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Portada
Quién era Esquilo?
Sus Libros
Los Siete
contra Tebas
Agamenón
Los Persas
Las Coéforas
Las Euménides
Los Suplicantes
Prometeo Encadenado
" Pido a los dioses
que me libren de este penoso trabajo, de esta guardia sin fin
que estoy haciendo en lo alto del palacio de los Atridas, todo
el año alerta como un perro, contemplando las varias constelaciones
de los astros de la noche... Siempre esperando... Llega la noche,
mas no viene con ella el reposo a mi lecho húmedo de rocío.
Jamás le visitan los sueños; en vez del sueño,
es el temor quien se sienta a mi cabecera y no me deja cerrar
los ojos al descanso. ...¡Venga por fin el dichoso instante
que me vea libre de esta fatiga! ¡Aparezca en medio de la
noche el fuego de la buena nueva!
...
Ah condición de las cosas humanas! Prósperas, una
sombra puede darles la vuelta; si viene el infortunio, una esponja
mojada, arrojada contra ellas, borra el dibujo. Es esto mucho
más que aquello, lo que me mueve a la piedad. "
PERICLES
Viendo César en Roma ciertos
forasteros ricos que se complacían en tomar y llevar en brazos
perritos y monitos pequeños, les preguntó, según parece, si las
mujeres en su tierra no parían niños; reprendiendo por este término,
de una manera verdaderamente imperatoria, a los que la inclinación
natural que hay en nosotros al amor y afecto familiar, debiéndose
a solos los hombres, la trasladan a las bestias. Puesto que nuestra
alma es por naturaleza curiosa y ávida de espectáculos, ¿no es
razonable censurar a los que abusan de este instinto, consagrándolo
a lecciones y espectáculos indignos de atención y despreocupándose,
por otra parte, de las cosas bellas y útiles?
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El historiador más prestigioso de la antigüedad
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Poeta y padre del Teatro Clásico
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PROMETEO ENCADENADO
PERSONAJES
Fuerza y Violencia, criados de Zeus
Hefesto, dios del fuego, hijo de Zeus
Prometeo, hijo de la diosa Temis
Océano, divinidad
Io, hija de Inaco
Hermes, mensajero de los dioses
Coro de Oceánides
La escena representa una región montañosa, en los
confines del mundo, cerca del mar. Llegan Fuerza y Violencia,
traen prisionero a Prometeo. Les sigue Hefesto con sus herramientas
de herrero. Se disponen a clavar al titán en una escarpada
roca.
FUERZA. Hemos alcanzado la región extrema de la tierra,
el rincón escítico, en un desierto nunca hollado.
Hefesto, a ti te concierne cumplir las órdenes que te dio
tu padre, en estas abruptas rocas sujetar a este malhechor con
grilletes irrompibles y vínculos de acero. Porque
robando tu flor, el resplandor del fuego, origen de todas las
artes, se la entregó a los hombres. Ha de pagar la pena
a los dioses por una falta como ésta, para que aprenda
a soportar la tiranía de Zeus y renunciar a sus sentimientos
humanitarios.
HEFESTO. Fuerza y Violencia, para vosotros se ha cumplido ya
el mandato de Zeus y nada os retiene ya. Pero yo no me atrevo
a atar a un dios hermano en esta sima tormentosa. Sin embargo,
es incontestablemente necesario tener coraje para ello:
es cosa grave no cumplir las palabras de un padre. (A Prometeo.)
De Temis, la consejera, hijo de elevados pensamientos, contra
tu voluntad y la mía voy a clavarte con indisolubles lazos
de bronce a esta roca inhóspita, en donde no verás
ni la voz ni la figura de un mortal, sino que quemado por la resplandeciente
llama del sol, cambiarás la flor de tu piel; con alegría
para ti, la noche con su manto estrellado ocultará la luz
y el sol disipará de nuevo la escarcha del alba; pero siempre
te abrumará la carga del mal presente, pues todavía
no ha nacido tu libertador. Esto has ganado con tus sentimientos
humanitarios. Tú, un dios que no te acoquinas ante
la cólera de los dioses, has otorgado, más allá
de lo justo, unos honores a los mortales; por esto montarás
en esta roca una guardia ingrata, de pie, sin dormir ni doblar
la rodilla. Lanzarás muchos' lamentos y gemidos inútiles,
pues el corazón de Zeus es inflexible. Un nuevo señor
siempre es duro.
FUERzA. Vamos, ¿por qué te demoras y te apiadas
en vano? ¿Por' qué no aborreces al dios más
odioso de los dioses, que ha, entregado a los mortales tu privilegio?
HEFESTO. El parentesco es muy fuerte, y la amistad.
FUERZA. Lo concedo. Pero desobedecer las palabras de un padre
¿cómo es posible? ¿No temes esto más?
HEFESTO. Tú siempre eres cruel y lleno de audacia.
FUERZA. Ningún remedio proporcionará el llorar
por ése; no t3 canses en un trabajo inútil.
HEFESTO. ¡Oh oficio muy odiado por mí!
FuERzA. ¿Por qué lo odias? De los males presentes,
ciertamente no tiene culpa alguna tu oficio .
HEFESTO. Sin embargo, ojalá hubiera tocado a otro.
FUERZA. Todo es enojoso, salvo mandar sobre los dioses; porque
nadie es libre excepto Zeus .
HEFESTO. Lo sé, y nada puedo responder a esto.
FUERZA. ¿No te apresuras, pues, en rodearle de cadenas,
para que el padre no te vea remiso ?
HEFESTO. Pueden verse ya en sus manos las manillas.
FUERZA. Cíñeselas a los brazos y con toda tu fuerza
golpea con el martillo y clávalo en las rocas.
HEFESTO. El trabajo ya se termina y no en vano.
FUERZA. Golpea más, aprieta, nada dejes flojo; pues es
capaz de encontrar alguna salida, incluso de lo impracticable.
HEFESTO. Este codo, al menos, está fijo y es difícil
que le suelte.
FUERZA. Ahora clávale en medio del pecho, bien fuerte,
la dura mandíbula de una cuña de acero.
HEFESTO. ¡Ay, ay, Prometeo, gimo por tus penas!
FUERZA. ¿Vacilas y lloras por los enemigos de Zeus? Vigila
no sea que un día te compadezcas a ti mismo.
HEFESTO. Ves un espectáculo horrible de ver.
FUERZA. Veo que ése tiene lo que merece. Mas échale
a los costados las bridas.
HEFESTO. Es mi obligación hacerlo, no me lo mandes con
tanta insistencia.
FUERZA. Pues te ordenaré y además te azuzaré.
Baja y sujeta sólidamente con anillas sus piernas.
HEFESTO. El trabajo está hecho y sin gran esfuerzo.
FUERZA. Con vigor hunde estas trabas en la carne; pues es severo
el que juzgará tu obra.
HEFESTO. Tu lenguaje responde a tu figura.
FUERZA. Ablándate; pero no me reproches mi obstinación
y la aspereza de mi carácter.
HEFESTO. Vámonos; tiene una red en torno a sus miembros.
FUERZA. Ahora sé, allá, insolente y despojando
a los dioses de sus privilegios, dáselos a los efímeros.
¿Qué alivio son capaces los mortales de llevar a
tus penas? Con falso nombre los dioses te llaman Prometeo, pues
tú mismo necesitas un previsor para saber de qué
manera te librarás de tal artificio.
(Hefesto con Fuerza y Violencia salen.)
PROMETEO. ¡Oh éter divino, y vientos de alas rápidas,
y fuentes de los ríos, y sonrisa innumerable de las olas
marinas, y Tierra madre universal, y círculo omnividente
del Sol; yo os invoco: ved lo que, siendo dios, sufro de los dioses!
Mirad con qué ultrajes desgarrado he de padecer durante
un tiempo infinito de años. Tal es la cadena infame que
contra mí ha inventado el joven caudillo de los Felices.
¡Ay, ay! Por el sufrimiento, presente y futuro gimo, sin
saber cuándo surgirá el fin de estos males.
Pero ¿qué digo? Todo lo que ha de acontecer lo
sé bien de antemano y ninguna desgracia imprevista vendrá
de nuevo sobre mí. Pero es preciso soportar lo más
ligeramente posible la suerte decretada, sabiendo que no hay lucha
contra la fuerza de la Necesidad .
Con todo, me es igual de imposible callar o no callar esta desgracia.
Porque habiendo proporcionado una dádiva a los mortales
estoy uncido al yugo de la necesidad, desdichado. En el tallo
de una caña me llevé la caza, el manantial del fuego
robado, que es para los mortales maestro de todas artes y gran
recurso. De este pecado pago ahora la pena, clavado con cadenas
bajo el éter.
¡Ah, ah! ¿Qué ruido, qué aroma invisible
ha volado hasta mí? ¿Vienes de un dios, de un mortal
o de un semidiós? ¿Ha llegado a este peñasco,
en los límites del mundo para contemplar mis penas, o qué
quiere? Mirad encadenado a este dios desgraciado Odiado de
Zeus, me he enemistado con todos los dioses que frecuentan la
corte de Zeus por mi gran amor hacía los hombres. ¡Ay,
ay! ¿Qué movimiento de alas escucho cerca de aquí?
El aire susurra con ese ligero batir de alas. Todo lo que se aproxima
me produce pavor.
(Llega el coro de las Oceánides en un carro alado que
se coloca sobre un roquero cercano al que está clavado
Prometeo.)
CORO. Nada temas. Amiga es esta tropa que en rápida carrera
de alas se ha acercado a este peñasco, consiguiendo persuadir
a duras penas el corazón paterno. Veloces las brisas me
trajeron.
Pues el eco de los golpes de hierro penetró hasta el fondo
de mis cavernas y arrojó de mí el tímido
pudor; descalza me lancé en mi carro alado.
PROMETEO. ¡Ay, ay! ¡Ay, ay! Prole de la fecunda Tetis,
hijas del padre Océano, que con su curso insomne gira en
torno a toda tierra, mirad, contemplad con qué cadenas
clavado en la cima rocosa de este precipicio monto una guardia
no envidiable.
CORO. Veo, Prometeo; y una tímida niebla llena de lágrimas
a mis ojos, cuando contemplo sobre esa roca tu cuerpo que se consume
en la ignominia de estos grilletes de acero. Porque nuevos pilotos
gobiernan el Olimpo y Zeus, con nuevas leyes, reina arbitrariamente
y aniquila ahora los colosos de antes.
PROMETEO. ¡Si al menos me hubiera precipitado bajo tierra,
más allá del Hades hospitalario a los muertos, hasta
el Tártaro infranqueable, echándome ferozmente en
cadenas insolubles, de suerte que ni un dios ni nadie se regocijará
de ello! Pero ahora juguete de los vientos, miserable, sufro para
escarnio de mis enemigos.
CORO. ¿Cuál de los dioses tiene un corazón
tan duro que haga burla de esto? ¿Quién no comparte
tus pesares, excepto Zeus? Éste, siempre en su ira, de
un alma inflexible, somete la raza celeste, y no cesará
hasta que se haya saciado su corazón, o que alguien con
alguna artimaña conquiste el mando tan difícil de
conquistar.
PROMETEO. Ciertamente, aunque ultrajado en estos brutales grilletes
de mis miembros, todavía tendrá necesidad de mí
el príncipe de los Felices para enseñarle el nuevo
designio que le despojará de su cetro y honores. Y no me
ablandará con melifluos sortilegios de la persuasión,
ni nunca yo, acoquinado con sus duras amenazas, revelaré
este secreto, antes de que me libre de fieras cadenas y consienta
en pagar la pena de este ultraje.
CORO. Tú eres osado y en vez de ceder por estos amargos
sufrimientos, hablas con demasiada libertad. Un temor penetrante
altera mi corazón y me estremezco por la suerte que te
espera: dónde debes abordar para contemplar el fin de estos
sufrimientos. Pues el hijo de Crono tiene un carácter
inaccesible y un corazón inflexible.
PROMETEO. Sé que es severo y que tiene en su poder la
justicia; sin embargo, creo que un día será de blando
corazón cuando sea sacudido de este modo. Entonces aplacando
esta rígida cólera, vendrá presuroso a concertar
conmigo alianza y amistad.
CORIFEO. Descríbelo todo y explícanos en qué
culpa te ha sorprendido Zeus para ultrajarte de una manera
tan infame y cruel. Infórmanos, si no te perjudica el relato.
PROMETEO. Me duele hablar de estas cosas, pero no decir nada
es también un dolor; de todos modos, infortunios. Así
que los dioses empezaron a enfadarse y se produjo entre ellos
la discordia, unos queriendo arrojar a Crono de su trono,
para que Zeus desde entonces reinara; otros por el contrario esforzándose
para que Zeus no mandara nunca sobre los dioses; entonces
yo, que quería persuadir con los mejores consejos a los
titanes, hijos de la Tierra y del Cielo, no pude. Despreciando
las arteras trazas creyeron, en su brutal presunción, que
sin fatiga se harían los dueños por la violencia.
Pero, no una sola ; vez, mi madre, Temis y Tierra, forma única
bajo nombres diversos, me había profetizado cómo
se cumpliría el futuro: que no por la fuerza ni por la
violencia, sino con engaño deberían vencer
a los poderosos. Mientras yo les iba explicando estas cosas con
mis palabras, no se dignaron ni dirigirme la mirada. Lo mejor
en aquellas circunstancias me pareció que era, haciendo
caso de mi madre, ponerme al lado de Zeus que recibía de
grado a un voluntario. Por mis consejos el antro negro y profundo
del Tártaro oculta al antiguo Crono y a sus aliados. Tales
son los beneficios que ha recibido de mí el tirano
de los dioses y que me ha pagado con esta cruel recompensa.
Sin duda es un achaque inherente a la tiranía no confiar
en los amigos.
Ahora, lo que me preguntáis, por qué causa me hiere,
os lo aclararé. En cuanto se sentó en el trono paterno,
en seguida distribuyó entre los dioses sus privilegios,
a cada uno diferentes, y organizó su imperio; pero
no se preocupó en absoluto de los míseros mortales,
sino que, aniquilando toda la raza, deseaba crear otra nueva.
A este proyecto nadie se opuso sólo yo. Yo me atreví;
libré a los mortales de ir, destrozados, al Hades. Por
eso ahora estoy sufriendo tales sufrimientas, dolorosos de
sufrir, lamentables de ver. Por haber tenido ante todo piedad
de los mortales, no fui juzgado digno de conseguirla, sino
que implacablemente estoy así tratado, espectáculo
infamante para Zeus.
CORIFEO. De corazón de hierro y tallado de una piedra,
Prometeo, es el que no se indigna contigo por tus penas. Yo, por
mi parte, habría deseado no verlas, y ahora que las veo
siento un dolor en el corazón.
PROMETEO. Sí, sin duda, para los amigos soy doloroso de
ver.
CORIFEO. ¿Fuiste, tal vez, más lejos que esto?
PROMETEO. Sí. Hice que los mortales dejaran de pensar
en la muerte antes de tiempo.
CORIFEO. ¿Qué solución hallaste a este mal?
PROMETEO. Albergué en ellos esperanzas ciegas.
CORIFEO. Gran favor otorgaste a los mortales.
PROMETEO. Además de esto, yo les regalé el fuego.
CORIFEO. ¿Y ahora los efímeros tienen el fuego
resplandeciente?
PROMETEO. Por él aprenderán muchas artes.
CORIFEO. Por tales culpas Zeus te...
PROMETEO. ... me ultraja y no afloja para nada mis males.
CORIFEO. ¿No hay un término fijado a tu prueba?
PROMETEO. No, ninguno, salvo cuando le plazca a él.
CORIFEO. ¿Cuándo le placerá? ¿Hay
alguna esperanza? ¿No ves que has delinquido? Pero decir
que has delinquido, para mí no es ningún placer
y para ti es dolor. Pero dejemos esto y busca algún medio
de librarte de esta prueba.
PROMETEO. Es fácil al que tiene el pie fuera de las desgracias
aconsejar y amonestar al infortunado. Pero todo esto yo lo sabía.
De grado, de grado falté, no lo negaré; ayudando
a los mortales yo mismo me he encontrado castigos. Con todo, no
creía que con tales penas había de consumirme en
unas rocas abruptas, encontrándome en una cima desierta
y sin vecinos. Pero ahora, sin lamentaros por estos sufrimientos,
bajando a tierra firme, escuchad mi suerte futura, para que lo
sepáis todo hasta el fin. Creedme, creedme, compadeced
al que ahora sufre: la aflicción vuela sin cesar, y ora
se posa en uno, ora en otro.
CORIFEO. Tú urges a una tropa dispuesta a obedecerte,
Prometeo. Ahora, dejando con pie ligero este raudo asiento y el
éter, ruta sagrada de las aves, me acercaré a este
suelo escabroso; porque deseo escuchar hasta el final tus padecimientos.
(Mientras las Oceánides descienden al suelo, aparece Océano
en un carro tirado por un caballo alado.)
OCEANO. He llegado al final de un largo viaje en mi recorrido
hacia ti, Prometeo, dirigiendo con mi mente, sin bridas, este
ave de alas veloces. De tus desgracias, sábelo, me compadezco.
El parentesco, creo, me obliga, y, aparte la sangre, no hay a
quien diera parte mayor que a ti. Conocerás que digo la
verdad y que no se halla en mí adular en vano. Venga,
pues, dime en qué he de ayudarte; porque nunca dirás
que tienes un amigo más seguro que Océano.
PROMETEO. ¡Ea!, ¿qué es esto? ¿También
tú vienes a ser testigo de mis males? ¿Cómo
te atreviste, dejando la corriente que lleva tu nombre y las roqueras
grutas naturales, llegar a la tierra madre del hierro?. ¿O
has venido para contemplar mi suerte e indignarte con mis males?
Mira este espectáculo: yo, el amigo de Zeus, que le ayudé
a establecer su tiranía, con qué sufrimientos
soy abatido por él.
OCÉANO. Lo veo, Prometeo, y quiero aconsejarte lo mejor,
aunque eres listo. Conócete a ti mismo y adopta nuevas
actitudes, pues también hay un nuevo tirano entre
los dioses. Pero si lanzas palabras tan duras y aceradas, quizá
te oiga Zeus que está sentado mucho más alto que
tú, y el enojo de estos males presentes te parezca un juego.
Así, desgraciado, deja este afán y busca la liberación
de estos males. Tal vez te parecerá que digo cosas viejas;
sin embargo, tal es, Prometeo, el salario de una lengua demasiado
altiva. Tú todavía no eres humilde ni cedes a los
males, y a los presentes quieres añadir otros. Tómame,
pues, por maestro y no estires tu pierna contra el aguijón,
viendo que ahora reina un monarca duro y sin que tenga que rendir
cuentas. Ahora me marcho e intentaré, si puedo, librarte
de estas penas; tú tranquilízate y no hables con
demasiado insolencia. ¿O no sabes siendo en rigor tan sabio,
que se castiga a una lengua disparatada?
PROMETEO. Te envidio porque te encuentras fuera de culpa aunque
participaste en todo y te asociaste a mi osadía. Ahora
déjalo y no te preocupes. De todos modos no le convencerás;
no es fácil de convencer. Y vigila que no te perjudiques
en este camino.
OCÉANO. Eres mucho mejor para inspirar prudencia al prójimo
que a ti mismo; juzga por hechos, no por palabras. Pero en mi
afán, no me retengas. Porque me ufano, sí, me ufano
de que Zeus me concederá la gracia de librarte de estos
males.
PROMETEO. Te alabo por tu solicitud y no cesaré de hacerlo;
en buena voluntad nada descuidas. Pero no te esfuerces: trabajarás
en vano, sin provecho para mí, si es que quieres hacerlo.
Permanece tranquilo y mantente apartado. Porque yo, si soy desgraciado,
no por esto quisiera que a los más alcanzaran las desgracias.
No, en verdad, pues ya me consume la suerte de mi hermano, Atlas,
que en las regiones de occidente, de pie, sostiene en sus espaldas
la columna del cielo y de la tierra, peso no fácil para
el brazo. También he compadecido, al verle, al hijo de
la Tierra, habitante de las cuevas cilicias, gran gigante de cien
cabezas, domado por la fuerza, el impetuoso Tifón. Se enfrentó
a todos los dioses, silbando miedo de sus atroces fauces; de sus
ojos brillaba horrible esplendor, como si fuera a aniquilar violentamente
la tiranía de Zeus. Pero le alcanzó el dardo que
no duerme de Zeus, cl rayo que desciende respirando fuego
y le derrotó de sus altivas fanfarronadas. Pues herido
en el mismo corazón, quedó reducido a cenizas y
su fuerza disipada por el rayo. Y ahora, cuerpo inútil
y arrinconado, yace cerca del estrecho marino, oprimido bajo
las raíces del Etna, mientras Hefesto, instalado en las
altas cimas, forja el hierro ardiente. De allí un día
irrumpirán torrentes de fuego que con feroces fauces devorarán
las vastas llanuras de la fecunda Sicilia. Tal ira exhalará
Tifón con los ardientes dardos de una insaciable tormenta
de fuego, aunque carbonizado por el rayo de Zeus. Pero tú
no eres inexperto y no me necesitas como guía; sálvate,
como sabes. Yo apuraré este mi destino hasta que Zeus aplaque
su ira.
OCÉANO. ¿No sabes esto, Prometeo, que las palabras
son médicos de la enfermedad de la cólera?
PROMETEO. Sí, si uno ablanda el corazón en el momento
preciso, y no reduce por la fuerza una pasión virulenta.
OCÉANO. Pero, si uno muestra solícito esfuerzo
y valor para la acción, ¿qué daño
ves tú que haya en ello?
PROMETEO. Trabajo inútil y simplicidad irreflexiva.
OCÉANO. Déjame que sufra esta enfermedad; pues
es provechoso
parecer insensato cuando uno es cuerdo.
PROMETEO. Esta falta más bien parecerá la mía.
OCÉANO. Sin duda tus palabras me envían de nuevo
a casa.
PROMETEO. Temo que tu lamento por mí te lance a una enemistad.
OCÉANO. ¿Con el que acaba de sentarse en un todopoderoso
asiento?
PROMETEO. Vigila que no se altere tu corazón.
OCÉANO. Tu infortunio, Prometeo, es maestro.
PROMETEO. Vete, aléjate, salva tu actual buen sentido.
OCÉANO. Cuando ya me iba, me molestaban tus palabras.
Pues mi cuadrúpeda ave acaricia ya con sus alas el dilatado
camino del éter y gozoso doblará la rodilla en su
establo.
(Océano se marcha en su monstruo alado. Tras un silencio,
las Oceánides aparecen sobre de una roca y cantan lo siguiente.)
CORO. Lloro por tu fatal destino, Prometeo; y vertiendo de mis
delicados ojos una corriente de lágrimas mojo mi mejilla
con húmedas fuentes. Hostilmente gobernando con leyes propias
Zeus manifiesta a los dioses de antaño su lanza soberbia.
Ya todo este país ha lanzado un grito lastimero; sus pueblos
lloran por la grandeza y el antiguo prestigio tuyo y de tus hermanos,
y todos cuantos mortales habitan la tierra vecina de la sagrada
Asia, ante el gran gemido de tus penas sufren con tigo.
Y las vírgenes que habitan en la tierra cólquide,
valientes luchadoras, y la turba de Escitia, que ocupa el lugar
más remoto de la tierra alrededor del lago Meótico.
Y la flor guerrera de Arabia, los que viven una ciudadela escarpada
cerca del Cáucaso, hostil ejército que brama en
lanzas de acerada proa.
Sólo antes otro dios titán he visto sufrir, vencido
en la ignominia de unos lazos de acero, Atlas, que llevando
siempre en la espalda, fuerza inflexible, la tierra y la bóveda
celeste, gime.
La ola marina cayendo ola sobre ola brama, llora el abismo, el
tenebroso Hades en las profundidades de la tierra ruge, y las
fuentes de los sagrados ríos exhalan su dolor quejumbroso.
PROMETEO. (Tras de un largo silencio.) No penséis que
callo por arrogancia o altanería; pero un pensamiento me
devora el corazón al verme así tan vilipendiado.
En verdad, a estos dioses nuevos, ¿qué otro si no
yo les repartió exactamente sus privilegios? Pero
sobre esto callo; pues sabéis lo que podría deciros.
Escuchad, en cambio, los males de los hombres, cómo de
niños que eran antes he hecho unos seres inteligentes,
dotados
de razón. Os lo diré, no para censurar a los hombres,
sino para mostraros la buena voluntad de mis dones. Al principio,
miraban sin ver y escuchaban sin oír, y semejantes
a las formas de los sueños en su larga vida todo lo mezclaban
al azar. No conocían las casas de ladrillos secados
al sol, ni el trabajo de la madera; soterrados vivían como
ágiles hormigas en el fondo de antros sin sol. No tenían
signo alguno seguro ni del invierno, ni de la floreciente primavera
ni del estío fructuoso, sino que todo lo hacían
sin razón, hasta que yo les enseñé los ortos
y ocasos de los astros, difíciles de conocer.
Después descubrí también para ellos la ciencia
del número, la más excelsa de todas, y las uniones
de las letras, memoria de todo, laboriosa madre de las Musas.
Y el primero até bajo el yugo a las bestias esclavizadas
a las gamellas y a las albardas, a fin de que tomaran el lugar
de los mortales en las fatigas mayores, y llevé bajo el
carro a los caballos, dóciles a las riendas, orgullo
del fasto opulento. Sólo yo inventé el vehículo
de
los marinos, que surca el mar con sus alas de lino. Y, mísero
de mí, yo que he encontrado estos artificios para los mortales,
no tengo artimaña que pueda librarme de la actual desgracia.
CORIFEO. Padeces un castigo indigno; privado de razón
divagas, y como un mal médico que a su vez ha enfermado,
te de sanimas y no puedes encontrar para ti mismo los remedios
curativos.
PROMETEO. Escucha el resto y te sorprenderás más:
las artes y recursos que ideé. Lo más importante:
si uno caía enfermo, no había ninguna defensa, ni
alimento, ni unción, ni pócima, sino que faltos
de medicinas morían, hasta que les enseñé
las mezclas de remedios clementes con los que ahuyentan todas
las enfermedades. Clasifiqué muchos procedimientos de adivinación
y fui el primero en distinguir lo que de los sueños ha
de suceder en la vigilia, y les di a conocer los sonidos de oscuro
presagio y los encuentros del camino. Determiné exactamente
el vuelo de las aves rapaces, los que son naturalmente favorables
y los siniestros, los hábitos de cada especie, los odios
y amores mutuos, sus compañías; la lisura de las
entrañas y qué color necesitan para agradar a los
dioses, y los matices favorables de la bilis y del lóbulo
del hígado. Haciendo quemar los miembros cubiertos
de grasa y el largo lomo, encaminé a los mortales
a un arte difícil de entender y revelé los signos
de la llama que antes eran oscuros. Tal es mi obra. Y los recursos
escondidos a los hombres debajo de la tierra, bronce, hierro,
plata, oro, ¿quién podría preciarse de haberlos
descubierto antes que yo? Nadie, lo sé bien, a menos que
quiera hablar en vano. En una palabra, sabe todo a la vez: todas
las artes para los mortales proceden de Prometeo.
CORIFEO. No ayudes a los mortales más allá de lo
necesario y descuides tu propia desgracia. Yo tengo buena esperanza
de que un día, liberado de estas cadenas, no tendrás
un poder inferior a Zeus.
PROMETEO. No tiene decretado todavía que esto se cumpla,
la Moira que todo lo lleva a término; cuando estaré
encorvado por mil dolores y desgracias, entonces escaparé
de estas cadenas. El arte es con mucho más débil
que la Necesidad.
CORIFEO. ¿Y quién es el timonero de la Necesidad?
PROMETEO. Las Moiras de tres formas y las memoriosas Erinis.
CORIFEO. ¿Zeus, pues, es más débil que ellas?
PROMETEO. No puede, por lo menos, escapar a su destino.
CORIFEO. ¿Y cuál es el destino de Zeus sino reinar
por siempre?
PROMETEO. Sobre esto no preguntes más, no insistas.
CORIFEO. Es, sin duda, un augusto secreto lo que ocultas.
PROMETEO. Hablad de otra cosa; no es el momento de revelar este
secreto, sino de esconderlo lo más posible; pues guardándolo
oculto, escaparé de estas cadenas humillantes y de estos
sufrimientos.
CORO. Que nunca el que todo lo gobierna, que nunca Zeus coloque
enfrente de mi voluntad su fuerza, que jamás me tarde en
acercarme a los dioses con sagrados festines de hecatombes junto
al curso inagotable del Padre Océano, ni los ofenda con
mis palabras. Antes permanezca firme en mí este propósito
y no se borre jamás.
Es dulce pasar una larga vida en confiadas esperanzas alimentando
el corazón de deleites radiosos. Pero me estremezco cuando
te veo desgarrado por tantos sufrimientos. Pues sin temer a Zeus,
por propio criterio honras en exceso a los mortales, Prome teo.
Vamos, amigo, dime, ¿qué favor te aporta tu favor?
¿Dónde está la defensa, la ayuda de los efímeros?
¿No has visto la impotencia reducida, igual al sueño,
que encadena la ciega raza humana? Nunca la voluntad de los mortales
conculcará el orden establecido por Zeus.
Esto he aprendido observando tu funesto destino, Prometeo. Y
un canto bien diferente ha volado hacia mí, el canto de
himeneo que un día en torno a tu baño y a tu
lecho de bodas entoné, cuando, persuadida por tus presentes,
llevaste a nuestra hermana Hesíone a compartir contigo
el lecho como esposa.
(Entra lo teniendo en su frente dos cuernos de vaca. Tras sus
primeras palabras se siente de nuevo sacudida por el aguijón
del tábano.)
IO. ¿Qué tierra es ésta? ¿Qué
raza? ¿A quién diré que miro atormentada
con pétrea brida? ¿Qué falta expiras tú
en esta agonía? Dime a qué parte de la tierra he
llegado, mísera, en mi extravío.
¡Ay, ay! ¡Ah, ah! Vuelve nuevamente a picarme, desgraciada,
un tábano, fantasma de Argos, hijo de la Tierra. Apártalo,
Tierra, porque tiemblo al ver al boyero de mil ojos. Camina con
su pérfida mirada. Ni muerto la tierra lo oculta, sino
que saliendo de las sombras a mí, infortunada, me da caza
y me hace errar, afamada, por los arenales de la playa.
Detrás de mí, la sonora caña encerada deja
oír la canción que duerme. ¡Ay, ay, dioses!
¿A qué lejanas tierras me llevan estas carreras
errantes? ¿En qué falta, hijo de Crono, en qué
falta me has sorprendido para haberme uncido en estos tormentos,
¡ay, ay!, y extenuar así a una desgraciada alocada
por el temor del tábano que la persigue? Abrásame
en el fuego, escóndeme bajo tierra, dame por alimento a
los monstruos marinos. No rechaces mis ruegos, Señor.
Mis carreras infinitas me han sobradamente ejercitado, ni
puedo saber cómo escapar a los padecimientos. ¿Oyes
la voz de la cornígera doncella?
PROMETEO. ¿Cómo no oír a la muchacha hostigada
por el tábano, a la hija de Inaco, que abrasa de amor
el corazón de Zeus y ahora, odiada de Hera, se ejercita
por fuerza en esas infinitas carreras?
IO. ¿De dónde viene que has pronunciado el nombre
de mi padre? Responde a la infortunada: ¿quién eres
tú, miserable, que a esta desgraciada saludas en términos
tan verídicos y nombraste el mal de divina procedencia
que me consume al morderme con aguijones vagabundos?
Empujada con violencia por el hambriento ultraje de mis saltos,
he llegado víctima del airado designio de Hera. ¿Cuál
de los desgraciados sufre, ¡ay, ay!, como yo? Pero dime
con claridad lo que voy a padecer. ¿Qué expediente,
qué remedio hay de mi mal? Enseñamelo, si lo sabes.
Habla, da a conocer esto a la pobre virgen errante.
PROMETEO. Te diré claramente todo lo que quieras saber,
no entretejiendo enigmas, sino en lenguaje simple, como es justo
abrir la boca a amigos. Estás viendo al dador del fuego
a los mortales. Prometeo.
IO. Oh tú que te mostraste tan beneficioso a la comunidad
de los mortales, paciente Prometeo, ¿por qué razón
sufres esto?
PROMETEO. Acabo justamente de quejarme por mis trabajos.
IO. Entonces, ¿no vas a otorgarme ese favor?
PROMETEO. Di qué pides: de mí puedes saberlo todo.
IO. Indica quién te ató en esa roca escarpada.
PROMETED. La decisión de Zeus, pero la mano de Hefesto.
IO. ¿Y de qué faltas pagas tú la pena?
PROMETED. Basta que te haya manifestado sólo esto.
IO. Muéstrame, además, el fin de mi viaje y cuál
será este día para mí, la desdichada.
PROMETEO. No conocerlo es mejor para ti que conocerlo. lo. No
me escondas lo que he de padecer. PROMETEO. No te rehúso
ese favor.
IO. Entonces, ¿por qué tardas en proclamarlo todo?
PROMETED. No hay malquerencia, pero dudo en turbar tu alma.
IO. No te preocupes más por mí, pues me es dulce.
PROMETEO. Ya que lo deseas, debo hablar; escucha, pues.
CORIFEO. No, todavía no; dame también a mí
una parte de satisfacción. Sepamos primero la enfermedad
de ésta, que nos diga ella misma sus funestos infortunios.
De ti aprenda después los restantes trabajos.
PROMETED. Trabajo tuyo es, lo, de complacerles con esta dádiva,
máxime cuando son hermanas de tu padre; pues llorar y lamentar
las desgracias cuando se ha de obtener una lágrima de los
que escucha, merece el esfuerzo realizado.
IO. No sé cómo podría negarme a vosotras:
en términos claros sabréis todo lo que pedís;
sin embargo, me da vergüenza contaros cómo la tempestad
suscitada por un dios y causa de mis metamorfosis se ha abatido
sobre mí, mísera.
Sin cesar visiones nocturnas visitaban mi alcoba virginal y me
exhortaban con dulces palabras: «Oh muy feliz muchacha,
¿por qué permanecer tan largo tiempo virgen, cuando
puedes alcanzar la boda más excelsa? Porque Zeus está
inflamado por ti con el dardo del deseo y anhela compartir contigo
los placeres de Cipris. Tú, niña, no rechaces
el lecho de Zeus; marcha hacia la pradera ubérrima
de Lerna, a los rediles y boyeras de tu padre, para que el ojo
de Zeus cese en su deseo.» Tales eran los sueños
que todas las noches me sobresaltaban, mísera, hasta
que osé revelar a mi padre los sueños nocturnos.
Entonces a Pito y a Dodona despachó frecuentes mensajeros
para saber qué debía emprender o decir que fuera
agradable a los dioses. Pero ellos regresaban refiriendo unos
oráculos equívocos, oscuros, difíciles de
interpretar. Por último, una respuesta nítida llegó
a Inaco, que claramente le recomendaba y anunciaba que me arrojara
de la casa y de la patria, para errar en libertad hasta los últimos
confines de la tierra, si no quería que viniera el rayo
inflamado de Zeus que destruiría todo su linaje. Obediente
a estos oráculos de Loxias, mi padre me desterró
y cerró su casa, a pesar suyo y mío: pero el freno
de Zeus le obligaba a obrar así con violencia. Al punto
mi forma y mi espíritu se alteraron y cornuda, como veis,
y mordida por el tábano de acerado aguijón, me precipito,
de un salto benéfico, hacia la corriente salutífera
de Cernea y a la fuente de Lerna. Un boyero, hijo de la Tierra,
de intemperados humos, me seguía con sus innumerables ojos
fijos en mis pasos. Un destino imprevisto le privó de repente
el vivir, y yo, desgarrada por el tábano, corro de país
en país bajo el látigo divino. Ya sabes lo sucedido;
y si puedes decirme qué penas me faltan, dímelo;
no intentes, por compasión, tranquilizarme con relatos
falsos; pues digo que no hay enfermedad más vergonzosa
que las palabras compuestas.
CORO. Deja, deja, calla. ¡Ay! Nunca, nunca pensé
que unas palabras tan extrañas llegaran a mis oídos,
que unos sufrimientos, unas miserias, unos espantos, tan penosos
de ver, tan penosos de sufrir, helaran mi alma con aguijón
de doble filo. ¡Ay, destino, destino, me estremezco al contemplar
la suerte de lo!
PROMETEO. Demasiado pronto gimes y llena estás de temor;
aguarda hasta que sepas el resto.
CORIFEO. Habla, explícate: es dulce a los enfermos conocer
exactamente de antemano el dolor que les falta.
PROMETEO. La anterior petición la lograsteis fácilmente
gracias a mí; deseabais primero saber por ella misma el
relato de su desgracia; ahora oír lo que queda, qué
sufrimientos ha de padecer esta joven por orden de Hera. Y tú,
semilla de Inaco, guarda mis palabras en tu corazón, si
quieres conocer el final de tu camino.
Primero, partiendo de aquí, vuélvete hacia el sol
saliente y dirígete hacia los campos sin arar. Llegarás
a los escitas nómadas que habitan chozas de mimbre trenzado
sobre carros de hermosas ruedas y que llevan colgados arcos
de largo alcance. No te aproximes a ellos, sino que, poniendo
el pie en los acantilados en donde resuena el mar, atraviesa el
país. A mano izquierda viven los que trabajan el hierro,
los cálibes: guárdate de ellos, pues son feroces,
inaccesibles a los extranjeros. Llegarás al río
Hibristes, de nombre verídico; no lo atravieses, no es
fácil de cruzar antes que alcances el mismo Cáucaso,
el más alto de los montes, donde este río impetuoso
brota de sus sienes. Debes pasar por encima de sus cumbres vecinas
de los astros, para tomar el camino que lleva al mediodía,
en donde hallarás a la hueste de las amazonas enemigas
de los hombres, que un día fundarán Temiscira en
torno al Termodonte, allí donde está Salmideso,
mandíbula áspera del Ponto, huésped cruel
a los marinos, madrastra de las naves; ellas te guiarán
muy gustosamente. Entonces llegarás junto a las mismas
puertas estrechas del lago, al ; istmo de Cimería, el cual
con corazón intrépido debes dejarlo y atravesar
el estrecho Meótico. Entre los mortales siempre vivirá
el glorioso relato de tu paso y Bósforo recibirá
de sobrenombre. Dejando el suelo de Europa, llegarás al
continente asiático. ¿No os parece que el tirano
de los dioses es en todo igualmente violento? Deseando, dios como
es, unirse a esta mortal lanzó contra ella este destino
errante. ¡Amargo pretendiente de tu boda has encontrado,
doncella! Pues el relato que acabas de oír, piensa que
todavía no es ni siquiera el preludio.
IO. ¡Ay, ay de mí! ¡Ah, ah!
PROMETEO. De nuevo gritas y suspiras; ¿qué harás,
pues, cuando sepas los sufrimientos que te restan?
CORIFEO. ¿Tienes todavía otros sufrimientos para
decirle? PROMETEO. Sí, un mar tempestuoso de fatal calamidad.
IO. ¿Qué gano, entonces, con vivir? ¿Por
qué no al instante me arrojo de esta roca escarpada, para
que, aplastándome en el suelo, me libere de todos estos
males? Mejor es morir de una vez que sufrir miserablemente todos
los días.
PROMETEO. Difícilmente, entonces, podrías soportar
mis pruebas. Yo no tengo destinado morir, pues la muerte
sería una liberación de mis dolores. Pero ahora
no hay término fijado a mis trabajos, hasta que Zeus caiga
de su trono.
IO. ¿Es posible que un día caiga Zeus de su poder?
PROMETEO. Tú te alegrarías, creo, de ver este suceso.
IO. ¿Y cómo no, si es por Zeus que sufro tan desgraciadamente?
PROMETEO. Que esto será así, puedes estar segura.
IO. ¿Quién lo despojará de su cetro tiránico?
PROMETEO. Él mismo y sus insensatos planes. lo. ¿De
qué manera? Dímelo, si no hay daño en ello.
PROMETEO. Contraerá una boda de la que un día se
arrepentirá.
IO. ¿Con una diosa o con una mortal? Dímelo, si
se puede.
PROMETEO. ¿Por qué con quién? No está
permitido decirlo.
IO. ¿Acaso será derribado de su trono por su esposa?
PROMETEO. Ella tendrá un hijo más fuerte que su
padre.
IO. ¿Y no tiene ningún medio de apartar este infortunio?
PROMETEO. No ciertamente, salvo yo desatado de estas cadenas.
IO. ¿Y quién te desatará sin el permiso
de Zeus?
PROMETEO. Debe ser uno de tus descendientes.
IO. ¿Cómo dijiste? ¿Un hijo mío te
librará de estos males?
PROMETEO. Sí, el tercer linaje después de diez
generaciones más.
IO. No es fácil de comprender esta profecía.
PROMETEO. Tampoco busques conocer a fondo tus padecimientos.
IO. No me ofrezcas un bien para después quitármelo.
PROMETEO. De dos presentes, te concederé uno.
IO. ¿Cuáles? Muéstramelos y dame a elegir.
PROMETEO. Te lo concedo, elige: o te diré claramente tus
males o el que me liberará.
CORIFEO. De estas dádivas concede una a ésta y
otra a mí, y no desprecies mis palabras. A ella cuenta
lo que le falta por correr y a mí tu libertador. Pues esto
es lo que deseo.
PROMETEO. Puesto que éste es vuestro deseo, no me negaré
a narrar todo cuanto deseáis. A ti, primero, lo, revelaré
tu agitada carrera; grábala en las fieles tablillas
de tu memoria.
Cuando hayas atravesado la corriente, frontera de los dos continentes,
sigue adelante hacia los encendidos levantes pisados por el sol,
cruzando el mugiente mar, hasta que alcances la llanura gorgónea
de Cístenes, donde viven las Fórcides, tres viejas
doncellas de figura de cisne, que tienen un ojo común,
un solo diente, y a las que nunca mira el sol con sus rayos ni
la nocturna luna. Cerca de ellas se hallan tres hermanas aladas
con cabellera de serpientes, las Gorgonas, aborrecidas de los
hombres, a las que ningún mortal puede ver sin expirar.
Tal es la advertencia que te hago. Pero escucha otro peligroso
espectáculo: guárdate de los perros mudos de
Zeus, de dientes afilados, los grifos y del ejército Arimaspo,
gente de un solo ojo, montada a caballo, que vive junto a las
aguas del aurífero río Plutón: tú
no te acerques a ellos. Entonces llegarás a una tierra
lejana, un pueblo de tez oscura, establecido junto a las fuentes
del sol, donde está el río Etíope. Baja por
las riberas de éste hasta que llegues a la catarata, en
donde de los montes Biblinos Nilo vierte sus aguas augustas y
saludables. Éste te conducirá hasta el país
triangular nilótico, donde el destino os reserva, lo, a
ti y a tus hijos, fundar una gran colonia. Sí algo de esto
es confuso y difícil de comprender, pregunta de nuevo y
entérate con precisión. Dispongo de más tiempo
del que quiero.
CORIFEO. Si tienes algo nuevo u olvidado que contar de su fatigosa
carrera, dilo; pero si lo has dicho todo, concédenos ahora
el favor que pedimos. Lo recuerdas, sin duda.
PROMETEO. Ésta ha oído enteramente el final de
su viaje. Pero, porque sepa que no vanamente me escucha, le diré
qué trabajos bajos ha sufrido antes de venir aquí,
dándole con ello la prueba de mi relato. Con todo omitiré
la mayor parte de las fatigas e iré al término mismo
de tus viajes.
En cuanto llegaste a las llanuras de los morosos y al escarpado
dorso de Dodona, donde está el profético asiento
de Zeus Tesproto con el prodigio increíble de las encinas
que hablan, las cuales te saludaron claramente y sin enigmas como
la que había de ser la ilustre esposa de Zeus -¿te
halaga algo de esto?-, te lanzaste, punzada por tábano,
por el camino de la costa hasta el gran golfo de Real, de donde
la tormenta vuelve a traer aquí tus cursos errantes. Pero
con el tiempo este golfo marino, sábelo bien, será
llamado Jonio, recuerdo para todos los mortales de tu paso. Ésta
es la prueba de que mi mente ve más de lo que es manifiesto.
Lo demás os lo relataré a la vez a vosotras y a
ésta, volviendo sobre la huella de mi anterior relato.
Hay una ciudad, Cánobo, en el extremo del país,
junto a la misma boca y alfaque del Nilo; allí Zeus, imponiéndote
su mano serena, al simple contacto, te vuelve el juicio; y darás
a luz un hijo, cuyo nombre recordará que hizo nacer Zeus,
el negro Épafo, que recogerá el fruto de todo el
país que riega el Nilo de ancha corriente. La quinta generación
después de él, formada por cincuenta doncellas,
volverá de nuevo a Argos no de buen grado, huyendo de unas
bodas consanguíneas con sus primos; éstos, en el
frenesí de su deseo, halcones que van a la caza de palomas,
vendrán también dando caza a unas bodas prohibidas.
Mas un dios les negará lo que desean, y el país
pelasgo los recibirá, vencidos por los golpes de un Ares
femenino con una audacia que vela en la noche; pues cada esposa
quitará la vida a su esposo tiñendo en el degüello
una espada de doble filo. ¡Tal venga Cipris a mis enemigos!
A una sola de las muchachas el encanto del amor no le deja dar
muerte al compañero de lecho, sino que será ablandada
en su resolución; de dos cosas preferirá una, ser
llamada cobarde antes que asesina. Y ésta, en Argos; dará
a luz a un real linaje. Sería necesario un largo discurso
para exponerlo claramente; sabed, al menos, que de esta siembra
nacerá el hombre valiente, famoso por su arco, que me librará
de estos tormentos. Tal es el oráculo que me contó
mi madre, la titánide Temis, de antiguo nacida. Mas, cómo
y de qué manera, se necesita mucho tiempo para decirlo,
y tú no ganarías nada con saberlo.
IO. ¡Ah, ah! Una convulsión, un delirio que turba
mi mente, vuelven a abrasarme; el dardo sin forjar del tábano
me hiere; mi corazón horrorizado palpita en mi pecho; mis
ojos giran en sus órbitas. Arrastrada fuera del camino
por un viento furioso de locura no gobierno mi lengua, y confusos
pensamientos chocan al azar contra las olas de odiosa Ate.
(Io sale apresuradamente.)
CORO. Sabio, sí, sabio era el primero que concibió
en su espíritu y formuló con la lengua que
casarse según su rango es con mucho lo mejor, y cuando
se es artesano no ambicionar unas bodas con gente enervada por
las riquezas o envanecida por el linaje.
¡Ojalá que nunca, nunca, oh Moiras inmortales, me
veáis aproximarme como esposa al lecho de Zeus, ni conseguir
por marido a alguien de los dioses! Pues me estremezco al ver
la doncella lo, hostil al varón, consumirse, gracias a
Hera, en la fatigosa carrera de sufrimientos.
A mí, una boda con un igual, no me asusta. Lo que temo
es que el amor de dioses poderosos me mire con su ojo inevitable.
Pues es una guerra contra la cual no es posible la guerra, sin
más esperanza que la desesperanza, y no sé qué
sería de mí. Porque no veo cómo podría
escapar a la voluntad de Zeus.
PROMETEO. En verdad, todavía Zeus, por altivo que sea
de corazón, será humilde, según la boda que
se dispone a contraer, que lo arrojará aniquilado
de su tiranía y de su trono. Entonces se cumplirá
del todo la maldición de su padre Crono, que pronunció
al caer de su antiguo trono. De estos trabajos, ningún
dios, salvo yo, podría mostrarle claramente la solución.
Yo lo sé y de qué forma. Después de esto,
que esté sentado, animoso y confiado en los ruidos con
que llena los aires, blandiendo en sus manos un dardo flamígero.
Nada de esto le bastará para no caer ignominiosamente con
una caída intolerable: tal es el adversario que se está
preparando contra sí mismo, prodigio invencible, que encontrará
una llama más poderosa que el rayo y un ruido más
ensordecedor que el trueno; y dispersará el azote marino
que sacude la tierra, el tridente, lanza de Posidón. Cuando
choque con este mal, aprenderá qué diferencia hay
entre mandar y ser esclavo.
CORIFEO. Tú rechazas, según tus deseos, a Zeus.
PROMETEO. Digo lo que se cumplirá y además lo que
deseo.
CORIFEO. ¿Hay que esperar a que alguien mande sobre Zeus?
PROMETEO. Y tendrá que soportar fatigas más pesadas
que las mías.
CORIFEO. ¿Cómo no tienes miedo de lanzar palabras
como éstas?
PROMETEO. ¿Y qué puede temer aquel que está
decretado que no muera?
CORIFEO. Puede enviarte una prueba más dolorosa que ésta.
PROMETEO. Que lo haga: todo lo espero.
CORIFEO. Sabios son los que se inclinan ante Adrastea.
PROMETEO. Adora, implora, adula al poderoso del momento; a mí
me importa Zeus menos que nada. Que haga, que mande como quiera
durante este corto período; pues no reinará mucho
tiempo sobre los dioses.
Pero veo a ese correo de Zeus, al servidor del nuevo tirano;
seguramente viene a comunicar algo nuevo.
(Llega Hermes conduciendo por sus sandalias aladas.)
HERMES. A ti, el diestro, sumamente mordaz, que ofendiste a los
dioses, pasando a los efímeros sus privilegios, ladrón
del fuego, a ti te lo digo: el padre te manda decir qué
bodas son ésas de que tanto alardeas por las cuales él
caerá de su trono. Y esta vez explícate sin enigmas
y cada cosa por separado. No me obligues, Prometeo, a un doble
viaje, porque ya ves que Zeus no se ablanda con tus procedimientos
.
PROMETEO. He aquí un discurso solemne y lleno de arrogancia,
como de un criado de los dioses. Sois jóvenes y ejercéis
un poder joven, y creéis que habitáis una fortaleza
inaccesible a los dolores. Pero ¿no he visto ya a dos soberanos
caídos de estas alturas? Y al tercero, al que ahora señorea,
lo veré con más ignominia y rapidez. ¿Acaso
te parezco tener miedo y agazaparme delante de los dioses
jóvenes? Mucho, más bien todo, me falta para ello.
Y tú regresa de nuevo por el camino que seguiste, pues
no sabrás nada de lo que intentas averiguar de mí.
HERMES. Sin embargo, con estas arrogancias de antaño has
venido a anclar en estos males.
PROMETEO. No cambiaría, sábelo bien, mi desgracia
por tu servil condición. Es mejor, creo, estar esclavizado
a esta roca que ser el fiel mensajero del padre Zeus. Es así
que a los ultrajes hay que corresponder con ultrajes.
HERMES. Pareces envanecerse de tu actual situación.
PROMETEO. ¿Yo envanecerme? Así viera yo envanecidos
a mis enemigos. Y a ti te cuento entre ellos.
HERMES. ¿También a mí me acusas, de tus
desgracias? PROMETEO. En una palabra, odio a todos los dioses
que ha
biendo recibido beneficios de mí me tratan inicuamente.
HERMES. Comprendo que deliras de una gran enfermedad maligna.
PROMETEO. Estoy enfermizo si enfermedad es odiar a los enemigos.
HERMES. Serías insoportable si estuvieras bien.
PROMETEO. ¡Ay de mí!
HERMES. Zeus no conoce esta palabra.
PROMETEO. El tiempo, al envejecer, todo lo enseña.
HERMES. Tú, sin embargo, todavía no sabes ser sensato.
PROMETEO. Ciertamente, no habría hablado a un criado como
tú.
HERMES. Parece que no quieres decir nada de lo que desea el padre.
PROMETEO. Estando en deuda con él, debería devolverle
el favor.
HERMES. Te burlas de mí como si fuera un niño.
PROMETEO. ¿No eres un niño y algo más simple
todavía, si esperas saber alguna noticia de mí?
No hay ultraje ni artificio con cuales me impele Zeus a declarar
esto antes de que desate estas cadenas infamantes. Según
ello, que lance la llama devoradora, que con la nieve de
blanca ala y con truenos subterráneos confunda y agite
todo el universo; nada de ello me doblegará hasta revelarle
por quién ha de caer de su tiranía.
HERMES. Mira si esta actitud te resulta útil.
PROMETEO. Hace tiempo que todo está visto y decidido.
HERMES. Decídete, insensato, decídete a razonar
bien ante estos sufrimientos.
PROMETEO. En vano me importunas, como si exhortaras a una ola.
No imagines que un día, asustado por el decreto de Zeus,
llegue a ser de alma mujeril y suplique al gran odiado, levantando
hacia él mis palmas a guisa de mujer, para que me libere
de estas trabas.
HERMES. Me parece que, si hablo, voy a hablar mucho y en vano,
pues en nada te conmueves ni ablandas con ruegos; sino que mordiendo
el bocado como un potro recién domado, te rebelas
y luchas contra las riendas. Sin embargo, tu violencia se funda
en un débil razonamiento: pues la obstinación, para
el que razona mal, nada puede por sí misma. Considera,
si no te convencen mis palabras, qué tempestad, qué
triple ola de desgracias te caerá inexorablemente encima.
Primero, ese escarpado pico, con el trueno y la llama del
relámpago, el padre lo hará pedazos y esconderá
tu cuerpo que quedará aprisionado en los brazos encorvados
de la piedra. Cuando haya transcurrido una larga duración
de tiempo, regresará nuevamente a la luz; pero entonces
el perro alado de Zeus, el águila sangrienta, desgarrará
vorazmente un gran jirón de tu cuerpo, un comensal que,
sin ser invitado, vendrá todo el día a regalarse
con el negro manjar de tu hígado. No esperes un término
de este suplicio hasta que aparezca un dios dispuesto a sucederte
en los trabajos y se ofrezca a descender al tenebroso Hades y
a las oscuras profundidades del Tártaro. Ante esto, t reflexiona;
pues no se trata de una jactancia fingida, sino de una palabra
muy bien pronunciada. Porque la boca de Zeus no sabe mentir, sino
que cumple todo lo que dice. Tú mira bien y medita y no
creas jamás que la insolencia sea mejor que el prudente
consejo.
CORIFEO. Para nosotras, Hermes no parece hablar desatinadamente:
porque te invita a dejar la arrogancia y a buscar la sabia discreción.
Escucha: para un sabio es vergonzoso persistir en el error.
PROMETEO. Conocía yo el mensaje que ése ha vociferado;
pero que un enemigo sea maltratado por enemigos, no es deshonroso.
Así pues, que lance contra mí el rizo de fuego de
doble filo, que el éter sea agitado por el trueno y la
furia de vientos salvajes; que su soplo sacuda la tierra y la
arranque de sus fundamentos con sus raíces; que la ola
del mar con áspero bramido confunda las rutas de los astros
celestes; que precipite mi cuerpo al negro Tártaro en los
implacables torbellinos de la Necesidad. Sin embargo, él
nunca me hará morir.
HERMES. Tales son los pensamientos y las palabras que es posible
oír de seres sin juicio. ¿Qué falta a su
suplicio para ser un delirio? ¿Se relaja en sus furores?
Pero en todo caso, vosotras que compartís sus sufrimientos,
retiraos aceleradamente estos lugares, no sea que el mugido
implacable del trueno aturda vuestros sentidos.
CORIFEO. Háblame de otras maneras y exhórtame en
términos que me convenzan, pues de ninguna manera se puede
tolerar la palabra que acabas de soltar. ¿Cómo puedes
obligarme a practicar villanías? Con éste quiero
sufrir lo que sea preciso, pues he aprendido a odiar a los traidores,
y no hay peste que aborrezca más que ésta.
HERMES. Bien, pues, no olvidéis lo que ahora os prevengo,
y cuando seáis botín de la calamidad no reprochéis
a la fortuna y nunca digáis que Zeus os lanzó a
un padecimiento imprevisible, sino, en verdad, vosotras a
vosotras mismas. Porque sabiéndolo y sin sorpresas ni engaño
os encontraréis por vuestra locura prendidas en la red
inextricable de Ate.
(Hermes se retira. El huracán empieza a desencadenarse
y la tierra a temblar.)
PROMETEO. Ahora no se trata ya de palabras sino de hechos: la
tierra tiembla, al tiempo que en sus zigzagueantes profundidades
muge el eco del trueno; relámpagos fulguran encendidos;
torbellinos agitan tolvaneras; soplos de todos los vientos saltan
unos contra otros, anunciando una lucha de hostil aliento; se
mezclan confundidos el cielo con el mar. Tal es el ímpetu
de Zeus que, intentando asustarme, avanza claramente contra mí.
¡Oh majestad de mi madre, oh Éter que haces girar
la luz común a todos! ¡Ya veis de qué manera
tan injusta!
(Las rocas, con Prometeo y las Océanides, se sumergen
estrepitosamente entre rayos y truenos.)
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