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LOS SUPLICANTES
PERSONAJES
DÁNAO, padre de los Danoides
Pelasgo, rey de Argos
Mensajero de los hijos de Egipto
Coro de las hijas de Dánao
La acción se desarrolla en la playa cerca de Argos. Al
fondo de la orquesta hay una loma con las estatuas de Zeus, Posidón,
Herrases Y Apolo.
CORIFEO. Que Zeus, defensor de los suplicantes, quiera mirar
lleno de benevolencia a nuestra gente que, en una nave, marchó
de la desembocadura del Nilo de fina arena. Habiendo dejado
la tierra de Zeus, fronteriza con Siria, andamos errantes; no
que un voto de la ciudad nos haya condenado al destierro por sangre
vertida, sino que, en nuestra repugnancia instintiva por el hombre,
detestamos las bodas de los hijos de Egipto y su impía
locura.
Dánao, nuestro padre, consejero y guía de nuestra
decisión, pensando todas las jugadas, se ha decidido por
la más gloriosa de las desgracias: huir, veloz, a
través de las olas saladas y abordar a la tierra de Argos
de donde ha surgido nuestra raza, que se pavonea de haber nacido
de la ternera hostigada por el revoloteo del tábano, bajo
los efectos del contacto y del soplo de Zeus. ¿A qué
país mejor preparado que éste podríamos llegar,
con estos brazos suplicantes, con estos ramos ceñidos de
lana? Que esta ciudad, su tierra y sus aguas límpidas,
que los dioses celestes y los pesados vengadores subterráneos
que habitan las tumbas, y Zeus Salvador en tercer lugar,
guardián de a los hogares de los justos, acepten como suplicantes
a este grupo de mujeres en el espíritu reverente del
país; y antes que este enjambre insolente de hombres,
los hijos de Egipto, pise esta tierra cenagosa, echadlos al mar
con su veloz nave; y entonces, en un torbellino de azotadora
tempestad, en medio del trueno, del rayo y de los vientos cargados
de lluvia, enfrentados con un mar salvaje, perezcan antes
de apoderarse de las hijas de un tío y subir, a pesar de
la ley que lo prohíbe, en tálamos que los rechazan.
CORO. Y ahora llamo al protector más allá el mar,
al ternero :' nacido de Zeus que, de un soplo, lo hizo nacer de
la ternera, nuestra antepasada que se alimentaba de flores; con
el contacto que le dio su nombre puso un justo fin al tiempo
reservado a las Parcas, y dio a luz a Épafo.
A éste invocando hoy y recordando las desgracias que mi
antigua madre padeció en estos lugares en donde pacía,
enseñaré de mis ascendientes pruebas fidedignas
que, aunque inesperadas, aparecerán claras a los habitantes
de este país; a la larga se reconocerá la verdad.
Y si hay cerca de aquí algún indígena que
sepa interpretar el canto de las aves, al percibir mis lamentos
creerá oír la voz de la esposa de Tereo, lastimosa
en sus pensamientos, la voz del ruiseñor que persigue el
gavilán.
Arrojada de su hogar de antaño, llora la nostalgia de
sus lugares acostumbrados, y compone el canto de la muerte
de su hijo, cómo sucumbió bajo los golpes de su
propia mano, víctima de la cólera de una mala
madre.
Así también yo me recreo en lamentarme a la manera
jónica, desgarrando mi tierna mejilla tostada al sol del
Nilo y mi corazón inexperto en lágrimas. Acumulo
sollozos, anhelante de amigos, preguntándome si alguien
se preocupa de mi destierro lejos de una tierra caliginosa.
¡Ah dioses de nuestra raza, que sabéis dónde
está la justicia, escuchadnos! Si no dais pleno cumplimiento
porque es contra el Destino, al menos, vosotros que detestáis
prontamente la violencia, sed justos con estas bodas. Incluso
para los fugitivos destrozados por una guerra es un refugio contra
la desgracia el altar donde reside la majestad de los dioses.
¡Ojalá el fin fuera del todo y verdaderamente feliz!
La voluntad de Zeus no es fácil de cazar; pero, por
todas partes resplandece, incluso en la lúgubre noche del
destino, para la estirpe de los mortales.
Cae siempre segura y no de espaldas, si Zeus decide en su cólera
el cumplimiento de una cosa; los caminos de su pensamiento
se extienden confusos, sombríos, indescifrables a toda
mirada.
Él precipita a los mortales de las altas torra de sus
esperanzas a su perdición, pero sin armarse de violencia;
todo es fácil para un dios. Su mente, desde lo alto del
cielo, ejecuta todos sus designios sin moverse de su sagrado sitial.
Que gire sus ojos hacia la insolencia humana, tal como retoña
floreciente en el tronco con obstinados pensamientos a causa de
nuestras bodas, aguijoneada por un irresistible delirio, y que
reconozca el engaño de Ate.
Tales son los tristes infortunios que digo en mis cantos agudos,
sordos, bañados en lágrimas, ¡ié, ié!
y lamentos semejantes a cantos fúnebres; viva me honro
con mis gemidos.
Séme propicia, tierra montañosa de Apis. ¿Entiendes
bien, oh tierra, mi acento bárbaro? Muchas veces mi mano
se abate, con un desgarramiento de lino, sobre mi velo sidonio
.
Hacia los dioses corren sacrificios expiatorios para obtener
la salud, cuando la muerte se cierna encima. iló, ió,
ió! Vientos inciertos, ¿hacia dónde nos llevará
esta ola?
Séme propicia, tierra montañosa de Apis. ¿Entiendes
bien, oh tierra, mi acento bárbaro? Muchas veces mi mano
se abate, con un desgarramiento de lino, sobre mi velo sidonio.
Cierto que el remo y la casa de madera, ceñida de cuerdas,
que protege del mar, me han guiado aquí sin tempestad con
ayuda de los vientos. No me quejo. Pero el Padre que todo le ve
ponga, en su tiempo, término favorable a mi infortunio.
Que el gran germen de una augusta madre logre huir del lecho
de los varones, ¡ay virgen indómita!
Y que la casta hija de Zeus, correspondiendo a mi petición,
deje caer sobre mí de su rostro augusto una mirada salvadera.
Que con todo su poder, indignada de esta persecución, libre,
ella que es virgen, a otra virgen.
Que el gran germen de una augusta madre logre huir del í
lecho de los varones, ¡ay virgen indómita!
De lo contrario, negra raza tostada por los rayos del sol, iremos,
con nuestros ramos suplicantes, al dios subterráneo, a
Zeus hospitalario de los muertos y moriremos colgadas si no s
logramos alcanzar a los dioses olímpicos.
¡Ah Zeus, es a lo, ¡oh! que persigue esta escudriñadora
ira de los dioses. Demasiado conozco el triunfo de una mujer sobre
todo el cielo. Es terrible el viento de donde sopla la tempestad.
Y entonces Zeus recurrirá a relatos no justos, por haber
despreciado al hijo de la ternera, al que él mismo en otro
tiempo engendró, y ahora tiene los ojos apartados de nuestras
plegarias. ¡Que desde lo alto de los cielos escuche la voz
que le llama!
¡Ah Zeus, es a lo, ¡oh! que persigue esta investigadora
ira de f los dioses. Demasiado conozco el triunfo de una mujer
sobre todo el cielo. Es terrible el viento de donde sopla la tempestad.
(Dánao, que durante el canto del coro, ha subido a una
loma, observa el horizonte. Luego desciende y se dirige a sus
hijas.)
DÁNAO. Hijas, es preciso ser juiciosas. Habéis
llegado aquí gracias a la prudencia de este piloto,
vuestro viejo progenitor, en quien confiáis. Y ahora que
estamos en tierra firme os animo, con la misma solicitud, a que
guardéis bien gravadas mis palabras. Veo una polvareda,
muda mensajera de un ejército. Los cubos de las ruedas
no callan, empujados por los ejes. Contemplo una tropa, bajo
escudo y blandiendo la lanza, con caballos y carros encurvados.
Quizá son jefes de esta tierra que, enterados por alguna
noticia, vienen a observarnos. Pero ya sea propicio, o esté
inflamado por una cólera feroz aquel que conduce el ímpetu
de este escuadrón, es mejor, en todo caso, oh hijas, que
os sentéis en la colina de los dioses agonales. Más
fuerte que una torre es un altar, escudo indestructible. Pero
apresuraos y teniendo piadosamente en vuestro brazo izquierdo
ramos de suplicantes adornados de blanco lino, ornato de
Zeus venerable, responded a los extranjeros con palabras
respetuosas, doloridas y vehementes, como conviene a recién
llegados, diciéndoles claramente que vuestro destierro
está limpio de sangre. Ante todo que el atrevimiento no
acompañe a vuestra voz; que ninguna vanidad, en vuestras
caras de frente modesta, salga de vuestra mirada tranquila. No
seas precipitada en el hablar ni prolija: la gente de aquí
es muy sensible. Acuérdate de ceder: eres una extranjera,
una desterrada en la necesidad. Un lenguaje altanero no conviene
a los débiles.
CORIFEO. Padre, hablas juiciosamente a juiciosos: procuraré
recordar tus sabios avisos. Pero que Zeus progenitor nos
mire.
DÁNAO. Sí, que nos mire con ojo clemente.
CORIFEO. Si él lo desea, todo acabará bien.
DÁNAO. Ahora no te demores, y que triunfe mi plan
CORO. Quisiera ya estar sentada cerca de ti. (Dirigiéndose
a los altares.) Oh Zeus, ten compasión de nuestras desgracias,
antes de que hayamos perecido.
DÁNAO. Invocad también a este hijo de Zeus.
CORIFEO. Invoco a los rayos salvadores del Sol.
DÁNAO. Y también al puro Apolo, dios desterrado
del cielo.
CORIFEO. Conociendo este destino, puede compadecerse de los mortales.
DÁNAO. Sí, que nos compadezca y nos asista benévolo.
CORIFEO. ¿A qué divinidad invoco todavía?
DÁNAO. Veo aquí un tridente, atributo de un dios.
CORIFEO. Como nos ha guiado bien, que nos acoja bien en esta
tierra.
DÁNAO. Hay también este Hermes según las
leyes helénicas.
CORIFEO. Que nos anuncie, pues, un feliz mensaje de libertad.
DÁNAO. Venerad el altar común de todos estos dioses;
sentaos en este lugar sagrado, como una bandada de palomas que
huyen de gavilanes del mismo plumaje, de enemigos de la misma
sangre que quieren mandar la propia raza. ¿Cómo
permanecería puro el pájaro que come carne
de pájaro? ¿Y cómo sería puro el que
quiere casarse en contra de la voluntad de la mujer y del padre
de ella? No, ni en el Hades. Una vez muerto, escaparía
a la inculpación de lujuria, si realizara tales cosas;
todavía hay allí, según dicen, otros
Zeus que, sobre todas las faltas, pronuncia entre los difuntos
la suprema sentencia. Sed discretas y responded en este sentido,
si queréis que triunfe vuestra causa.
(Llega el rey acompañado de una escolta armada.)
REY. ¿De dónde viene esta gente en traje no helénico,
ataviada con ropas y cintas bárbaras, a la que nos dirigimos?
Pues el vestido no es de Argólida ni de ningún país
helénico. Mas me admira el que os hayáis atrevido,
osadas, a venir a este país, sin mensajeros, ni patronos,
ni guías. Es verdad que, según costumbre de los
suplicantes, tenéis ramos puestos junto a las estatuas
de los dioses agonales; sólo en esto la tierra griega concuerda
con la conjetura. Y sería justo hacer muchas otras suposiciones,
si tú, que estás presente, no tuvieras la palabra
para explicarlo.
CORIFEO. En cuanto a nuestro adorno no es falso lo que has dicho.
Pero yo, dirigiéndome a ti, ¿a quién hablo?
¿A un ciudadano? ¿A un mensajero que lleva
el bastón sagrado? ¿O al jefe de la ciudad?
REY. En lo que respecta a esto contéstame y habla confiadamente.
Yo soy el hijo de Palecton, nacido de la Tierra, Pelasgo, jefe
supremo de este país; y de mí, su rey, ha tomado
con razón su nombre el pueblo de los pelasgos, que
cultiva esta tierra. Soy dueño de toda la comarca
que atraviesa el puro Estrimón, al lado del sol poniente;
confino con la tierra de los perrebos, y el país que está
más allá del Pindo, tocando a Peonia, y las montañas
de Dódona hasta donde el mar corta mi frontera. Todo lo
que está dentro de estos límites lo domino.
Y esta llanura del país de Apis se llama así desde
antiguo en memoria de un héroe sanador. Pues Apis, procedente
del otro lado del golfo de Naupacto, profeta hijo de Apolo, limpia
este país de monstruos homicidas, azote que la Tierra,
infectada por las manchas de antiguas sangres, en su ira
soltó, serpientes pululantes, funesta compañía.
Apis, aplicando irreprochablemente a la tierra de Argos remedios
decisivos, nos liberó de estos males y en recompensa mereció
el recuerdo en nuestras súplicas. Y ahora que ya tienes
mis señas, declara de qué linaje te ufanas y explícate.
Con todo, un largo discurso no es grato a la ciudad.
CORIFEO. Breve y clara será la contestación: nos
gloriamos de ser de raza argiva y simiente de una ternera prolífica.
Y toda esta verdad la confirmaré si hablo.
REY. Increíbles son a mis oídos, extranjeras, estas
palabras: no sé cómo puede ser argiva vuestra raza.
Os parecéis más bien a mujeres libias, pero en manera
alguna a las nuestras. Todavía el Nilo podría alimentar
tal planta. Y el tipo chipriota, que en los moldes femeninos acuñan
los artífices masculinos, es semejante al vuestro.
He oído hablar también de los indios nómadas
que cabalgan en sillas con respaldo sobre camellos a través
de las regiones vecinas a Etiopía; y de las amazonas, sin
maridos, que comen carne cruda. Si llevarais arcos, os habría
tomado por ellas. Pero enséñame; que entienda mejor
que tu estirpe y tu sangre son argivas.
CORIFEO. ¿No dicen que en otro tiempo existió en
este país de Argos una guardiana del templo de Hera, lo?
REY. Sí, así es, es un rumor bien confirmado.
CORIFEO. ¿Un relato no dice también que Zeus se
unió con ella,' aunque mortal?
REY. Y estos abrazos no escaparon a Hera.
CORIFEO. ¿Y cómo acabaron estas disputas reales?
REY. La diosa de Argos transformó la mujer en ternera.
CORIFEO. ¿Y Zeus no se acercó todavía a
la ternera cornuda?
REY. Así dicen, bajo forma de un toro semental.
CORIFEO. ¿Qué hizo entonces la poderosa esposa
de Zeus? REY. Junto a la ternera puso de guardián al que
todo lo ve.
CORIFEO. ¿Qué omnividente boyero de una sola ternera
quieres decir?
REY. Argos, hijo de la Tierra, que fue muerto por Hermes.
CORIFEO. ¿Qué otra cosa inventó, pues, contra
la infeliz ternera?
REY. Un insecto que persigue y aguijonea los bueyes.
CORIFEO. Las gentes cercanas al Nilo lo llaman tábano.
REY. Así pues, la arroja de esta tierra en una larga carrera.
Corifeo. También en esto has hablado en todo de acuerdo
con migo.
REY. Y por fin llegó ella a Canobo y a Menfis.
CORIFEO. Y allí Zeus la toca con la mano y hace nacer
una estirpe.
REY. ¿Qué becerro, hijo de Zeus, se gloria de la
ternera?
CORIFEO. Épafo, cuyo nombre verídico recuerda la
liberación de Io.
REY. Y de Épafo, ¿quién desciende?
CORIFEO. Libia, que recoge fruto de la parte mayor de la Tierra.
REY. ¿Y qué otro vástago dices que ha nacido
de ella?
CORIFEO. Belo, que tuvo dos hijos y fue padre de este mi padre.
REY. Dime ahora el nombre de este hombre sabio.
CORIFEO. Dánao, y tiene un hermano, padre de cincuenta
hijos.
REY. Dime también su nombre con palabras altruistas.
CORIFEO. Egipto. Y ahora que conoces mi antiguo linaje, trata
como argivo al grupo que tienes delante.
REY. Parecéis, en efecto, tener parte desde antiguo en
nuestra tierra. Pero ¿cómo habéis osado a
dejar las mansiones paternas? ¿Qué destino ha caído
sobre vosotras?
CORIFEO. Rey de los pelasgos, los males humanos son cambiantes:
no podría ser jamás igual el ala del infortunio.
Pues ¿quién habría pensado que esta huida
inesperada llevaría al puerto de Argos a un pariente indígena
desde antiguo, y lo conduciría espantado por el odio del
tálamo nupcial?
REY. ¿Qué vienes a pedir de estos dioses agonales
con estos ramos recién cortados, adornados de blanco?
CORIFEO. Que no sea esclava de la raza de Épafo.
REY. ¿A causa del odio, o hablas de algo injusto?
CORIFEO. ¿Quién apreciaría a los señores
que ha de comprar?
REY. Así se aumenta para los mortales su fuerza.
CORIFEO. Y también un remedio fácil para los malaventurados.
REY. ¿Cómo puedo yo, pues, testimoniaros mi piedad?
CORIFEO. No devolviéndome a los hijos de Egipto si me
reclaman.
REY. Grave es lo que dices: es provocar una guerra.
CORIFEO. Pero la justicia es aliada de los que luchan con ella.
REY. Si desde los inicios estaba de vuestro lado.
CORIFEO. Respeta la pompa de la ciudad adornada con estas ofrendas.
REY. Me estremezco al ver estos altares sombreados por estos
ramos.
CORIFEO. Terrible es también la ira de Zeus Suplicante.
CORO. Hijo de Palecton, rey de los pelasgos, óyeme con
corazón benévolo. Mira a esta suplicante, una errática
fugitiva, como una ternera que perseguida por el lobo trepa a
las rocas es carpadas, y allí, segura de defenderse,
muge contando al boyero sus cuitas.
REY Veo, a la sombra de ramos recién cortados, un grupo
nuevo delante de los dioses de la ciudad. Que la causa de
estos ciudadanos extranjeros no traiga ningún mal ni, de
improviso, surja para la ciudad una disputa inesperada, porque
Argos no la necesita.
CORO. Que Temis Suplicante, hija de Zeus, que reparte los destinos,
mire este destierro para que no sea pesado. Y tú, a pesar
de tu edad y sabiduría, aprende de uno más joven:
respetando al suplicante prosperarás. Pues los dioses
reciben de buen grado las ofrendas que proceden de un hombre puro.
REY Vosotras no suplicáis sentadas en mi morada. Si es
la ciudad en común que está manchada, que todo el
pueblo se ocupe en conseguir remedios. Yo, por mi parte, no podría
hacerte promesas antes de haber comunicado estas cosas a
todos los ciudadanos.
CORO. Tú eres la ciudad, tú el pueblo. Soberano
irresponsable, tú eres el dueño del altar, hogar
del país. Los únicos sufragios son los movimientos
de tu cabeza, el único cetro, el que tienes en tu mano.
Tú todo lo decides, guárdate de un sacrilegio.
REY. El sacrilegio sea para mis enemigos. Pero yo no puedo ir
en vuestra ayuda sin daño. Sin embargo, es desagradable
despreciar vuestras súplicas. No sé qué
conducta seguir; tengo , miedo de obrar, de no obrar y de tentar
el Destino.
CORO. Dirige tu mirada hacia el que vigila desde lo alto, guardián
de los mortales desgraciados que, suplicando a sus prójimos,
no obtienen la justicia de la ley. La cólera de Zeus Suplicante
aguarda a los que son inconmovibles a los lamentos del que padece.
REY Si los hijos de Egipto tienen poder sobre ti, por la ley
de tu ciudad, alegando que son los más próximos
parientes, ¿quién querría oponerse a ellos?
Es preciso defender que según las leyes de tu país
no tienen ningún poder sobre ti.
CORO. Que no esté yo nunca sometida al yugo de los hombres.
Bajo los astros me aplico un remedio contra unos casamientos odiosos:
la huida. Toma la Justicia por aliada y juzga según el
respeto debido a los dioses.
REY. No es fácil la decisión; no me escojas por
juez. Antes te lo dije: sin el pueblo no obraría así
por potestad que tenga. Que nunca pueda decirme el pueblo, si
alguna vez ocurre algún mal: «Por honrar a unos extranjeros
has perdido la ciudad.»
CORO. Consanguíneo de las dos partes, contempla este debate
Zeus imparcial, él que, con razón, asigna la injusticia
a los malos, la piedad a los que observan las leyes. Si todo se
pesa con equidad, ¿por qué te duele hacer lo justo?
REY. Es necesario un profundo pensamiento salvador, un ojo penetrante
y no turbado por el vino que descienda al abismo, como un buzo,
para que el asunto no atraiga, en primer lugar, tribulaciones
para la ciudad, y para uno mismo acabe feliz mente. Es decir,
que no se apodere de Argos una lucha de represalias, y que yo
entregándoos así postradas ante los altares de los
dioses, no consiga de compañero al dios de la ruina, al
pesado vengador que ni en el Hades libera al difunto. ¿No
te parece, pues, que es necesario un pensamiento salvador?
CORO. Piensa, pues, y sé para nosotras, como es de justicia,
un patrono piadoso. No traiciones a la fugitiva que un exilio
impío ha arrojado de un país lejano.
No quieras verme arrancada de este santuario consagrado atantos
dioses, oh tú, dueño absoluto de este país;
reconoce la insolencia de los varones y guárdate de la
ira que conoces.
No consientas ver a la suplicante, a despecho de la justicia,
arrastrada lejos de las imágenes de los dioses, como un
caballo, por las cintas, y unas manos coger mis velos de espeso
tejido.
Porque, has de saber que, obres como obres, tus hijos y tu casa
deberán pagar un día a Ares la estricta justicia.
Reflexiónalo: el poder de Zeus es el de la justicia.
REY. He reflexionado. Aquí encalla mi nave. O contra unos
o contra otros es completa necesidad provocar una dura guerra,
y el casco de la nave está clavado en el escollo como si
lo hubieran levantado con ayuda de cabrestantes navales.
Sin dolor no hay desenlace posible. Saqueadas las riquezas de
una casa, se pueden adquirir otras de más valor que las
perdidas y volver a completar la carga por voluntad de Zeus, protector
de los bienes; una lengua ha lanzado flechas inoportunas que remueven
dolorosamente el corazón: una palabra puede ser el bálsamo
de otra. Pero para impedir que se vierta de sangre humana es necesario
hacer sacrificios e inmolar muchas víctimas a muchos
dioses, remedio contra la desgracia. O yo me equivoco mucho sobre
esta disputa. Pero prefiero ser patán que profeta de desgracias.
Que todo acabe bien contra mi opinión.
CORIFEO. Escucha el fin de tantas palabras suplicantes.
REY Escucho, habla; no se me escapará.
CORIFEO. Tengo lazos y cinturones para sostener mis vestidos.
REY. Sin duda son objetos apropiados a la indumentaria femenina.
CORIFEO. Pues sabe que de ellos espero un hermoso recurso.
REY. Explícame qué significan estas palabras tuyas.
CORIFEO. Si no ofreces a esta gente una promesa...
REY ¿Qué vas a realizar con ayuda de los ceñidores?
CORIFEO. Adornar estas imágenes con ofrendas insólitas.
REY Estas palabras son enigmáticas; habla claramente.
s
CORIFEO. Colgarnos lo más rápidamente posible de
estos dioses.
REY. He oído una palabra que me flagela el corazón.
CORIFEO. Has comprendido; te he abierto los ojos.
REY Sí, por todas partes obstáculos invencibles.
Una multitud de , males como un río, avanza sobre mí:
me he sumergido en este mar de ruina, sin fondo, infranqueable,
y en ninguna parte hay un puerto para estos males. Porque, si
yo no llevo a cabo vuestra petición, no puedo alcanzar
con mi arco la mancha que evocas. Y si, por otra parte, contra
tus parientes, los hijos de Egipto, de pie delante de las murallas,
llego a la decisión de un combate, ¿no es una pérdida
cruel que unos hombres, a causa de las mujeres, ensangrenten la
llanura? Sin embargo, me urge respetar la ira de Zeus Suplicante:
entre los mortales,' es el temor supremo. Así pues, tú,
anciano, padre de estas vírgenes, toma al instante estos
ramos en tus brazos y colócalos sobre otros altares
de nuestros dioses patrios, para que todos los ciudadanos vean
esta señal de tu súplica y no profieran alguna
palabra contra mí: porque el pueblo gusta de criticar a
los que gobiernan. Y quizás al ver estas cosas surja la
compasión: el pueblo odiará la insolencia del conjunto
masculino y estará mejor dispuesto para con vosotros.
Porque todo el mundo se inclina benevolamente los débiles.
DÁNAO. Es para nosotros un bien muy grande haber encontrado
un patrón que respeta al suplicante. Pero hazme acompañar
de guardias y guías indígenas para que me ayuden
a encontrar los altares colocados delante de los templos de los
dioses de la ciudad y sus moradas hospitalarias, y podamos avanzar
con seguridad a través de la ciudad. La naturaleza nos
ha dado rasgos diferentes: el Nilo y el Inaco no alimentan razas
semejantes. Vigila que la osadía no provoque temor:
más de uno ha muerto a un amigo por ignorancia.
REY. Id, guardianes; el extranjero tiene razón. Guiadlo
a los altares de la ciudad, morada de nuestros dioses. Y
a los que encontréis, decidles, sin extenderos, que
conducíis a un marino, suplicante de nuestros dioses.
(Dánao se marcha en dirección a la ciudad en compañía
de unos guardias.)
CORIFEO. Has hablado a mi progenitos y puede marchar con tus
instrucciones. Pero yo, ¿qué haré? ¿En
dónde me ofreces una seguridad?
REY Deja aquí tus ramos, símbolo de tus penas.
CORIFEO. Los dejo confiando en tu brazo y en tus palabras.
REY. Ahora pasa a la parte llana del recinto sagrado.
CORIFEO. ¿Y cómo podría defenderme la parte
abierta a todos?
REY No queremos entregarte a las aves de presa.
CORIFEO. Pero ¿sí me entregas a monstruos más
odiosos que crueles serpientes?
REY A palabras favorables responde con palabras confiadas.
CORIFEO. No es de extrañar que seamos pesadas a causa
del temor del corazón.
REY. Siempre el miedo ha sido improcedente en reyes.
CORIFEO. Tú, pues, reconforta mi corazón con palabras
y obras.
REY Tu padre no te dejará sola mucho tiempo. Yo voy a
reunir a la gente del país, para disponer a tu favor la
comunidad, y enseñaré a tu padre lo que debe decir.
Quédate, pues, aquí, y en tus oraciones pide a los
dioses del país lo que deseas obtener. Yo voy a ocuparme
de todo esto. Que la Persuasión me acompañe y la
Fortuna eficaz.
(El rey sale con su tropa.)
CORO. Rey de reyes, bienaventurado entre los bienaventurados,
poder soberano entre los poderes, feliz Zeus, óyenos, aleja
airado de tu raza la insolencia masculina, y en el mar purpúreo
precipita la fatal negra nave.
Propicio a la causa de las mujeres, mira nuestro antiguo linaje;
renueva la gozosa leyenda de nuestra abuela que fue querida. Acuérdate,
tú que tocaste a lo. Nos honramos de ser linaje de Zeus
y de esta tierra emigramos.
Una antigua huella me lleva a los lugares en donde mi madre,
bajo la mirada del guardián, pacía las flores, en
la pradera nutridora de bueyes. De allí, lo, agitada
por el tábano, huye aturdida a través de muchos
pueblos diversos, y cruzando, por orden del destino, el estrecho
encrespado, pasa los límites de los dos continentes opuestos.
Se lanza a través de Asia, de un extremo a otro de Frigia,
criadora de corderos, pasa la ciudad misia de Teutras y los valles
de Lidia, y precipitada a través de las montañas
de Cilicia y Panfilia, alcanza los ríos inagotables, el
país de opulencia, la ilustre tierra de Afrodita, fértil
en trigo.
Pero, acosada siempre por el dardo del boyero alado, llega al
i sagrado recinto de Zeus, rico en frutos de todas clases, el
prado alimentado por las nieves y asaltado por el furor de Tifón,
y a las aguas intactas del Nilo, enloquecida por los ignominiosos
trabajos y los dolores causados por el aguijón de Hera.
Los mortales que vivían entonces en esta región
palidecieron de espanto y sus corazones palpitaron delante de
un espectáculo inusitado, al ver una bestia repulsiva,
mezclada de ser humano, en parte ternera, en parte mujer,
y quedaron atónitos ante el prodigio.
Pero entonces, ¿quién fue el que curó a
la errante y miserable lo, aguijoneada por el tábano?
El que gobierna por tiempo infinito, Zeus la libró de
sus males con su fuerza salutífera y su soplo divino, y
ella destila el doloroso pudor de las lágrimas. Pero
el germen recibido de Zeus, según un relato verídico,
dio a luz a un hijo irreprochable.
Un hijo feliz por mucho tiempo. De donde toda la tierra pregona.
«Un hijo, fuente de vida, es en verdad linaje de Zeus.»
Pues ¿quién habría hecho cesar un delirio
querido por Hera? Obra es de Zeus. Y quien dice que esta raza
es hija de Épafo, lo acierta.
¿A qué dios podría invocar con más
razón por sus justas acciones? Él es nuestro
padre, que con su propia mano nos ha plantado, soberano, antiguo
en sabiduría, gran artífice de nuestra raza, remedio
universal, dios de los vientos propicios, Zeus.
No sometido al dominio de nadie, dirige lo más débil
siendo el poder más grande. Nadie tiene el trono más
alto, que él adore desde abajo. Así está
su obra, su palabra ordena realizar lo que en la mente su espíritu
lleva. (Llega Dánao.)
DÁNAO. Tened confianza, hijas; todo va bien en la ciudad.
El pueblo ha votado un decreto decisivo.
CORIFEO. ¡Salve, oh anciano que anuncias noticias tan buenas!
Pero cuéntanos hacia dónde se ha confirmado la decisión,
de qué manera ha prevalecido la poderosa mano del pueblo.
DÁNAO. Los argivos han votado no de una manera dudosa,
sino para rejuvenecer mi viejo corazón. Porque el éter
se ha erizado de las manos levantadas de todo el pueblo que
ha sancionado estas palabras: «Nosotros tendremos la residencia
en este país, libres, sin rescate y con derecho de asilo
contra todo mortal; nadie, ni habitante ni bárbaro, podrá
llevársenos; y si alguien acude a la fuerza, el terrateniente
que no nos ayude será privado de sus derechos de ciudadano
y desterrada por sentencia del pueblo.» Tal es la resolución
que les ha animado, en defensa nuestra, el rey de los pelasgos,
invitando a la ciudad a no hacer crecer en el futuro la terrible
ira de Zeus, y evocando la doble mancha, nacional y extranjera,
que aparecería contra la ciudad, monstruo indomable, alimentado
de dolor. Al escuchar estas palabras, las manos del pueblo de
Argos, sin esperar al mensajero, han decretado estas cosas. El
pueblo pelásgico ha escuchado las razones persuasivas de
una arenga, pero Zeus ha llevado a cabo la decisión.
CORIFEO. ¡Ea! Invoquemos sobre los argivos bendiciones
como premio a sus beneficios. Y Zeus Hospitalario se digne dar
en verdad a los honores de una boca bárbara un cumplimiento
del todo irreprochable.
CORO. Ahora que los dioses, hijos de Zeus, nos escuchen mientras
derramamos votos sobre esta raza. Que nunca prenda fuego a la
tierra pelásgica el ardiente Ares, que detiene con sus
gritos las danzas y siega los hombres en campos ajenos.
Pues han tenido piedad de nosotras, han dado un voto favorable,
respetando los suplicantes de Zeus en este rebaño no envidiable.
No han votado con los hombres, despreciando la causa de las mujeres;
han puesto los ojos en el vengador de Zeus, vigilante, incombatible,
el cual ¿qué casa tendré sobre el tejado
manchándolo? Pesado se posa encima de ella.
Honran su misma sangre en estos suplicantes de Zeus santo; por
ello con altares puros agradarán a los dioses.
Que a la sombra de estos ramos vuele, pues, de nuestra boca una
súplica deseosa de su gloria. Que nunca la peste vacíe
de hombres la ciudad, ni el bárbaro tiña de sangre
de cuerpos indígenas la llanura de su tierra.
Que la flor de la juventud no sea segada, ni que el amante de
Afrodita, Ares, azote de los humanos, la tronche en capullo.
Que resplandezcan llenos de ofrendas los altares cabe los cuales
se reúnen los ancianos, así la ciudad prospere en
el respeto a Zeus poderoso, hospitalario en grado sumo, que con
ancestral ley rige el destino.
Os pedimos que nuevos nacimientos sin cesar proporcionen protectores
al país, y que Artemis Hecate vigile el alumbramiento
de las mujeres.
Que ningún azote mortífero venga sobre esta ciudad
destrozándola, armando a Ares, enemigo de danzas y
cítaras, engendrador de lágrimas, y suscite los
clamores de la guerra civil.
Que el enjambre doloroso de las enfermedades se coloque lejos
de la cabeza de los ciudadanos, y Apolo Liceo sea propicio
a todos sus niños.
Haga Zeus que la tierra tributé su fruto en abundancia
de todo el año, que las ovejas que pacen sus campos sean
fecundas, y que todo florezca bajo el favor de los dioses.
Que sobre los altares los rapsodas pongan un canto de buena suerte,
y que de labios puros salga la voz amante de la cítara.
Que guarde impertérrito sus honores el Consejo soberano
de la ciudad, poder previsor que atiende al bien común.
Y a los bárbaros, antes de amar a Ares, premien, sin dolores,
satisfacciones reguladas por tratados. Y a los dioses protectores
del país siempre den, coronados de laureles, los honores
de las hecatombes ancestrales; pues el respeto a los padres es
la tercera ley escrita en el libro de la Justicia, divinidad supremamente
venerable.
(Dánao sube al altozano y desde allí observa el
mar. Después se gira hacia sus hijas.)
DÁNAO. Alabo estas peticiones sensatas, hijas; pero vosotras
no os turbéis al oír de vuestro padre una nueva
inesperada. Desde esta atalaya asilo de suplicantes, diviso la
nave. Es fácil de distinguir: no se me oculta ni el aparejo
de las velas, ni las empavesadas, ni la proa que con sus ojos
mira el camino a seguir, obediente al timón que la dirige
desde la popa, demasiado obediente para aquellos a los que
no es amiga. Es posible ver a los marinos con sus miembros
negros que salen de las túnicas blancas, y son bien visibles
las otras naves y toda la tropa auxiliar. La nave capitana, junto
a la costa, ha amainado y rema poderosamente. Pero hay que mirar
hacia el horizonte con calma y prudencia y no descuidar estos
dioses. Yo, habiendo tomado defensores y abogados, volveré.
Quizá venga un mensajero o una embajada queriendo llevaros
y cogeros por derecho de rescate. Pero nada de esto acontecerá;
no les temáis. Sin embargo, es mejor, por si nos demoramos
en el auxilio, que no olvidéis en ningún momento
este asilo. ¡Ánimo! Con el tiempo, en el día
fijado, todo mortal que desprecia a los dioses recibirá
su castigo.
CORIFEO. Padre, estoy asustado; las naves ¡cuán
veloces se aproximan! No hay en medio ningún plazo largo
de tiempo.
CORO. Un miedo terrible se apodera de mí; ciertamente,
¿de qué me ha servido la huida por tantos caminos?
Padre, estoy muerta de espanto.
DÁNAO. Puesto que el voto de los argivos es irrevocable,
hija, ten confianza. Ellos combatirán por ti, lo sé
bien.
CORIFEO. Es una maldición la voraz estirpe de Egipto,
insaciable de combates, y hablo al que lo sabe.
CORO. Han logrado en su odio surcar el mar en naves bien en
sambladas de rostro sombrío, con un numeroso ejército
negro.
DÁNAO. Más numerosos son los que aquí encontrarán,
con brazos bien curtidos al sol del mediodía.
CORIFEO. No me dejes sola, padre, te lo pido; una mujer sola,
nada es. Ares no habita en ella .
CORO. Llenos de pensamientos criminales de pérfidos designios,
con impuros corazones, ellos, como cuervos, no se preocupan de
los altares.
DÁNAO. Sería para nosotros muy conveniente, hija,
si se hicieran odiosos de ti y de los dioses .
CORIFEO. Pero no será por temor de estos tridentes y de
la majestad de los dioses que retirarán las manos
de nosotras, padre.
CORO. Orgullosos sin límite, devoradores con audacia impía,
perros sin vergüenza, están sordos a la voz de los
dioses.
DÁNAO. Pero hay un proverbio: los lobos son más
fuertes que los perros; y el fruto del papiro no gobierna a la
espiga.
CORIFEO. Como tienen también instintos de fieras lujuriosas
y salvajes, hay que guardarse de caer en su poder.
DÁNAO. No es tan veloz el apresto de un ejército
naval ni el amarre: hay que conducir a tierra los cables salvadores
e incluso una vez echada el áncora los jefes de flota
no se muestran confiados en seguida, máxime cuando llegan
a un país sin puerto, a la hora en que el sol declina hacia
la noche: la noche acostumbra ser causa de angustia para el piloto
juicioso. Así, el desembarco de un ejército no podría
realizarse bien, si la nave no se asegura antes con el anclaje.
Pero tú piensa que por el miedo no te olvides de los dioses.
Yo me apresuraré en volver habiendo conseguido ayuda. La
ciudad no se lamentará del mensajero: es ya anciano, pero
joven de espíritu y bien hablado.
(Dánao se marcha en dirección a la ciudad)
CORO. ¡Oh, tierra montañosa, justa veneración
nuestra! ¿Qué será de nosotras? ¿Adónde
huiremos en este país de Apis, si es que hay en algún
lugar un escondrijo sombrío? ¡Ojalá me transformara
en un negro humo vecino de las negras nubes de Zeus y desapareciendo
del todo, como polvo en vuelo sin alas, muriese!
Mi alma no deja de estremecerse y mi corazón, ennegrecido,
palpita. Los barruntos de mi padre me han impresionado y estoy
muerta de miedo. Quisiera hallar el destino en un lazo colgada,
antes de que un hombre maldito tocara mi piel. ¡Que muera,
mejor, con Hades por señor!
¿En qué lugar del éter podría tener
un asiento, allí donde la humedad de las nubes se cambia
en nieve? ¿O una roca desnuda, abandonada de cabras,
inaccesible, solitaria, colgada en el vacío, nido de buitres,
que me asegura una caída profunda, antes que sufrir, contra
mi corazón, unas bodas desgarradoras?
Entonces, no lo niego, sería presa de los perros, festín
de las aves del lugar. Pues morir libera de males miserables;
venga el destino antes que el tálamo nupcial. ¿Qué
otra senda fugitiva puedo trazar, para escapar del matrimonio?
Eleva tu voz aguda hasta el cielo invocando a los dioses y a
las diosas. Pero ¿cómo se cumplirán estas
súplicas? Echa sobre nosotras, padre, una mirada liberadora,
combativo, mira la violencia con ojos no amigos, como es justo.
Respeta a tus suplicantes, señor de la tierra, todopoderoso
Zeus.
Pues la raza de Egipto, insolencia intolerable, acosándonos
en carrera varonil, con clamores injuriosos, anhela coger violentamente
a esta fugitiva. Pero sólo tú tienes el astil de
la balanza. ¿Qué pueden los mortales llevar a cabo
sin ti?
(Ven a lo lejos una tropa egipcia y aumenta su desasosiego.)
¡Oh, oh, oh, ah, ah, ah! He aquí a nuestro raptor
que sale de la nave, que llega a tierra. Ojalá perezcas
antes, raptor.
Pronuncio un grito de angustia. Veo el preludio de los violentos
trabajos que me aguardan. ¡Ah, ah! Huye hacia el refugio.
El terror triunfa insoportable, en tierra en mar. Señor
del país, protégenos.
(Corren hacia los altares. Llega un mensajero egipcio con tropa
armada.)
MENSAJERO. Rápido, rápido, hacia la galeota, con
toda la celeridad de vuestras piernas. Si no, si no, habrá
cabellos arrancados, arrancados, y marcas con hierro candente,
y cabezas cortadas en un sangriento degüello. Rápido,
rápido, a la nave.
CORO. Ojalá en medio del curso impetuoso de la ruta marina
hubieras perecido con la insolencia de tus amos y la nave de fuertes
clavijas.
MENSAJERO. Sangrante te hago ir al barco si no te vas veloz de
aquí. Yo te aconsejo: cede a la fuerza, renuncia a la obstinación,
a la ofuscación. ¡Eh, eh! Levántate del asiento
y rápido ves a bordo. No respeto al que está sin
ciudad.
CORO. Que nunca más vuelva a ver las que hacen crecer
y fluir en los mortales la sangre que da la vida.
MENSAJERO. De allí soy yo, de noble cuna, de rancia nobleza.
Pero tú irás al barco, al barco, veloz. Quieras
o no quieras. Por la fuerza, por la fuerza, adelante contigo.
Ahora arriba, que no sufrirás nada malo si mueres por nuestras
manos.
CORO. ¡Ay, ay! ¡Ay, ay! Así perecieras violentamente
en el sagrado recinto marino, errante, a merced de los celestes
vientos, alrededor del promontorio arenoso de Sarpedón.
MENSAJERO. Grita, vocifera, calma a los dioses; tú no
saltarás la borda de la nave egipcia, por más que
des salida muy amargamente a tus lamentos.
CORO. ¡Ay ay! Que salvajemente ladrando al país
como un perro, alardeas lleno de vanagloria. Que el gran Nilo
que ve tu insolencia aparte tu inaudita soberbia.
MENSAJERO. Te ordeno ir lo más velozmente posible hacia
la galeota de buenos flancos. Que nadie se demore. El arrastramiento
no respeta los rizos.
CORO. ¡Ay, ay!, padre, el refugio del altar es una mentira.
Me arrastra al mar como una araña, paso a paso, un espectro,
un espectro negro. ¡Otototoi! madre Tierra, madre Tierra,
aparta el grito terrible. ¡Oh padre, hijo de la Tierra,
Zeus!
MENSAJERO. No, yo no tengo miedo de los dioses de aquí,
ellos no me han criado ni han alimentado mi vejez.
CORO. Hacia mí salta la serpiente bípeda. Como
una víbora me amenaza. Lo que me libra de ella, ¿me
librará de su mordedura?
¡Otototoi! madre Tierra, madre Tierra, aparta el grito
terrible. ¡Oh, padre, hijo de la Tierra, Zeus!
MENSAJERO. Si no vienes a la nave siguiendo mi mandato, el desgarramiento
no compadecerá el trabajo de tu túnica.
CORO. Estamos perdidas. Señor, sufrimos tratos impíos.
MENSAJERO. Pronto veréis a muchos señores, los
hijos de Egipto. Confiad, no hallaréis la anarquía.
CORO. ¡Ah, jefes, gobernantes de este país, soy
sometida a la fuerza!
MENSAJERO. Parece que os habré de arrancar de aquí,
arrastrar por los cabellos, ya que no escucháis con atención
a mis palabras.
(En el momento que los soldados se disponen a arrastrar a las
suplicantes, aparece el rey del país con sus tropas.)
REY. ¡Eh! Tú, ¿qué haces? ¿Con
qué osadía ultrajas esta tierra de los pelasgos?
¿O crees haber llegado a una ciudad de mujeres?
Por ser bárbaro eres demasiado osado para con los helenos.
Habiendo errado mucho nada acertaste con inteligencia.
MENSAJERO. ¿Qué falta he cometido contra la justicia?
REY En primer lugar, no sabes ser extranjero.
MENSAJERO. ¿Cómo no? ¿Encontrando lo que
había perdido?
REY ¿A qué patronos del país te has dirigido?
MENSAJERO. Al más grande de los patronos, a Hermes, dios
de los que buscan.
REY Dirigiéndote a los dioses no tienes ningún
respeto por ellos.
MENSAJERO. Yo venero a las divinidades del Nilo. REY Y las de
aquí nada son, según cuentas.
MENSAJERO. Me llevaré a estas mujeres, si alguien no me
las arrebata.
REY. Llorarás, si las tocas, y no tardarás mucho
tiempo.
MENSAJERO. Oigo unas palabras en nada hospitalarias.
REY No considero por huéspedes a los que despojan a los
dioses.
MENSAJERO. Iré a contarlo a los hijos de Egipto.
REY. Esto no va a atemorizar mi corazón.
MENSAJERO. Pero, para saber y comunicar más claramente
las cosas -pues conviene que un mensajero lo anuncie con exactitud
todo-, ¿cómo me expresaré? ¿Quién
diré, al llegar, que me ha quitado el grupo de primas?
Estos pleitos no los juzga Ares sirviéndose de testimonios:
una disputa la ha resuelto por un ajuste con dinero; antes
hay muchas pérdidas humanas, muchas vidas segadas.
REY. ¿Por qué debo decirte cómo me llamo?
Con el tiempo lo sabrás tú y tus compañeros.
En cuanto a estas mujeres, con su beneplácito podrás
llevártelas, si las convence una piadosa razón.
Un voto unánime del pueblo argivo lo ha decidido sin apelación:
nunca entregaré por la violencia a un grupo de mujeres.
El clavo está claramente sujeto de parte a parte, de suerte
que permanecerá inquebrantable. No se trata de palabras
conservadas en tablillas, ni selladas en los pliegues de un papiro:
oyes con claridad el lenguaje de una boca libre. Y ahora desaparece
lo más rápidamente posible de mi vista.
MENSAJERO. Sabe que desde ahora provocas una guerra incierta.
¡Que sean la victoria y el poder para los varones!
REY. De hombres también encontrarás en este país
y que no beben vino de cebada.
(El mensajero se retira. El rey se dirige al coro.)
Y vosotras todas, con vuestras sirvientas, tened confianza y
entrad en nuestra bien cercada ciudad, protegida por el elevado
aparejo de sus torres. De casas hay allí muchas propiedad
del pueblo -yo mismo me la he construido con mano generosa-
en donde hay estancias dispuestas para alojaros con otros muchos;
pero si os place más, podéis habitar en casas para
vosotras solas. Sois libres de escoger lo que os sea más
ventajoso y placentero. Yo soy vuestro protector y todos los ciudadanos,
cuya decisión se cumple ya. ¿Aguardas acaso patrones
más soberanos que éstos?
CORIFEO. Que por estos regalos seas colmado de bienes, divino
rey de los pelasgos. Benévolo, envíanos aquí
a nuestro padre, el denodado Dánao, providente y mentor.
Pues primeramente que decida él en dónde debemos
alojarnos y qué lugar es el más adecuado: todo el
mundo está pronto a lanzar reproches a los que hablan otra
lengua. Ocurra lo mejor conservando nuestra reputación
y sin palabras airadas por j parte del pueblo de esta ciudad.
(El rey se marcha.) Colocaos en vuestro sitio, queridas siervas,
en el mismo orden en que Dánao nos asignó a
cada una la criada como dote.
(Llega Dánao con hombres armados.)
DÁNAO. Hijas mías, hay que ofrecer a los argivos,
oraciones, sacrificios y libaciones, como a unos dioses del Olimpo,
porque han sido salvadores sin vacilar. Así han escuchado
el relato .j de los acontecimientos con el amor que se tiene por
los parientes y la indignación que merecen vuestros
primos. Y han asignado a mi persona esta escolta de hombres armados,
para que tenga mi privilegio de honor y para que no muera de manera
inesperada e imprevista por un golpe fatal de lanza y venga sobre
este país un peso eterno. A cambio de tales servicios,
si nuestra alma está bien gobernada, debemos honrarlos
de una manera más digna. Y ahora, junto a las numerosas
. lecciones de humildad inscritas en vosotras por vuestro padre,
escribiréis ésta: una compañía desconocida
se prueba con el tiempo; todos, en el caso de un bárbaro,
tienen una lengua pronta, y es fácil decir una palabra
que puede manchar. Así os exhorto a no avergonzarme, ya
que poseéis esta edad que atrae la mirada de los hombres.
El tierno fruto maduro es difícil de guardar: las bestias
se afanan como los hombres, ¿cómo no?, las fieras
aladas y las que pisan la tierra. Cipris proclama los cuerpos
llenos de savia, invitando al amor a coger la flor de la juventud.
Sobre la delicada belleza de las vírgenes, todo el
que pasa, vencido por el deseo, lanza el dardo encantador de sus
ojos. Procurad que no suframos tal destino, que hemos evitado
a costa de muchos trabajos y surcando con nuestra quilla una gran
extensión de mar; no consigamos una vergüenza para
nosotros mismos y un placer para mis enemigos. Alojamiento lo
tenemos doble: uno lo ofrece Pelasgo, otro la ciudad, para vivir
sin alquiler. Todo nos lo facilitan. Guarda sólo estos
consejos paternos, honrando más la honestidad que
la vida.
CORIFEO. Por lo demás, que nos sean propicios los dioses
olímpicos; pero en cuanto a mi belleza, confía,
padre. Porque, si los dioses no han decidido nada nuevo, no me
desviaré del camino que hasta ahora ha seguido mi
corazón.
(Dánao se va. Sus hijas se preparan para seguirlo.)
CORO. Venid y celebremos a los dioses bienaventurados, señores
de Argos, los que protegen la ciudad y los que habitan cabe las
corrientes del antiguo Erásino. Responded a nuestro canto,
compañeras. Reciba nuestra alabanza esta ciudad de los
pelasgos, no honremos con nuestros himnos las bocas del Nilo,
sino a los ríos que, a través del país, derraman,
prolíficos, sus aguas tranquilas y con fértiles
riegos nutren el suelo de esta tierra.
Que la casta Artemis lance sobre nuestro grupo una mirada compasiva
y que Citerea no nos imponga a la fuerza unos matrimonios. Este
premio sea para los que odio.
SIRVIENTAS. Nuestro canto piadoso no descuida a Cipris: pues
con Hera es casi tan Poderosa como Zeus. Diosa de la astucia,
es honrada por sus obras augustas. Junto a ella, asociada a su
madre, están el Deseo y la encantadora Persuasión,
a quien nada resiste. También Harmonía ha recibido
su parte en el lote de Afrodita, y el cuchicheante juego de mores.
Para las fugitivas temo de antemano grandes tempestades, crueles
dolores y guerras sangrientas. ¿Por qué han tenido
ellos una travesía favorable para las rápidas persecuciones?
Lo que está marcado por el destino, ocurrirá. No
se puede pasar más allá de la mente de Zeus, augusta,
inaccesible. Como tantas otras mujeres antes que tú, tu
destino puede ser el tálamo nupcial.
CORO. Que el gran Zeus retire de mí las bodas de la estirpe
de Egipto.
SIRVIENTAS. Con todo, esto sería lo más sensato.
CORO. Tú tratas de seducir lo inseducible.
SIRVIENTAS. Y tú desconoces el futuro.
CORO. ¿Por qué debo yo bucear en el pensamiento
de Zeus, un abismo insondable?
SIRVIENTAS. Suplica con palabra moderada.
CORO. ¿Qué justa medida me enseñas?
SIRVIENTAS. No escudriñes con excesiva curiosidad los
asuntos de los dioses.
CORO. Que el soberano Zeus me libre de un casamiento detestable,
odioso, como liberó a lo, acabando sus sufrimientos con
mano sanadora y haciéndole una saludable violencia.
Que otorgue el éxito a las mujeres: me resigno con la
parte mejor del mal y con dos tercios de la suerte; y siga al
proceso una sentencia justa, de acuerdo con mis súplicas,
por los caminos de salvación que tiene la divinidad.
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