas. Se detienen en los lugares
donde el Asopo riega la llanura con sus aguas corrientes, querido
sustento para la tierra beocia; y allí les aguarda sufrir
los supremos males, en expiación de su insolencia y su
orgullo impío: ellos que, llegando a tierra helénica,
no sintieron vergüenza en profanar las estatuas de los
dioses y en incendiar los templos; han desaparecido los altares
y han derribado confusamente desde sus cimientos los monumentos
funerarios de los héroes. Así, habiendo obrado mal,
sufren males no menores, y otros les aguardan; aún
no se ha agotado la fuente de sus desgracias, sino que todavía
mana abundantemente; tan grande es el borbotón de sangre
vertida en el degüello que hacía la lanza dórica
en tierra de Platea. Montones de muertos hasta la tercera generación
mostraron en silencio a los ojos de los hombres que ningún
mortal ha de pensar por encima de la condición humana;
porque la insolencia, al florecer, produce la espiga del error,
de donde se siega una cosecha de lágrimas. Viendo estas
faltas así castigadas, acordaos de Atenas y de la Hélade,
y que nadie, despreciando su actual fortuna para desear otra,
eche a perder una gran felicidad. Zeus es el vengador de los pensamientos
demasiado soberbios y exige una cuenta severa. Por ello, como
a uno que carece de sabiduría, advertirle con vuestras
razonables amonestaciones, a fin de que cese de ofender a los
dioses con su insolente audacia. Y tú, anciana madre, querida
de Jerjes, entra en palacio, saca un atuendo solemne y sal al
encuentro de tu hijo; pues en el dolor de sus desgracias, sus
brillantes vestidos son por completo unos jirones que cuelgan
alrededor de su cuerpo. Tú cálmalo con palabras
bondadosas; eres la única, lo sé, cuya voz soportara.
Yo vuelvo a las tinieblas subterráneas; y vosotros, ancianos,
adiós; a pesar de vuestros males, dad a vuestras almas
el gozo cotidiano; porque a los muertos de nada les sirve la riqueza.
(La Sombra de Darío desaparece.)
CORIFEO. ¡Qué dolor experimento cuando oigo estas
desgracias innumerables que en el presente y en el futuro todavía
están reservadas a los bárbaros!
REINA. ¡Oh destino, cuanto me afecta conocer de estos males!
Pero sobre todo me muerde la calamidad al saber de la vergüenza
de vestidos que ahora cubren el cuerpo de mi hijo. Voy, pues,
a buscar un atavío en el palacio e intentaré encontrar
a mi hijo. Porque no traicionaré en la desgracia a lo que
mas quiero.
(Entra en palacio.)
CORO. ¡Oh dioses! ¡Qué grande y hermosa existencia
tuvimos en el gobierno de nuestras ciudades, cuando el venerable
rey, el magnánimo, el bienhechor, el invencible Darío,
igual a los dioses, reinaba en este país!
Primero, mostramos al mundo ejércitos de buena fama, que
atacaban las fortalezas según tácticas establecidas;
y los regresos de la guerra conducían unos hombres,
sin fatiga ni daño, a sus felices hogares.
¡Cuantas ciudades conquistó sin atravesar el río
Halís sin dejar el suelo patrio! Tal las ciudades marítimas
del golfo estrímóníco, que limitan con las
aldeas tracias.
Y mas allá de este lago, las que en el continente están
circunvaladas de murallas, obedecían también
a este príncipe; y las que se gloriaban de su situación
alrededor del dilatado estrecho de Hele, y el repliegue profundo
de la Propóntíde y las bocas del Ponto.
Y las islas bañadas por las olas que, enfrente del promontorio
marino, están junto a nuestra tierra, Lesbos, y Samos,
plantada de olivos, Quíos, y también Paros, Naxos,
Míconos y Andros, vecina pegada a Tenos.
Y mandaba asimismo las que en medio del mar están entre
dos orillas, Lemnos, y el país de Ícaro, y Rodas,
y Cnído, y las ciudades de Chipre: Pafos, Solí y
Salamína, de la cual hoy la metrópoli es causa de
nuestros lamentos.
Y en el territorio jónico, las ciudades griegas ricas
y populosas conquistadas por su sabiduría, apoyado en la
fuerza incansable de sus soldados y la multitud de sus aliados.
Pero ahora sufrimos este revés, querido sin duda de
los dioses, y estamos domados por los terribles golpes marinos
de la guerra.
(Llega Jerjes en su carro, se apea lentamente y se va acercando
al coro.)
JERJES. ¡Ah desgraciado de mí! ¡Qué
odiosa y tan imprevisible suerte he encontrado! ¡Con qué
crueldad el destino se ha cebado en la raza de los persas!
¡Qué será de mí, infeliz! Se abate
la fuerza de mis miembros cuando contemplo la edad de los ciudadanos.
¡Oh Zeus! Ojalá también a mí con mis
hombres muertos me hubiera sepultado el destino por la parca.
CORIFEO. ¡Otototoí! ¡Oh rey! ¡Ay por
vuestro magnífico ejército, y el gran prestigio
del imperio persa, y los espléndidos guerreros que
hoy ha segado el destino!
CORO. La tierra llora la juventud del país destrozada
por Jerjes, hacínador de persas en el Hades. Pasajeros
del Hades, miles de hombres, flor de este país, arqueros
triunfantes, toda una densa miríada de guerreros ha perecido.
¡Ay, ay, ay, nuestra buena defensa! Y la tierra de Asia,
rey de este país, terriblemente, terriblemente ha
doblado la rodilla.
JERJES. Soy yo, ¡ay, ay!, lamentable y miserable, que he
sido la ruina para mi raza y mi patria.
CORO. Para saludar tu regreso pronunciaré el grito de
siniestro augurio, el lamento de infortunio del lloroso mariandino,
el alarido bañado en lagrimas.
JERJES. Lanzad dolorosos, quejosos, lúgubres acentos;
el destino ahora se ha vuelto contra mí.
CORO. Sí, voy a lanzar gemidos lamentables para deplorar
la nueva calamidad y los dolores del desastre marítimo;
lloraré por la ciudad, por la raza; haré resonar
un lamento lacrimoso.
JERJES. El Ares de Jonia ha arrebatado nuestros hombres; el Ares
. de Jonia, armado de naves, ha inclinado la balanza del otro
lado, segando la nocturna llanura y la ribera desdichada.
CORO. ¡Oh, oh! Grita e infórmate de todo. ¿Dónde
está la otra muchedumbre de los tuyos? ¿Dónde
están los que combatían + a tu lado, Farandaces,
Susas, Pelagon, Dótamas y Agdabatas, Psamis y Susiscanes,
que dejó Ecbatana?
JERJES. Todos han perecido. Allí los dejé, precipitados
de un navío tirio, en las riberas de Salamina, chocando
contra una acantilada costa.
CORO. ¡Oh, oh! ¿Dónde está tu Farnuco,
y el valiente Ariomardo? ¿Dónde el príncipe
Senaces, el noble Lileo, Menfis, Taribis; y Masistras, y Artembares,
e Histecmas?
JERJES. ¡Ay, ay de mí! Han visto la antigua, la
odiosa Atenas, y todos, de un solo golpe, ¡eh, eh!, miserables,
se estremecen en la arena.
CORO. ¿Y aquél que contaba tus persas de diez mil
en diez mil, tu ojo siempre fiel, Alpisto, hijo de Batanoco, y
los hijos de Sésamas y de Megabatas, y Parto, y el gran
Oibares, los has dejado, los has dejado? ¡Oh, oh, desgraciado!
Para los persas ilustres anuncias males sobre males.
JERJES. Despiertas en mí, ciertamente, el recuerdo de
los valientes compañeros, con tus palabras inolvidables,
crueles, más que dolorosas: mi corazón en el pecho
grita, grita.
CORO. Y todavía otros echamos de menos: el capitán
de diez mil mardos, Jantes, y el belicoso Ancares y Diexis y Arsaces,
comandantes de caballería; y Dádaces y Litimnes,
y Tolmo, insaciable de batalla; me asusto, asusto de que no sigan
tu tienda sobre ruedas.
JERJES. Han desaparecido los que mandaban el ejército.
CORO. Han desaparecido, ay, sin gloria.
JERJES. ¡Ié, ié! ¡lo, lo.
CORO. ¡ló, ió! Los dioses han provocado un
desastre inesperado,
clarísimo, como los que ve Ate.
JERJES. Somos golpeados para siempre en nuestro destino.
CORO. Somos golpeados, está bien claro.
JERJES. Por un nuevo infortunio, por un nuevo infortunio.
CORO. Por haber encontrado, no felizmente, a los marinos de Jonia.
Desgraciado en la guerra es el pueblo de los persas.
JERJES. ¿Cómo no? He sido abatido, infeliz, en
mi ejército tan numeroso.
CORO. ¿Qué es lo que no ha perecido? Grande era
el poder de los persas.
JERJES. ¿Ves lo que queda de mi séquito?
CORO. Lo veo, lo veo.
JERJES. ¿Y este estuche de flechas?
CORO. ¿Qué dices que has salvado?
JERJES. Este carcaj de dardos.
CORO. Poca cosa comparada con lo mucho que tenías.
JERJES. Hemos perdido los defensores.
CORO. El pueblo de Jonia no rehúye el combate.
JERJES. Demasiado belicoso. Y he contemplado una pena imprevista.
CORO. ¿Quieres decir la derrota de la hueste naval?
JERJES. He desgarrado mis vestidos ante este golpe fatal.
CORO. ¡Ay, ay!
JERJES. Y mucho más que ¡ay!
CORO. Sí, dobles y triples males.
JERJES. Dolor para nosotros, alegría para los enemigos.
CORO. Sí, nuestra fuerza ha sido rota.
JERJES. Estoy desprovisto de escolta.
CORO. Por la derrota naval de los nuestros.
JERJES. Llora, llora la pena, y vete hacia palacio.
CORO. ¡Ay, ay! Aflicción, aflicción.
JERJES. Responde a mis gritos con los tuyos.
CORO. Consuelo miserable de miserables a miserables.
JERJES. Gime, poniendo tu canto junto al mío. ¡Ototototoi!
CORO. ¡Otototoi! Pesada es esta desgracia y sufro también
por ello.
JERJES. Golpea, golpea y laméntate para complacerme.
CORO. Estoy bañado en lágrimas y me lamento.
JERJES. Responde a mis gritos con los tuyos.
CORO. No es posible hacerlo, señor.
JERJES. Levanta la voz con lamentos. ¡Otototoi!
CORO. ¡Otototoi! Y con ellos se mezclarán golpes
negros, dolientes.
JERJES. Golpea también tu pecho y lanza el grito misio.
CORO. ¡Aflicción, aflicción!
JERJES. Arrasa el pelo blanco de tu barba.
CORO. Con uñas de sierra, con uñas de sierra, lamentablemente.
JERJES. Lanza gritos agudos.
CORO. También lo haré.
JERJES. Desgarra con tus dedos la ropa que cubre tu pecho.
CORO. ¡Aflicción, aflicción!
JERJES. Arráncate también los cabellos y gime por
el ejército.
CORO. Con uñas de sierra, con uñas de sierra, lamentablemente.
JERJES. Empapa tus ojos de lágrimas.
CORO. Estoy empapado de ellas.
JERJES. Responde a mis gritos con los tuyos.
CORO. ¡Ay, ay!
JERJES. Vete gimiendo hacia palacio.
CORO. ¡Ay, ay!
Jerjes. ¡Ay, por la ciudad!
CORO. ¡Ay, sí, sí!
JERJES. Gemid, triste cortejo.
CORO. ¡Ay, ay! ¡Tierra de Persia triste de pisar!
JERJES. ¡Ié! Los que han muerto por nuestras galeazas
trirremes!
CORO. Sí, te acompañaré con mis funestos
lamentos.
(El rey, acompañado del coro, entra en el palacio.)
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